CONTRATAPA

La guerra ha terminado

 Por Víctor Zenobi

A Lucas y Lauri

"Y nuestro mundo cercado comenzó a deslizarse, lleno de trampas".

(Diego, en La guerra ha terminado de Alain Resnais)

El creciente rumor del colectivo atenuó su ansiedad, aunque no la certeza de que lo habían localizado. Como en los días de la niñez, intentó atenuar la realidad con las imágenes del film que gravitaban en su memoria, pero al descender, redescubrió el desamparo de la noche que progresó con él hacia el interior de su casa. La fugitiva luz de la rendija en la habitación, anticipó la presencia de Naná, que descuidada en la somnolencia, se sobresaltó. Sin mayores explicaciones, extrajo un sobre que ocultaba detrás de una réplica de Cinema Blue y sin admitir objeciones, la urgió para que lo entregara de inmediato a su amigo Molinari. Cuando quedó solo, sacó el revólver del escritorio, apagó la luz y esperó que el vaho caluroso de la habitación se fugara por la claraboya, apenas definida por la escasa luz de la calle. Progresivo en la penumbra, el sueño lo venció: vio a Naná desplazándose por la calle, a Molinari leyendo el manuscrito de La guerra ha terminado, a dos sombras ascendiendo por la escalera y a su cuerpo destrozado sobre el lecho. Despertó al oír el ruido de un picaporte y no soportó más...

Apenas había salido, Naná decidió ir a su casa y cumplir el encargo al mediodía. Una angustia imprevista se había adueñado de su pecho y cuando entregó el sobre a Molinari, con la confirmación de que su amigo no andaba bien, acordaron que lo visitara para saber qué le ocurría. Hacia el atardecer, cuando el sol declinaba su furor, Molinari pulsó el timbre de la casona, pero nadie respondió. Probó el pesado picaporte y la puerta accedió a un rectángulo de luz que se demoró en los vencidos escalones. Molinari observó los marcos de las puertas deteriorados por la carcoma, la herrumbre en la escalera de caracol, el deterioro del jardín y la fuente de aguas contaminadas por la vegetación decreciente. Una discreta opresión lo embargó, sin embargo, recuperó una imagen del pasado, cuando la casa florecía bajo el cuidado familiar y la amistad ovillaba en los rincones impecables, la disensión y el acuerdo de los juegos infantiles. Desde afuera, el canto de un pájaro lo supo antes que él; la puerta de la habitación estaba entreabierta. Rígido sobre el caos de un enigma yacía el cuerpo de su amigo, destrozada la sien por un disparo.

Unos días más tarde, Molinari y Naná departieron su duelo en un bar de la costa. La muerte del amigo era una hoja en blanco. Molinari abolió las palabras, no comprendía nada. Naná se resignó al dolor como antes a la semisoledad. Cuando se despidieron, prometieron no perderse. Los días retomaron su monotonía habitual; el viernes por la noche, Molinari retomó el sobre y desplegó algunos afiches, una historia del cine, un análisis de los filmes de Hitchcock y Luis Buñuel. Un comentario sobre Blow up... Se demoró leyendo hasta la madrugada y había decidido dormirse, cuando en la parte posterior del afiche de La Guerra ha terminado, encontró manuscrito lo que sigue:

