CONTRATAPA

Dizzie Monk, pianista para llegar al Señor

 Por Sonia Catela*

Tengo derecho a ser negro, a llamarme Dizzie Monk, a cantar en el templo bautista (entre la 56 y la 22) donde cuelgo aleluyas y los aleluyas rebotan del suelo mortal al techo celestial, no quiero otra manera de ser Dizzie Monk que meterme en el piano, encarnarme en el teclado de muelas blancas y negras que canta, aleluya, tengo derecho. Otros trepan por singulares escaleras para llegar a sus muchas mujeres perfumadas, al departamento que ocupa entero el piso 23 de la torre, o a que les besen los anillos, pero el teclado del piano es mi dentadura y también mi escalera y por cada letra de los aleluyas subo a mis sitios de plumas y garras. Pero también ocurre que la escalera me sepulta bajo tierra, en una cavidad opresiva, donde se está tapado por terrones húmedos, recién revueltos, barro en boca, sin aire en el diafragma, cuidando el aire y usándolo para saberte muerto y cantarle al finado al que llevan detrás tuyo, empaquetado en su caja de madera fina, cubierto de coronas de calas y lloriqueos de un harén de luto; acompañás al finado a su sepultura y lo orlás de blues, abriéndole paso, con este teclado locomotora, hasta el final del túnel, luz y aleluya, que el señor lo reciba.

Tengo derecho a ser negro y soy negro. Ante mi piano, esta primera noche de carnaval, se me calza el pellejo de un hombre obeso, que bebe cerveza por la boca y la devuelve al mundo transpirando toda su piel y regando a chorros al prójimo, fulano que no sabía dónde meter su pellejo y me pegó ese pellejo de hombre blanco desasosegado; mi música se hizo blanda, sudada, llorosa; al gordo lo habían despedido del taller y se hallaba en una encrucijada desesperada, viejo ya, sin conventillo, casilla o hueco donde asilarse; alzó la jarra y me acerqué a acompañarlo con unos tragos. Me contó su historia, la estafa de su socio, la deserción de su mujer; pagué la cuenta del hombre desocupado que no sabía cantar ni tocar instrumento alguno, pero podía arreglárselas con nuestro Oakland cuando nos deja varados durante las giras en alguna banquina incómoda, con su radiador flojo, la bomba crónica, el arranque a desgano; lo contraté para sumarse a nuestra banda y bebimos hasta terminar tirados en una alcantarilla entre la 12 y la 19 sin saber cómo llegamos allí. El gordo es el mejor mecánico que pudo atraer mi piano pero no se le puede seguir el tren de la cerveza. Esa noche fui hombre blanco, por un rato, y no se sentía demasiado diferente a lo habitual. Tengo derecho a este teclado y a sentarme ante él y volverme blanco por un rato, a viajar por blues y aleluyas y hundirme en pozos hondos donde las respuestas se olvidan, o no te siven de nada. Tengo derecho.

Por qué en cambio, me someten a piano de 2 a 6, a una celda de escalas simétricas, amarrada mi espalda a la silla para que no se me venza, marcadas mis manos por un reloj métrico, "agradecé que aprendés piano, agradecé; yo no me pude pagar las lecciones y tanto que quería tocar 'Para Elisa'. Vos, que tenés la oportunidad, deberías besarnos las manos", el piano convertido en lección y disciplina, en marcha militar de paso medido, pero tengo derecho a ser negro, a llamarme Dizzie Monk, a cantar salmos y aleluyas en el templo, y a retorcerme junto a las teclas en nuestros blues, hacernos el amor el piano y yo, aunque mis padres lo ignoren y me digan "nena, arreglate el vestido, que se te arruga, y no le vayas a pifiar a ese acorde donde siempre errás y al final nos hacés sentir que despilfarramos la plata, nena, sentate bien, piernas cruzadas, el recital ya empieza", estoy en El Círculo de una ciudad que arma recitales con escalas de Stöcker pero tengo derecho a ser negro y seré negro, manifiesto ante mis padres. Ellos pintan esa cara de pontífice en el púlpito de cuando mis decisiones contradicen sus planes: "pero vos te volviste orate, se te cayeron todos los tornillos, loca, mirate: hembra, blanca, argentina, pero qué decís", y enloquecen ahora que salgo al escenario, y sin la reverencia que debo hacer tomándome la punta de la falda entre el índice y el pulgar, desato una tormenta sedosa de blues en lugar de las escalas del programa; la maestra de música, en la primera fila, se inquieta, desdobla la cartulina del "Conservatorio Chopin" tan clarita en las composiciones que se deben ejecutar, y canto, canto al unísono de los blues a los que tengo derecho; propongo llevarme un río negro, conmigo, meterlo en el piano, ¿o el piano me lo mete adentro? y dejarlo salir, que fluya de mi garganta y del teclado, un río de mi laringe al que naveguen canoas de pescadores y sábalos, aguas saldrán de mi boca y pescados pacúes, bogas que alimentarán a los sedientos y hambrientos, inundaremos esta sala de desencantados, de Damas de Honor y Buenas Costumbres, y con los que quieran oír que oigan y saldremos, alzo mi teclado electrónico portátil repudiado por la Academia, desciendo por la escalera izquierda; desde las filas postreras y el gallinero baten algunas palmas, negras, bien negras, aleluya. Aunque no se pronuncie en momento alguno "aleluya", es aleluya; marchamos por calle Mendoza, hacia las barrancas del Paraná, aunque sigamos aquí, sentados en los mismos puestos, yo, emperrada, en el escenario, fluyendo agua oscura: peces salen de mi boca; marchamos los que marchamos. Es la fiesta.

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