CONTRATAPA

Un maestro de lunfardo

 Por Víctor Maini

Todo lo que sé de lunfardo lo aprendí de don Antonio. En la pensión mistonga que tenían mis viejos en Rioja y Crespo, y gracias a la cercanía con las facultades, todos los pensionistas eran estudiantes de medicina u odontología. Todos menos él, que cayó un día de la nada, pidió una pieza a la que alquiló sin mirarla siquiera, como dejando en claro que nadie elige un refugio, que no estaba en un momento de elegir y que el paisaje lo traía adentro. Le dieron el altillo que quedaba al terminar la escalera caracol, que estaba casi siempre desocupado, apartado del resto de las habitaciones, todo un símbolo.

Me pidió que le ayudara a subir los bagayos, ya que estando al dope, le podía dar una mano, y así lo hice. El winco lo subió él, al igual que los discos, con mucho cuidado mientras que yo me encargaba de las revistas y libros. Muy pocas pilchas, una spika y un par de cuadros que le ayudé a colgar, uno de Perón en su caballo pinto, otro de Chacarita y también pegamos dos posters que después de apretar la última chinche sobre las palabras Ediciones Frontera, pregunté sus nombres. "El sargento Kirk y el Eternauta", me contestó.

En todo el tiempo que duró la mudanza habló poco y silbó todo el tiempo en el que no fumó, es decir que silbó muy poco, pero ni bien terminamos me empezó a preguntar lo que preguntaban todos, nombre, edad, cuadro, escuela, pero cuando llegó al tema fútbol me dijo que un jugador puede no ser inteligente pero debe ser vivo. Es decir, tiene que tener los cinco sentidos alertas, y me probó con una moneda de 25, que me la mostró en la palma de su mano izquierda, para después cerrarla, mostrarme los dos puños, y hacerla aparecer en su mano derecha para terminar mostrándome su primer sonrisa detrás del humo y de su cigarrillo.

"Esto es magia", grité.

"No pibe, esto es un truco, magia es otra cosa, esta cheno hay luna llena, eso es magia".

Después de darme los 25 pesos, unos caramelos media hora y de prestarme un Tony para leer, me despedí quejándome que al otro día tenía que ir a la escuela, y que tenía que hacer la tarea que era muy difícil. "Difícil es olvidar un olvido", me dijo. "Puede ser complicada", me volvió a enseñar y me aconsejó que no me quejara de poder ir a la escuela, y que agradeciera de los lompas y tamangos que tenía y del esfuerzo que hacían mis viejos para que yo pudiera estudiar.

No sé, quizás ya me lo habían dicho más de una vez, pero no de esa manera, quizás por las palabras usadas, o por el cómo las dijo, no sé pero para mí fue la primera. No me enojé ni lo tomé como un reto. Todo lo contrario le agradecí y bajé la escalera contento de que ese altillo maloliente, descascarado por la humedad, se hubiera encendido como un faro en el medio de mi infancia y estaba seguro que tenía que ver más con la magia que con un truco.

El viejo, como le habían puesto en la pensión, bajó dos veces a mirar televisión al comedor. Una, cuando Chacarita salió campeón y la otra cuando el hombre pisó la luna, de la primera me quedó grabado tanto el cuarto gol de Neumann como el llanto de Antonio, y de la segunda la frase que dijo antes de irse para su pieza: "Pobre luna".

Se la pasaba leyendo y escuchando tangos, una noche en la que el miedo me impidió seguir mirando El hombre que volvió de la muerte, me escapé para su mundo, me dejó entrar, me aconsejó que no me sentara en una silla de paja que estaba fané y mientras me acercaba un banquito de madera me preguntó si me gustaba el tango. Ante la negativa, me dijo que no importaba, que el tango era como el sargento Kirk, un buen amigo, y que seguro que me iba a esperar.

Nunca me dejó ir sin contarme un cuento primero. Siempre tenía que ver con lo que me dijo el primer día, con los sentidos. Esa noche me contó que un croto se había parado en la puerta de Pedrín y con las pocas monedas que tenía no llegaba a comprar uno de los pollos que había en el spiedo, por lo tanto se limitó a oler una y mil veces para ver si podía calmar su hambre, el dueño del negocio le quiso cobrar el importe de tres pollos diciendo que esa era la cantidad de aromas consumido. El linyera lejos de enojarse tomó las monedas, las colocó entre sus manos entrelazadas formando un cofre y moviéndolas para hacerlas sonar le dijo "si vos me cobrás el olor yo te pago con el son y quedate con el vuelto". Asegurándome que Narciso había ya dejado de asustar a la gente me despedí sin antes tirarle una broma. "Ojo, don Antonio, no se le vaya a caer uno de los troncos que tiene colgado al lado de su cama mientras duerme". Pero él no me dejaba ganar una: "Andá tranquilo pibe que tengo más miedo de que me garque el caballo".

