CONTRATAPA

Una inquietante paradoja

 Por Gary Vila Ortiz

Aún cuando preferiríamos recurrir a algunos de los textos de Chesterton, o esa serie de narraciones policiales, "Las paradojas de Mr.Pond", a veces no está mal consultar al diccionario. En este caso los que tenemos a mano que no incluyen, por cierto, ninguna de las ediciones de la Enciclopedia Británica que recomendaba Borges. Por otra parte, un viejo amigo, Alberto Mon, sabemos que en una de las últimas había desaparecido de sus páginas Chesterton, y junto con él, claro, el entrañable padre Brown y el definitivamente paradójico señor Pond. El primer significado es sencillamente "contradicción". Nos interesa más el segundo: Figura retórica en la que se relacionan dos ideas o conceptos que parecen opuestos o contradictorios pero que un sentido más profundo no lo son. Las paradojas son conocidas desde la antigua Grecia y son frecuentes en muchos escritores, además de Chesterton. Ignoro si me equivoco, pero siempre he pensado que los años que median entre el fin de la Primera Guerra Mundial (1918) y el comienzo de la segunda (1939) son años paradójicos. ¿Por qué? Porque si bien en esos años es notable el crecimiento de los totalitarismos, representados de manera absoluta por Hitler, Franco y Mussolini, y en otro sentido por el stalinismo, hay también un asombroso desarrollo del espíritu creador del ser humano. En todos los aspectos del quehacer artístico se producen cambios que modificarán de manera definitiva las formas de la creación. Sería suficiente un ejemplo: En el año 1922 el fascismo toma el poder en Italia pero en ese mismo año se publican dos obras literarias formidables, el "Ulises" de James Joyce y "La tierra vana", de T.S.Eliot, entre muchas otras cosas que alguna vez enumeramos en esta misma columna.

Creemos que ese tiempo significó una paradoja inquietante que de ninguna manera ha encontrado alguna explicación enteramente satisfactoria. Sin embargo esa inquietud pertenece, nos parece, al campo de la historia. Lo que ahora nos preocupa es que en un mundo que parece definirse por situaciones en muchos casos espantosas ¿qué podemos oponer a lo que muchas veces podríamos definir cómo un incesante horror? Es cierto que ninguna de las expresiones del pensamiento del hombre pudo impedir las atrocidades del nazismo ni tampoco la de sus socios fascistas y franquistas. Los poetas, por ejemplo, que se opusieron a todas esas expresiones del totalitarismo, fueron perseguidos con verdadera saña, algunos fueron asesinados y otros tuvieron que marchar al exilio. Nada pudieron hacer y el aparente final de esos sistemas puso en evidencia la hipocresía de quienes decían defender los ideales de la democracia. La bomba atómica sobre Nagasaki, la aceptación del régimen franquista, que era lo mismo que aceptar a lo que se habían opuesto y vencido, el cerrar los ojos a ciertos crímenes como los cometidos por los japoneses en Manchuria, fueron algunos de los hechos que se cometieron durante la llamada guerra fría, que por otra parte no tuvo nada de fría: La guerra de Corea, la de Vietnam, los bombardeos de Suez por parte de los ingleses y los franceses que fueron contemporáneo a la represión por parte de la Unión Soviética de los intentos de lograr un régimen más democrático en Hungría, en Checoslovaquia o en Polonia, el dejar que el "apartheid" siguiera siendo una de las tantas señales del mundo africano, donde hubo guerras provocadas por el viejo sistema colonial, continente en el cual el hambre sigue hasta hoy siendo una de sus características a lo que hay que agregar el sospechoso "nacimiento" del Sida; las represiones que siguieron a la caída del Muro de Berlín, las genocidas guerras de los Balcanes y las interminables del Medio Oriente, fueron parte de lo que acontecía en los años finales del siglo veinte.

A todo eso que enumeramos un tanto vagamente, se podían oponer la firme resistencia de todos aquellos que defendían los derechos humanos de todos que fueron ferozmente vulnerados en gran parte de la inhumana humanidad, incluso lo que ocurrió en nuestro país.

Pero ahora, pasados o prontos a pasar, los primeros diez años del siglo XXI ¿qué panorama se nos ofrece? ¿Qué futuro se ofrece a los seres humanos en gran parte de este planeta que algún escritor de ciencia ficción consideró como el infierno de otras civilizaciones posiblemente más civilizadas? Perseguidos por el olvido, por la falta de memoria que los grandes poderes consideran necesaria, nada parece resolverse, no definitivamente, pues eso sería apostar a la utopía, sino al menos en parte. Todo aquello que los hombres de buena voluntad quisieran que terminara no termina nunca. Hay quienes ven algunas señales positivas que hacen pensar en un mundo mejor. Puede ser que las haya, nosotros no hemos sabido detectarlas.

Al contrario, nos parece que se podría repetir lo que algunos historiadores (a nuestro juicio los más notables) pasó en el siglo anterior, que no comenzó cuando terminó el siglo XIX sino en 1914, cuando un tiro en Sarajevo mató a más de doce millones de hombres. Y se es así ¿de qué manera comenzará el siglo XXI? ¿Con un mundo pacífico, pleno de cordura, con visibles intenciones de poner fin a los gravísimos problemas de los países cada vez menos desarrollados o con una batahola general que termine con todos nosotros?

Una voz, creo que mi misma voz, me susurra al oído que el peor de los pecados es la desesperación que está unida de por vida con el pesimismo. Podemos llegar a seguir siendo escépticos, pero no pasar de esas fronteras. Sin embargo, hasta la naturaleza (aún cuando hay quienes curiosamente nieguen su existencia) no nos tiene en cuenta para nada y nos juega malas pasadas. Eso ha ocurrido desde siempre y no debe extrañarnos. Lo que nos alarma es como hacemos convivir un hecho dramático, pero para muchos algo mínimo, como lo que ha ocurrido con los mineros chilenos que hasta el momento de escribir estas líneas sobreviven enterrados vivos como en un viaje no deseado al "centro de la tierra", ese drama, decíamos, convive en las informaciones que se nos dan con otra "noticia" sobre los siete mil millones de dólares que los vampiros hijos de Drácula (pero mucho menos interesantes) le hacen a quienes producen y reproducen films y series horripilantes por lo malas no por los vampiros de colmillos afilados y sexualidad dudosa. ¿Qué tiene que ver esto con lo anterior? Que se trata de un signo más de pensar que todo lo humano nos es ajeno y todo parece significar lo mismo.

Es cierto, tal vez exageramos, pero nos persigue en estos momentos la letra de un viejo tango escrito por Discépolo hacia 1926, "Quevachache": "¿no ves gilito embanderado que la razón la tiene el de más guita, que la honradez la venden al contado y a la moral la dan por moneditas?" Lo que hace falta es empacar mucha moneda, vender el alma, rifar el corazón. Tirar la poca decencia que te queda "el verdadero amor se ahogó en la sopa, la panza es reina y el dinero es Dios". Por 1926 las cosas eran así y teníamos un Discépolo que las contaba y cuando no era él se trataba de Martínez Estrada el que cantaba las cuarenta. ¿Y hoy? No lo sabemos o no lo entendemos. Por eso el título de este trabajo es una paradoja más: Lo inquietante es que hasta la paradoja se ha ido al naipe y nadie quiere barajar otra vez y dar de nuevo.

No me gusta escribir lo que estoy escribiendo, pero son las palabras que parecen ir saliendo solas mandadas sin saber en qué recoveco del inconsciente nacen y por qué. Posiblemente la vejez. Con seguridad las nostalgias y ciertas tristezas, injustificadas posiblemente.

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