CONTRATAPA

Pintores cantores

 Por Víctor Maini

Cuando vacacionar no era sinónimo de viajar, los sindicatos intervenidos, la industria del turismo no existía y no había más agencia de viajes que la terminal de ómnibus, el período anual de descanso se usaba para visitar parientes, que nunca vivían en lugares turísticos o en el mejor de los casos conocer a alguien que hubiera comprado una casa en Capilla del Monte y que después de algunas temporadas no supiera que hacer con el inmueble y decidiera prestarlo.

Don Alberto, el carnicero de calle Vera Mujica fue quien me permitió conocer el Uritorco, antes de vender su propiedad en el valle se la prestó a todos los clientes. Era un hecho que estaba cansado de ir siempre al mismo lugar, anunciaba sus viajes con un cartel que decía "Cerrado por vacaciones, por viaje no de placer (voy con mi mujer) desde tal a tal fecha".

Pero si algo se hacía en vacaciones era arreglar la casa. Mi padre disfrazaba su inutilidad en trabajos manuales con una frase: "Hay que vivir y dejar vivir", y de esa manera pasaban por mi casa carpinteros, albañiles, electricistas que hacían lo que él no sabía o no quería, como en el caso de la pintura para lo cual decía que se había pintado todo en la "colimba" y que no pensaba tocar un pincel más en su puta vida.

Era así como todos los veranos se presentaba don Roberto, siempre de la misma manera, extendía su fuerte brazo y mientras apretaba su mano de hachero decía "Roberto Acosta, de colonia Baranda, Chaco, a sus órdenes". Si alguien preguntaba "¿de donde me dijo?", o decía "no conozco ese lugar", se tomaba todo el tiempo para explicar, cual guía turístico, geografía e historia de su terruño. Contaba que su pueblo había pertenecido al imperio de La Forestal, donde su abuelo y su padre habían trabajado a destajo hasta que no quedó ni un quebracho en pie y él tuvo que buscar otros horizontes. Tenía un muestreo de pobrezas, explotación e injusticias más grande que el toco de cartones de colores para elegir la pintura que llevaba en su bolsillo.

Especialista en interiores, con movimientos firmes vaciaba las habitaciones de muebles hasta dejarlas enormes, para después llenarlas con su canto. "No existe un 'matarañas' que no cante, pibe", me decía mientras lijaba las paredes. Ignoro si la música eleva, pero doy fe que él se elevaba con la música. Subía la escalera con la pintura preparada en una mano y el pincel en la otra, pero siempre cantando y desde las alturas parecía cantar más fuerte, cualquier melodía lo acompañaba y reflejaba su estado de ánimo. Solía cantar La balandra o sacaba a pasear sus penas en alguna zamba, pero había una canción, tan triste como bella, que jamás dejaba de entonar, una escrita como para él de la que todavía hoy recuerdo su estribillo: "Yo soy nacido en Baranda/ un lugar muy olvidado/ se llevaron el tanino/ y el pueblo se fue secando". Mientras la interpretaba dejaba bajar su brazo pintor con la serenidad milenaria de los troncos cuando caen.

Su hijo mayor se dedicaba a exteriores con pintura al agua. Melómano como su padre acomodaba los tachos de pintura como si fueran una batería e interpretaba Love me do, mientras hacía mover su flequillo a lo Ringo. Don Roberto levantaba los hombros y se reía mientras decía: "Es música igual y es lo único que lo va a salvar". Decía que la música y el trabajo eran los dos más grandes inventos, así en ese orden, que él lo había aprendido en el monte, mirando a los pájaros.

En una oportunidad que fui a decirle que estaba listo el mate cocido, al entrar a la habitación lo encuentro como ido, con los ojos cerrados, con el palo que tenía para revolver la pintura dibujando círculos en el aire, con movimientos enérgicos y nerviosos, como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible. Me paralicé, no me animé a hablarle ni atiné a irme. De su boca salían sonidos raros, simulando varios instrumentos a la vez. Al despertarse se ruborizó, me preguntó si hacía mucho tiempo que estaba allí, y mi silencio nunca supo mentir. "Himno a la alegría, de Beethoven", fue lo único que dijo antes de subir la escalera y no cantar más en todo ese día.

En los noventa fue la última vez que hice entrar pintores a mi casa, siempre le buscaba alguna excusa para no estar conforme con su trabajo, pero la verdad de la inconfesable causa era que ninguno cantaba. Es más, ni hablaban, sólo escuchaban en forma individual, con unas cucarachas en los oídos que no producían ninguna expresión en su rostro, teniendo uno que adivinar si estaba prendido o apagado ese aparato que traían colgado como un riñón artificial. Puede ser que la autocensura, consecuencia de una censura brutal previa nos haya convertido en una sociedad con muchos espectadores y muy pocos actores, que nos hayan hecho creer que para cantar hay que ser poseedor de una cuerdas vocales privilegiadas, que exceptuando alguna tribuna futbolera, el argentino no cante como antes, por lo menos mientras trabaja, o tal vez mi amigo Cacho Cicero tenga razón cuando despliega tan seguro su teoría de que la tecnología acompañó a la música hasta el amplificador a válvulas, y que desde allí hasta nuestros días se convirtió en un Frankenstein que no pudo controlar, comenzando por aturdir al hombre hasta dejarlo sordo por completo, y como ya sabemos los sordos no cantan.

Lo cierto es que el único que cantaba era el contratista cuando venía a cobrar, y mientras acomodaba los billetes se iba ladrando Que tendrá el petiso.

Creo que esa fue la gota que rebalsó el vaso, hasta allí pude soportarlo, esa vivencia fue la que me hizo tomar los pinceles, las espátulas, las brochas y las lijas. A partir de ese día en mi casa pinto yo, y no estoy para nada arrepentido, me gusta hacerlo y canto más que cuando iba a las peñas. En un mismo día puedo hacer una versión de Rutas Argentinas del gran Luis, pasando por Himno a la medianoche de Abonizio o acariciar mi pena en Mi cajita de música de José Pedroni.

En mi casa dicen que cada año lo hago mejor y que le voy agarrando la mano, de lo único que se quejan es que en ocasiones ensucio demasiado con pintura, pero es sólo en algunos momentos, sólo cuando empuño mi batuta llena de pintura y desafiando al tiempo interpreto mi gran obra maestra, el Himno a la alegría.

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