CONTRATAPA

Hijos y padres

 Por Luciano Trangoni

Se ha largado a llover y el sonido del agua es ensordecedor. El viejo se detiene bajo el balcón de una casa y desde allí observa agitado el pequeño diluvio. Se pasa una mano por la cabeza y se peina los pocos pelos que le quedan. Se acomoda la camisa mojada y de pronto siente el cuerpo frío. Aunque es verano el viejo siente la piel fría, y se mira los zapatos y se lleva al pecho el paquete envuelto en papel de regalo. El viejo tiene miedo que se moje y no sabe cómo cubrirlo, taparlo para que no se moje, aunque ya le han caído algunas gotas.

Una señora más joven que él camina lo más rápido que puede bajo la lluvia, lo más rápido que le permiten sus piernas, esquivando charcos, caminando en puntas de pie, cargando una bolsa de supermercado en cada mano para no perder el equilibrio, empapándose de arriba abajo mientras el viejo aquel la observa temeroso bajo un refugio incierto, y la vergüenza de ella, la deshonra de caminar vencida por lo adverso sin la suerte de saberse previsora y haber salido a hacer los mandados con un paraguas.

El viejo levanta las cejas, mira el cielo y de pronto siente que una gota está a punto de caerle dentro de un ojo. Siente una emoción parecida al vértigo, y entonces cierra los ojos y baja la mirada. Ahora observa el charco que se está formando a un metro de él. Tiene los zapatos llenos de pequeñas gotitas y siente deseos de caminar, necesidad de caminar, y estudia la posibilidad de avanzar por un costado de la vereda, bien contra la pared, pero llueve mucho y al paquete que intenta proteger del agua ya le han caído unas cuantas gotas y el papel comienza a deteriorarse.

Finalmente el viejo se abre paso bajo la lluvia y logra llegar a la casa y hacer sonar el timbre un par de veces. El viejo está empapado pero lleva una sonrisa en la cara cuando un muchacho le abre la puerta.

--Papá --dice--. ¿Qué hacés por acá?

El hijo lo invita a pasar, cierra la puerta con llave y luego desaparece en una de las habitaciones.

--¿Cómo no me avisaste? --dice ahora, mientras le entrega una toalla al padre.

El padre agradece y se seca la cara, la cabeza, el cuello y vuelve a agradecer.

--Para Mariela --dice después, mientras señala con las cejas el paquete que se encuentra en el centro de la mesa.

--Marcela --corrige el hijo--. No te hubieras molestado.

--No es molestia.

Silencio.

--Dáselo vos personalmente --dice el hijo--. Debe estar por venir.

--No --dice el padre apretando los párpados--. Cuando pare la lluvia me voy.

El hijo hace una mueca, corre un par de sillas y se sientan frente a frente. El padre se acomoda en su lugar y desde allí comienza a observar a su alrededor.

--Cambiaste de lugar los muebles --dice de pronto.

--Hace como tres años los cambiamos --dice el hijo.

El padre arquea los labios y mueve la cabeza como si estuviera asintiendo, y luego ambos quedan mirándose a los ojos durante un tiempo, hasta que el padre parpadea y retira la vista. El hijo sonríe y da un golpe seco sobre la mesa.

--¿Preparo mate o café? --dice.

El padre está recorriendo con la mirada el espacio que lo rodea. Ahora se detiene en un portarretratos y cierra un puño y mira al techo.

--Para qué me preguntás si ya sabés --dice de pronto.

El hijo no ha dejado de observar a su padre en ningún momento. Ahora se levanta y se dirige a la cocina. Suspira. Está de espaldas a su padre y suspira. Luego abre la puerta del aparador y saca dos vasos y los deja sobre la mesada de mármol y se queda inmóvil unos instantes. Después vuelve a suspirar y guarda uno de los vasos en el mismo sitio donde estaba.

--Son las seis de la tarde, papá --le dice.

--Y a mí qué me importa.

Ahora es el hijo el que cierra un puño y lo alza sin que su padre pueda observarlo.

--Además no tengo una gota de alcohol en la casa.

--Qué no vas a tener --dice el padre.

El hijo está en la cocina, de espaldas a su padre, y permanece en silencio. Luego abre la otra puerta del aparador y saca del fondo una botella de whisky. Sirve una medida en el vaso y regresa al comedor. El padre está allí sentado y sonríe, pero su hijo no lo mira a los ojos y apoya con violencia el vaso sobre la mesa.

--¡Bueno! --dice el padre.

--¡Bueno! --dice el hijo.

El viejo se moja los labios y sonríe.

--¿Qué vas a hacer en nochebuena? --pregunta el hijo.

--Nada --dice el padre y luego vuelven a enredarse en el silencio--. Lo que sí --agrega--, vas a tener que cambiarle el papel, mirá lo que es esto, una vergüenza.

El hijo observa el paquete que está en el centro de la mesa y de pronto estira una mano y la apoya sobre el antebrazo del padre.

--¿Y Susana? --pregunta.

--Se fue hace dos meses --dice el padre al retirar el brazo.

Luego se pone de pie y observa a través de la ventana. El hijo también se pone de pie y se acerca al padre y le da un abrazo. El viejo está llorando.

--Creo que ya paró --dice, y carraspea.

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