CONTRATAPA

Dios está en la vereda

 Por Adrián Abonizio

Dios está en la vereda, dice Angélica, y su voz es la contestación al timbrazo que ha repercutido en la casa por lo inusual de la hora. Es aniñada pero por su problemita de haber nacido con menos aire se vuelve más infantil aún. Dios está en la vereda, repite y se lleva el dedo meñique a la boca. ¿Quién mierda es?, brama don Vito desde sus asentaderas destilando tuco en el golpazo con el botellón de vino sobre la mesa de madera, sobre el hule con flores porque se ha puesto así de loco por la frase, por la interrupción, porque odia a Angélica, su esposa. Ay Dios, repite el Tío Murciélago, a quien bautizamos así porque luce como uno y además por su trabajo nocturno en el hotel para enamorados donde atiende a las parejas. Ellas se encuentran en la arboleda del parque y hacen como que vienen separadas pero se meten rápido para dentro los muy santitos? Ay si esta boca hablara, repite, maricón, siniestro e inofensivo a la vez. Dios está en la vereda. Y Vito que arroja un pan que silba como un obús sobre la cabeza de Angélica. Su esposa. La madre de Inés, Cachilo y Ferri, tres primos míos que comen distraídos mirando la pantalla donde dos boxeadores se dan mandobles simulados y ellos se ríen. Inés es bella y desprotegida como la madre; Cachilo, un ratoncito tenaz en sobrevivir sin emitir sonido y Ferri, heredero de la raza toruna, corpulento como su padre; será un tirano, un buey altanero, desprovisto de magia y de sonrisas. Me pega en la nuca con la cuchara: Andá a atender a Dios, que sos el invitado. Un sopapo de su padre lo sacude y me estremece. -No se le pega al primo, barrunta el jefe. El Tío Murciélago, al fin, apiadado, se acerca a Angélica y la toma por los hombros. Dios, Diosito estará ocupado en sus cosas, querida, vení sentate que salgo a ver quien llama. Vemos su andar de puntillas, esqueleto con camisa blanca y tiradores y su asomarse por la mirilla y su regreso tamborileante de miedo. Don Vito ni se ha fijado en la escena pero tiene antenas poderosas que detectan el peligro. Es para vos, che vampiro. ¿Te vienen a cobrar, no? El tío Murciélago asiente: son ellos, los capitalistas de juego con quienes se ha vuelto a enredar en lotería paganas esperando el golpe de suerte que lo lleve lejos de esta casa, allí donde las mariquitas son libres y pueden volar. Hollywwood, es lo mío, cuando me vaya te voy mandar una postal así de enorme, me susurra, como si supiera en lo que estoy pensando. En la entrada don Vito habla pausadamente: con una mano gesticula y con la otra esconde un cuchillo de chanchero que tomó al pasar. Vengan otro día, yo les aseguro que cobran, ¿Estamos o no? Y da un portazo. Luego se sienta y termina de devorar la pata de chancho que asoma de la fuente. Concluye con un vaso de vino que interminablemente cae en su garguero de aljibe. Una vez culminado señala con su dedo quebrado y sucio de hollín en las uñas al tío Murciélago. Es la última, no tengo más plata para vicios. Mañana vienen y juntá la mosca o tus cosas porque te pianto de una patada en el ojete. Tío empieza a llorar y -como he visto hacer a las mujeres-, se seca de lado, como si le corriese un rímel invisible por el costado de los párpados. Ferri que le tira miguitas sobre su calvicie recibe el amago de otro bife por parte de su padre. Viste que no era Dios, mami, alarga Inés, delicada como un ángel. Su piernita flaca roza mi rodilla y necesito más que nunca crecer para llevármela de acá, tras el arco iris,en un auto rojo, ser fuerte, matar la muerte si es necesario. Hmmm. me pareció que era El, claro "con esos reflejos de los autos, querida", pero un día, un día, un día si a va a venir a tocar nuestra puerta, vas a ver, preciosa. Y se sienta mientras se hace la señal de la cruz. Miro el cuadro de enfrente: un ciervo bebiendo en un lago, con la luna atrás y un buhó mal entrazado y demasiado grande en primer plano. Allí la voy a llevar a Inesita. Me toca la pierna. -¿Me querés mucho? Mucho, le confirmo con miedo a que Don Vito, con sus poderes sensoriales de monstruo detecte mis palabras. Pero no; al instante se queda dormido sobre la mesa, echado hacia atrás, roncando con la boca abierta.Podría pasar que alguno le tire dentro de su garganta veneno, fuego o una espada llameante. Pero no, se retiran cada cual a lo suyo y me quedo yo, junto a mi prima, mi novia, mirando dormirse aquel animal antiguo que capitanea la casa, mientras que pienso que la oscuridad y la luz están en la tierra, enfrente y al lado mío. Es una plenitud nueva para mí, visitante familiar, consanguíneo, blanco, de afuera, de los arrabales adonde un día cuando crezca llevaré a Inés para vivir en una casa cerca del ciervo y del lago y sin Dios alguno que llame a la puerta en medio de la hora de la cena.

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