CONTRATAPA

SíNDROME DE ESTOCOLMO

 Por Miriam Cairo

Un vacío histórico se extiende, cuando el jazz lentamente gira, trepa, rompe, extiende, murmura. Hay cosas tan normales que dan miedo. Las señoras con alma de acacias repiten el mismo paseo cada domingo. Dan sus pasos de árbol mientras mueven apenas los brazos como ramas. Los señores las acompañan buscando de reojo guirnaldas de muchachas blancas y de mujeres rojas o rememorando el jazz que extiende, rompe, murmura. ¿Habrá un modo de salir ilesos del silencio?

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Hay una extensión de tiempo que nos lleva. Según la enciclopedia virtual, "el síndrome de Estocolmo es una reacción psíquica en la cual una persona retenida contra su propia voluntad, desarrolla una relación de complicidad con quien la ha secuestrado". Hay una extensión interna que nos define. Los pasos conocen nuestro abismo.

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Emula. Desnuda en el parque solitario, desnuda en un lenguaje violentado, en un lenguaje de mil puntas y pocas palabras. Desnuda entre los asesinos del único rey, con sus guantes púrpura, sus dientes sangrientos. Firme y desnuda ante el turbulento síndrome de la oscuridad, fuera de la especie, obligada a amar en herrumbrosas camas. Boca abajo desnuda, al borde del aburrimiento, buscando algo que todavía no ha encontrado.

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En ocasiones, la palabra ave tiene alas tan largas, que pasa volando sobre la ciudad con su cabello de mujer y con los ojos tan abiertos que las personas secuestradas, acaban ayudando a sus captores para salvarse del peligro de la libertad.

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El amor yacía abstracto en un libro, con huesos ornamentales, con la boca moribunda mamando de las ubres de la noche, rumiando soledad.

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En el Kreditbanken, las sayas de encaje de leche cruda no cabían ni en la memoria de alguien. Los gigantes subterráneos se ahogaban en su propio suelo. Cuatro hombres debajo de un escritorio no desafiaban la gravedad. Una lágrima caía como una gota de mercurio sobre la alfombra. Seis días después, de los almuerzos compartidos, de las respiraciones próximas, de las desconfianzas mutuas, el beso agradecido. Y los hombres con la linterna ciega queriendo iluminar la noche.

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Especies de calles, especies de caminos, especies de lagos, especies de personas, especies de noches, especies de cielosà una especie de mundo, Choubert, toda especie de especies, Magdalena, ¿lo único que podemos hacer es pagar y aplaudir más fuerte? Una nostalgia, dos desgarrones, tres restos de universo, un agujero abierto, los pies más abajo del suelo, ¿cómo se llama el actor que desempeña mi papel? Choubert. ¿Dónde está la belleza? ¿Dónde está el amor? He perdido la memoria. ¿Aquí no hay un apuntador?

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Tanto el captor como el rehén procuran salir ilesos del incidente de estar unidos en matrimonio, por eso cooperan. (Bueno, esta no es una cita textual).

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Hay que salvar a los niños antes de que sean hombres. Tengo unas cuantas cosas que decirte: el acontecimiento es una cosa que se pliega y que se repliega. Hay otras cosas que se extienden en el espacio. En tiempos remotos los hombres comían a los hombres. Un rumor de cosas negras va rodando en el fondo de los ojos. Negras como un asesinato o una religión. De hormiga a pez, de pez a pájaro, de pájaro a mujer, de mujer a palabra. En el transcurso, los hombres no dejaron de comerse hombres. "Hay que encender fuego en la cabeza para recoger el hollín de las palabras." Hay que salvar a los niños antes de que sean hombres y quieran gobernar el mundo. Hay que detener este hábito alimenticio.

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Los rehenes tratan de protegerse, en un contexto de situaciones que les resultan incontrolables, por lo que tratan de cumplir los deseos de sus captores. Enciclopedia virtual oportunamente citada.

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Podrías morir. Podrías no morir. Podrías arrancarte ese ramillete de nervios que llevás por cabeza. Podrías ofrecerte en tu propia piedra de los sacrificios para salvarte. Los que comen hombres son capaces de muchas cosas. Se comen los unos a los otros y hablan con la boca llena. Podrías poner tu corazón boca abajo, a la altura del yo, a la altura del sexo sin fondo que excede la desgarradura. Podrías hacer algo a tu favor ya que siempre pagás y aplaudís tan fuerte. Podrías no pensar que todo debe ser así porque siempre fue así. Podrías dejar de una vez por todas, esa pesada costumbre de morir bajo la misma sombra. Aunque admito que el no morir está lleno de dudas.

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Y en el autosecuestro, ¿uno siempre coopera consigo mismo?

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