CONTRATAPA

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 Por Marcia Bredice

Hay algo en lo que el común de los mortales insistimos: la perturbadora especulación sobre el ritmo de los relojes y los calendarios.

Como la marcha de los segunderos gravitando en la sentencia de un condenado a muerte, vamos descontándole horas a los días, días a los meses, meses al inevitable curso de los períodos orbitales.

La insoportable aleatoriedad de nuestro ser, la pesadumbre que nos imprime la advertencia del paso fugaz del tiempo y la imposibilidad de gobernarlo nos obsesiona hasta la búsqueda de una imagen estática en la que el pasado se fosilice. De ahí los álbumes de fotos, las grabaciones, la mueca del desconcierto en los cálculos de edades y fechas, el lapso que increíblemente nos separa de aquellos momentos que reservamos como significativos, el reparo en la estatura de los hijos ajenos y hasta las colecciones, intentando retener e inmovilizar lo que sabemos breve, frágil y efímero.

"No me preguntes cómo pasa el tiempo", escribía José Emilio Pacheco; parafraseando a Li Kiu Ling, al mismo tiempo que daba forma a una nueva expresión poética en la literatura latinoamericana del diecinueve. "No tenemos raíces en la tierra".

Desde las líneas inaugurales de Anacreonte y de Horacio, la literatura reincide en el antiguo tópico de la temporalidad. Desobedeciendo la diversa entonación de esas "cuantas metáforas" de las que nos convenció Borges, quizás hasta la misma historia universal no sea más que la historia de la acumulación de la memoria del tiempo. Proposición axiomática para postular la ambición retentiva de los memorándum, las efemérides, las lunaciones; los diarios personales como inventarios que lacran fechas y sellan pactos con los calendarios; el registro detallado de las mudanzas del tiempo y la imposibilidad de interrumpirlas; y hasta el pleonasmo del tiempo invertido por los mortales en buscar unidades regulares para calcularlo.

Que el tiempo es una "magnitud para registrar variaciones perceptibles", está demostrado: después de tantas refutaciones y de casi veintiséis siglos, un estudiante neozelandés reivindica las aporías de Zenón de Elea. Lo que las teorías no explican es la inmediatez con la que esas variaciones se precipitan.

En la vorágine de la posmodernidad, los ochenta y seis mil cuatrocientos segundos del día se han vuelto un bien preciado, por eso su medición pasa a ser cardinal. No más de doce segundos para cepillarnos los dientes; no más de trece para cruzar calles y avenidas mientras el ícono del hombrecito verde mueve pesadamente sus piernas en cuenta regresiva; no más de tres antes de dar un bocinazo al que no advierte que el semáforo ya habilitó el paso; no más de dos para calentar la comida en el microondas o entre nueve y once para tener listos los fideos.

Con el avance revolucionario de las tecnologías, la medición del tiempo también responde a parámetros auriculables. El MP3 reemplaza al reloj en su función básica: computa el tiempo, aunque en unidad de tracks. ¿Cuánto esperó para pagar sus impuestos? ¿Media hora? ¿Seis o siete tracks? Una tercera parte del disco de Tom Waits que tengo instalado hace algunos meses. Lo mismo es aplicable a las distancias. De casa al gimnasio, un track. Del gimnasio al parque, cuatro tracks. Estiramiento: un track: "Let it be" o "Zitá" de Piazzolla. Cuatro minutos aproximadamente.

En mis obsesiones con la puntualidad, cada trayecto está cronometrado. La mañana comienza con una voz que siempre desde la misma sintonía radial, a las siete en punto, me da los buenos días. Si la combinación de movimientos premeditados no resulta alterada por irrupciones azarosas, llego al tramo final de mi trayecto con el primer repaso de noticias, a las siete y treinta.

El tiempo es computable porque es finito. Lo finito es múltiple, diverso y limitado y obliga a ser administrado a conciencia de su condición inherente. Nada nos angustia tanto como reconfirmar esa certeza en cada pérdida de tiempo.

La enemiga del tiempo es la espera y su sicario, la demora. La demora es inhumanamente computable.

Un famoso teólogo me convenció, después de muchas impuntualidades, de que las demoras son delitos indeliberados e inimputables contra la libertad del otro. El otro no elige esperar. El que demora lo condena a la angustia de la espera.

De todas las paradojas de la humanidad, ninguna tan ridícula como la invención de las salas de espera.

Una sala de espera es un edificio, o una parte de un edificio donde la gente se sienta o permanece de pie hasta que el hecho que está esperando ocurre --describe idiotamente la enciclopedia--. Oficinas, hospitales, consultorios y centros de salud, institutos de belleza y peluquerías; equipadas con televisores, cómodos sofás y revistas que cambian de género y tendencia de acuerdo a la categoría y nivel de público, al igual que el tapizado y el decorado de la sala. Las salas de espera son el corolario de la inimputabilidad del delito de la espera.

"El doctor está demorado", dicen lastimosamente las recepcionistas de clínicas privadas. Y, como a los occidentales se nos ha enseñado que todo lo que se demora es bueno, si el facultativo lleva cuarenta y ocho minutos de demora es que se desempeña con profesionalismo y, ergo, es un excelente médico.

Mientras tanto, uno espera. Mira los zapatos del resto de los esperadores, el impaciente penduleo de sus piernas, el movimiento escaneador de sus miradas dilatando alguna lectura. Oye el sonido del hojeado como un agua golpeando en la escollera, el resoplido disconforme, el balbuceo protestante. Responde, con un mismo gesto, al arqueado de cejas de fastidio de alguna que ya harta de esperar decide levantarse en armas contra la secretaria y exigirle la devolución de su dinero o, en todo caso, de su orden de consulta. Nada más incómodo que los escenarios de la espera.

Y así, entre los minutos que nos roban los impuntuales, los que perdemos esperando que la almacenera cierre el relato de su culebrón con la clienta para, por fin, atendernos; los minutos desaprovechados en las paradas de colectivos; los segundos que nos llevó el saludo matinal y el cruce cordial con el portero y los equivalentes segundos por los que perdimos el ciento veintidós habiendo estado a seis metros, las esperas van desconfigurando la neurótica arquitectura de nuestros organigramas.

Afortunadamente, nos queda la holística zen.

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