CONTRATAPA

Homenaje a Pichón Bucelli

 Por Jorge Isaías

En los lejanos amaneceres con escarcha, en aquella épica digna de la pluma de Homero como eran los trabajos rurales de entonces, quiero escribir aquí. Es como si fuera una puerta desde donde se asomaran el insistente comienzo del mundo y aquellos sueños que pugnaban por abrir una cuña en las férreas estructuras que se usaban en los comportamientos lejanos. Sin embargo, en ese tiempo tan remoto, como una nube que se desfleca en el aire existe un punto que se agiganta cuando mi memoria llena de brasas vivas la empieza a convocar. Ese lugar seguramente breve, seguramente íntimo, pero seguramente muy querido está en esa pequeña chacra muy cercana al pueblo, en ese viejo camino de tierra a Beravebú, pasando el campo de don Juan D'Allosta y la tapera de Domingo Cléreci con sus paredes que se llevó la inundación del cuarenta.

En ese lugar -en esa chacra están los rostros muy queridos, inolvidables de la tía María, el tío Domingo, Chiquín y por sobre todo Pichón, que era el más joven y a quien veo en mis esporádicos paseos por el pueblo.

Pichón y su extemporáneo afecto que lo lleva a detener su chata cuando me ve pedalear mi bicicleta por las calles solitarias del pueblo, abre de improviso la puerta, estaciona donde sea, el vehículo en medio de la calle y me abraza efusivamente gritándome: ¡Cómo estás Jorgito?

Es así, puro sentimiento, puro afecto y puro corazón, un corazón que uno puede suponer saltándole fuera del cuerpo: es Gilberto Bucelli, es decir es Pichón.

Pichón vive en una casa de las afueras, tiene sus buenos metros de terreno, tal vez treinta de frente por cincuenta de fondo, en el camino de la fábrica de galletitas, de la familia Yacco, pasando la sodería de Aldino Gardella quien me tuvo entre sus huestes, de sufrido repartidor de sifones, unos meses antes de venirme a esta ciudad.

En ese gran terreno, Pichón ha hecho una chacra en miniatura. Cría conejos, gallinas, pavos que cuidan algunos perros saltadores e inquietos.

Cuando estamos mateando en esa cocina que me recuerda a la de la chacrita de tío Domingo, vuelven los recuerdos de los años felices, llenos de esquirlas inquietas, de recuerdos de cuando mis padres eran jóvenes e iban a juntar maíz de forma manual, allí se reunían con el Sete Paulini y su esposa a quien decían La Ñata y creo que se llamaba María y también el hermano de don Domingo, el famoso Nando Clérici y su esposa doña Rosa, quien acaba de morir ya pasados los noventa años. Completaba el equipo de matrimonios un hombre solitario y desterrado de su país y de sus afectos, y estoy nombrando a don Francisco Cantoni, el inefable Chiquín que impregnó gran parte de mi primera infancia con sus historias no sé si inventadas, que incluían las persecuciones del Duce, sus años de sacrificios y de su paso como combatiente en la guerra del catorce y esa nostalgia que semanalmente ahogaba en alcohol domingo a domingo.

Cuando voy preguntando a Pichón por algunos objetos que de la antigua chacra recuerdo, como ese carrito que volcaba las espigas en el tope de la troja de maíz tirado por un caballito que él mismo montaría o le cuento de mis apasionados pedaleos infantiles encabalgado en un artefacto que con ese sistema hacia girar un gran piedra para afilar los cuchillos y las tijeras, se sonríe: Vení -me dice seguime.

Y vamos hacia el fondo y allí debajo de un cobertor o de chapas está ese aparato fijo, con asiento, y piedra circular para afilar los cuchillos.

En principio no puedo articular una palabra y él, sabiendo que estoy muy emocionado me pone una sola mano en el hombro y me pregunta muy satisfecho: ¿Y, qué me contás?

Me mira paternalmente mientras yo paso mi mano por el asiento donde mi pequeña humanidad infantil se aposentó, me subo a esa especie de bicicleta y trato de pedalear con la poca premura de mis años tratando de rememorar cómo era aquella sensación de mis cinco o seis años cuando tratando de llegar a esos pedales me creería un Jorge Batiz, campeón mundial del ciclismo de la época ¡Y era argentino! Como repetían las maestras en la escuela.

Cuando me ve satisfecho, me lleva al fondo del terreno donde tiene no uno, sino dos carritos volcadores de espigas. Uno de madera y el otro de metal. Solamente recuerdo a éste último y con mucha precisión, porque al final de la descargada de la chata cuando las bolsas irían de a poco siendo volcadas en ese carrito por el tío Domingo, yo, quien observaba el trabajo desde la chata, saltaría hacia el suelo y juntaría las pocas espigas que involuntariamente habían caído allí y las pondría en ese carrito volcador. Ahora sí -me diría el tío Domingo que te ganaste un "sanguche". Y a fe que lo sería con creces, porque en una varilla gigante -cortada al medio un queso casero con salame u otra factura de cerdo mientras la tía María completaría la merienda con un gran tazón de café con leche sacada de las ubres ese amanecer. Y yo entonces sí, que podría quedarme tranquilo.

Esos atardeceres eran perfectos, porque luego al salir al patio de tierra, allá en el poniente una gran bola de fuego iría sin piedad incendiando rastrojos.

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