CONTRATAPA

El proyectil subjetivo

 Por Miriam Cairo

1

Ese hombre es alto, frío y húmedo como una ciudad de Sudamérica a la que una llegó de la mano de Lasserre que tradujo a Burroughs. Ese hombre exhala un aire que a una se le mete dentro como el frío húmedo de las amapolas. No tiene un atisbo de calor en ninguna parte y, a su lado, una nunca llega a calentarse. Como en ningún otro hombre que una haya conocido, en él se siente el peso muerto de los francotiradores. De toda su persona no se desprende una sola ternura masculina. Ese hombre es algo así como el resultado final de una radiación atómica o de una sociedad cualquiera.

2

De chocolate. Con crema y frutillas. Los invitados mastican con deleite. Revientan trozos rojos en la boca. Una mezcla untuosa de fruta, crema, harina, baba. Y a tragar para empezar otra vez sin perder de vista el suculento manjar que ha de ser comido. Los invitados que mastican frutillas nunca sabrán los versos de aquel poema que te salva del mundo. Ni de aquel poema que te salva de los francotiradores. Ni de aquel poema que te salva de los invitados.

3

La pornógrafa mística construye un misal de movimientos: ora de rodillas, ora de pie, ora boca abajo, ora boca arriba. Aquí y allá se le levantan montoncitos rosados por donde los ángeles pasan sus falanges aladas. De pronto, alguien golpea la puerta. Ella presiente el olor divino de dios que entra con las llaves del reino.

4

En cualquier farmacia se puede comprar xilocaína. En todas las fuentes de la ciudad, salen chorros espléndidos de xilocaína. En los restaurantes, sirven copas heladas de xilocaína. Los esposos y las esposas cada mañana se bañan, por separado, con xilocaína. Los hijos desayunan cereales con xilocaína. Los legisladores despenalizan la xilocaíana. Los reyes magos regalan caramelos de xilocaína. Los médicos, la recetan. Los enfermeros la aplican cada ocho horas. No hay dolor en el mundo.

5

La pornógrafa mística, por su manera de ser, fácilmente destructible y a menudo replegada en sí misma como un caracol, cabe en su propia mano.

6

Nos hallamos presos en el anillo de un círculo. Cuando oímos una palabra última con el oído último, estamos inmediatamente junto a la cosa última presente ahí, ante nosotros. Pero cuando oímos la metáfora del sexo con el oído del sexo, su salpicadura surge por primera vez, siempre.

7

La frutilla se rompe en la boca. Estalla. Y la propia vida se embadurna de crema y saliva. De pronto, se vuelven extrañas las cosas. Me pregunto cómo será la vida sexual de mis invitados. Suerte que la torta tiene frutillas porque creo que mis invitados nunca se salen de su lugar, salvo para romper frutillas en la boca. Dignas de ver aquellas nieves y aquellas cremas, aquellos hongos purísimos. Mientras los veo comer sospecho que ninguno de ellos lee lo que yo leo.

8

La pornógrafa mística se lee doblemente como ángel y fiera enjaulada en el corazón de la ciudad. Nos debe dar miedo tocar a esta mujer. Nos debe dar miedo sentir cada siglo de sus besos lentos. Nos debe dar miedo arrastrarnos por el interior de su cuerpo o descubrir que existimos en los enrevesados pliegues de su cerebro.

9

Es imposible entrar en contacto con los francotiradores. No tienen sexo: tienen aparato reproductor. A veces llegan a fastidiar tanto que no nos queda más remedio que matarlos a golpes de adiós. A ellos no se les puede decir "vamos de nuevo", porque los francotiradores van una vez y nada más.

10

Este café tiene el aspecto de una taberna de la época de la perdición. Se oyen croar ranas en los pantanos que la rodean. El mozo tiene una espléndida cabellera azulada que me recuerda tu calvicie. Me acuerdo de aquel sol de diciembre en un cielo violeta y de tu otra calvicie. Recuerdo que nunca hablamos de Farinelli porque no pensábamos ni remotamente en las bondades canoras de un castrado. Croan las ranas en un pantano que no existe.

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