"Todo comenzó cuando el Broadway reestrenó El Fantasma de la libertad. La sala estaba vacía y como no tenía monedas para el acomodador me senté en la última fila donde sólo había un espectador. En el intervalo, algo ocurrió; desde una de las entradas dos hombres parecían buscar a alguien. Al verlos, mi ocasional compañero se apresuró a salir por el lado contrario y en su apuro dejó caer un bolso de mano. Después de algunas vacilaciones, lo tomé y me dirigí hacia el baño para apropiarme de su contenido, y en la puerta tropecé con los dos hombres que salían con prisa; no la suficiente como para obviar mi rostro. Un tanto perplejo por los acontecimientos que se deslizaban entré y en uno de los compartimientos individuales el cuerpo lacerado del espectador entorpecía la entrada. Reclinado sobre mi estómago vomité; lo demás fue confuso. Corrí por calles de cielo indiferente y despiadadas estrellas, calles de lunas sangrientas que se reiteraban sobre adoquines desparejos y firmes y tierra insufrible, brutal, desorientada. El rumor del río me detuvo y sentí que la noche se contaminaba de terribles sentencias y misterios insondables. Un alarido intolerable había atravesado mi eterno silencio... Una vez en mi casa y pese a mi estado, repasé los hechos. En el bolso había un llavero con siete llaves, unos billetes de escaso valor y una esquela en la que se leía 'Estimado Juan. La reposición es una trampa. Te ordeno que no vayas. Te enviaremos el contacto el día siete, a las siete de la tarde, en el primer ombú que está a la izquierda del anfiteatro. Tu clave es La guerra ha terminado'. Firmaba: Eisenstein. A la mañana siguiente compré el periódico; una mínima nota detallaba la muerte de un espectador '...a causa de un paro cardíaco en la penúltima función del Broadway'. La sorpresa casi me derrumba; el hecho debía implicar consecuencias muy importantes para ser deformado. La humillación y un bochorno subversivo sobrepasaron mi temor inicial. Yo poseía un cadáver y un nombre y eso generaba múltiples sentidos posibles. En algún momento del día, una idea insensata me sorprendió y mi inquietud se aferró a ella con decisión. El jueves Santo, mientras la ciudad se conmocionaba ante la inminencia de la Pascua, abrigué la esperanza de que el tal Eisenstein no hubiese leído la noticia de la muerte de Juan. Nada me costó divisar el ombú. En un cono de sombras, me acomodé, al rato un hombre se acercó. 'La guerra ha terminado' me apresuré a pronunciar. ¿Juan, Juan Lumiere? Preguntó con vacilante temor... Así fui conducido hasta Eisenstein, al cabo de unas cuantas semanas decidió que podía confiar en mí... Yo pensaba en el cine desde los subterfugios del teatro y la literatura, Eisenstein me enseñó que el cine podía alterar una retórica de más de dos mil años. Desde mi perplejidad, no sospeché la potencia de su enunciación. Sí, que aludía a los secuaces del 'Instituto', defensores de un realismo ingenuo que han convertido en tradición. El conflicto, en principio meramente ideológico, se agravó y el Instituto acudió a la censura, después a la represión y finalmente al exterminio. De más está decir que me incorporé al grupo. El más antiguo de los nuestros se llamaba Murnau y otro más joven, del que me hice muy amigo, Orson Welles. Nada me impide referir sus nombres porque nada significan. Desde mi ingreso me llaman Resnais, Alain Resnais... Para no entrar en demasiados detalles comentaré lo esencial: eludiendo forzosamente siete generaciones de adelantos técnicos construimos un Níkel Odeón en el depósito de una casa que consistió en nuestro refugio y para contar con una pequeña filmoteca fuimos comisionados Welles y yo. Favorecidos por esa asiduidad, en una ocasión Naná nos presentó a Elsa Banister, una mujer de enigmática belleza y carácter sinuoso. Welles abordó un amor desmesurado por ella, pero sorprendidos por los secuaces del Instituto, ambos desaparecieron. Según una noticia, el cadáver de una mujer con las características de Elsa fue hallado en un parque de diversiones y dimos por sentada su muerte, aunque Naná creyó verla salir de una seccional. De Welles no supimos más nada; como no sabíamos si había hablado tuvimos que desmantelar el refugio y dispersarnos por un tiempo. Fueron días de desasosiego y temor, donde la vigilia usurpaba las formas abominables de las pesadillas y sólo la ficción parecía el soporte de la realidad. El estupor terrorífico de esa primavera se dilató hasta el hartazgo; en una que otra circunstancia misteriosa desaparecieron Fritz Lang, Robert Aldrich, Kurosawa y Boormann. Con Fellini y Bergman habíamos elaborado un plan para superar las funestas consecuencias, pero una tarde en que debíamos encontrarnos en un andén en la antigua estación central y llegué con atraso, los vi caer bajo las balas. Semanas más tarde custodié la anónima agonía de Eisenstein en una cama del Centenario... Me es imposible describir las imposibles peripecias de los restantes, la insinuación de una sombra o la indefinición de un sonido en la lentitud del silencio bastaban para proyectar una amenaza posible. En estados así la evolución del deterioro transforma las relaciones y menoscaba las certezas y una engañosa esperanza corroe la espera de los que esperan. Como las medidas de seguridad impedían nuestros encuentros, deambulé por la ciudad con una creciente opresión; toda la esfera subciudadana desfilaba ante mis ojos: los drogadictos aspirando el delirio en la plaza Santa Rosa, los trasnochados de siempre desdoblados por la alucinación de los cristales, las prostitutas y los travestis, trasuntando en la interpolación de reflejos el misterio de la imagen. Pese al temor de perderme en una búsqueda sin objeto persistí. Hacia el Saladillo, la ciudad desmiente su opulencia y todo parece permanecer en el pasado. En el Viejo Piave me senté a tomar un café y observar a las personas que salían de la última función del Diana; entre ellos creí ver el rostro imposible de mi amigo Welles. Superando una especie de paramnesia, repeché la caminata multitudinaria que conduce al frigorífico, tras la espalda incierta de mi amigo sin atreverme a gritar su nombre. Un callejón lateral me extravió y me topé con el rancherío de las adyacencias cuyo anacronismo define las leyes del barrio. Me sentí en el centro de la desorientación y decidí regresar. Después de algunas peripecias que ya no me interesa detallar, supe que estaba solo y debo esforzarme día tras día para ahuyentar la sensación de que todo lo que me ocurre desde la muerte de Juan, con la muerte siempre vigente de la muerte de Juan, es un mal sueño...".

Molinari quedó enredado en las distintas posibilidades del documento. La historia que acababa de leer parecía irreal y era la palabra de un muerto. La luz de la lámpara se confundía con los primeros resplandores del día cuando fue vencido por el sueño. Al atardecer, fotocopió el documento y se lo entregó al comisario Videla, quien después de una lectura superficial, le recomendó ignorarlo. "Es un caso de paranoia lamentable, que se incrementó con el crimen de Elsa Banister", agregó. Videla se extendió en una serie de consideraciones que Molinari ya no escuchaba; algo le reveló que el comisario aceptaba la veracidad del relato. Cuando retomó la voz de Videla, éste insistía para que se dejara persuadir por el olvido. Ese sábado a la noche, decidió ver La guerra ha terminado, porque ya la sacaban de cartel. Al salir, el enigma de algunas imágenes comenzó a inquietarlo y decidió retornar a pie. En el silencio de las calles desiertas un temblor foráneo lo invadió de repente. La perfección de la noche, la redonda pantalla de la luna y las imágenes que retornaban a su mente, no le impidieron sospechar que dos hombres lo seguían.

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