CONTRATAPA

El machi

 Por Javier E. Núñez

Su nombre es Yavú; la guerra, su vocación. Se detiene al pie del cerro donde habita el machi y alza la vista. Una ladera escarpada y la noche espesa lo disuaden. Está demasiado débil para acometer el final de su empresa: la travesía había sido agotadora, hecha de peligros y obstáculos. Se sienta a esperar el alba, con la paciencia que sólo una vida de cacerías puede brindar. La luna llena asoma por detrás del monolito plomizo que corona el cerro. Ya falta poco. El alba traerá la verdad.

Lleva muchos soles viajando. Ha vadeado bravos ríos, ha pasado hambre, frío y sed. Ya perdió la cuenta del tiempo que le tomó atravesar el valle. Pero recuerda con precisión la noche previa a su partida, cuando el cacique nombró por primera vez al machi del Piltriquitrón.

El machi es un hechicero antiguo. Los ancianos de la aldea recuerdan haber sido niños cuando los más viejos se recordaban de niños a ellos mismos, escuchando ancianos que en su infancia, habían visto al machi. Hay quienes creen que él, y no otro, es responsable de los árboles y los ríos allí donde antes no había sino piedras y polvo sin tiempo. Vive aislado, en la cima del cerro Piltriquitrón. Dedica sus días y sus noches a un único objetivo: poblar la tierra de una raza superior, de hombres más fuertes, más inteligentes, más feroces. Sus manos modelan el barro hasta darle forma humana; un soplo de su aliento lo transforma en carne, piel y huesos.

De lo alto del cerro, durante un tiempo incalculable, han descendido hombres nuevos destinados a dominar la tierra. Yavú lo sabe, pero no siente miedo. Saca un trozo de cecina del morral. Mientras lo mastica, apunta a la cima con su lanza, en una muda amenaza: el fin del machi está cerca.

Amanece. Comienza a trepar el escarpado cerro. Es el último paso. Atrás quedan otras muertes, simples escalones de su ascenso: el feroz Manque y su martillo; Colluncurá el salvaje, con su máscara de muerte; Trompul el grande y su hacha; las certeras flechas de Uñán Quillén del bosque. Atrás quedan esos y tantos más, para llegar por fin al único capaz de disputarle el predominio. No con manos y armas como los demás, sino con sueños: esa mente progenitora de hombres es su peor amenaza.

El machi está de cuclillas junto al monolito gris. El sol naciente alumbra la piel curtida de sus manos que amasan una bola de barro. Se concentra en la gestación de este nuevo ser, hace un esfuerzo por perfeccionar la forma. Acaso éste fuese el definitivo, después de años de pruebas vanas. Se incorpora cuando oye los pasos que se acercan por detrás. Apenas alcanza a ver al guerrero que corre hacia él, es un borrón difuso contra la hiriente luz del alba. A pesar de la furia que parte su expresión, de la punta de lanza sesgando el aire, cree reconocerlo como un recuerdo lejano. No llega a decir nada: la lanza lo atraviesa con su ímpetu asesino.

Y con el último suspiro del machi, se desvanece en el aire la carne de su aliento. De Yavú no queda más que un montón de barro, y una lanza ensangrentada.

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