En una tarde de invierno que me vio en la terraza desabrigado me dijo que bajara a buscarme un pullover para el pecho y una bufanda para los discos.

"¿Qué discos?", le pregunté. "Cómo qué discos. Los pulmones pibe, los pulmones". Esperó que terminara de reírme y de tratarlo de bolacero, para después de mirarme fijo, recitarme: "Las canas a su vida hicieron triza, con la pena más fule jugó a risa y aguantó sin chivar un esquinazo. Cuando estuvo en la buena no fue arisco y al verse arruinado de los discos, se fajó en el marote un bufonaso. ¿Y, qué me Contursi?". Esa fue la última vez que le discutí algo, para mí pasó a ser como la Real Academia del Lunfardo, y sólo me limité a aprender.

Con una bicicleta prestada rompía límites de peatón, acortaba distancia, agrandaba el barrio,traspasaba fronteras, me ponía metas como la de ir un poco más allá de la plaza Buratovich, llegar hasta la San Francisco, porqué no. Así lo hice y estaba orgulloso de ello, pero cuando me volvía lo alcancé a ver sentado en el bar La Capilla, lo reconocí enseguida pero no a su mirada, estaba como sumergido en un viaje en el tiempo, un verdadero eternauta, había elegido como nave una botella de Campari que se veía vacía en su mesa y por supuesto nunca supo que estuve allí.

Las llegadas tardes de don Antonio se fueron haciendo cada vez más seguidas quedándome sin clases ni cuentos, por eso no me extrañó la madrugada que nos despertó el golpe de su cuerpo contra los escalones, y que tuvieran que llevarlo al Centenario para que le dieran siete puntos en la cabeza.

"Que mamúa acheno viejo, eh", fueron mis palabras al otro día.

"Mocoso de porquería, tomándose confianza con la gente grande, vaya para adentro y no sale por una semana, nada más que para ir a la escuela", fueron las palabras de mi vieja.

Me metí en el baño muy dolido no tanto por el reto sino por la vergüenza que le había hecho pasar a ese hombre derrumbado, y me puse a llorar arrepentido. Después de todo eran dos ignorancias las que se habían juntado, la mía, que no podía saber la sed que daban las penas y la de él, que no sabía que las penas sabían nadar.

No lo vi, ni lo quería ver, por miedo a que estuviera enojado, hasta que el domingo mientras se afeitaba en la puerta de su atalaya, mirando hacia abajo, con su cara llena de espuma, me recitó: "Hoy la juné en San Telmo, pobrecita. Yiraba, sin querer le di la cana y al verla patinando me dio ganas de entrar a amasijarme con cebita". Subí corriendo ese caracol, lo abracé y le pedí perdón todo en un segundo, feliz de saber que no había perdido un amigo.

Estaba llena de gente la escalera ese maldito día que volví de la escuela. Estaban esperando la ambulancia, me abrí paso como pude para poder verlo. Cuando me vio entrar se sentó rápido en la cama acelerando su agitación, tomó un puñados de monedas que tenía en su mesa de luz y las hizo sonar entre sus manos como pudo, mientras me guiñaba un ojo me dijo "Andá a comprarte caramelos pibe".

Estaba todo en el guiño, los caramelos eran una excusa, me estaba diciendo, pirá pibe, rajá, no vuelvas rápido. Me tenía que dar cuenta, yo era su mejor alumno, y tenía que tener todos los sentidos alertas.

Compré los media hora y me sobró hasta para el maní japonés, me fui a lo de Mario para hacer tiempo, y con el pretexto de conseguir masilla para mi trueno naranja me quedé mas de la cuenta

Cuando llegué a mi casa todos estaban preocupados por mi demora, todos menos él, que ya no estaba. Me dijeron que lo habían dejado internado esta vez, pero que se iba a poner bien.

Al Rana Ranalli, un estudiante avanzado en medicina, eligieron para que me explicara lo que yo ya sabía, que los pulmones, que fumaba mucho, que no se cuidaba, que la edad, etc.

A veces pienso que uno habla y escribe con el afán de igualar en lo posible a los gestos, los gestos son abarcativos, perduran en el tiempo, en la memoria. En ese guiño llevo su marca y su despedida, y cuando alguno de mis hijos me pregunta por qué no fumo, siempre les contesto: "Porque desde algún lugar del espacio don Antonio me sigue cuidando los discos, bepi", siempre acompañando mis palabras con el mismo gesto, el mismo guiño pícaro, gardeliano y bien lunfa.

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