CONTRATAPA

Tembladerales

 Por Miriam Cairo

Hay gente a la que le ocurre todo el tiempo: tiembla cuando hace calor. Cuando no hay qué respirar o lo que se respira es un aire salado como las lágrimas que brotan y salpican las hojas de un libro. Entonces, temblando de calor se lleva el cigarrillo a los labios y espera que el hombre que está cerca se lo encienda. Agradece con un movimiento breve de cabeza que no es tal, porque en verdad tiembla. Luego vuelve a las páginas del libro y con un gesto rosado coloca la mano sobre la falda en forma de camelia.

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Hay gente a la que le pasa todo el tiempo: ante el color rojo, tiembla. Reserva su existencia como diástole y su inexistencia como sístole. Cae en los brazos del color como una flor vencida, como un mínimo ser que no olvida sus cataclismos. La verdad no es esta que digo, la verdad es el temblor y el cataclismo que finalmente queda en el cuerpo como algo razonable, cuando en verdad es una cosa enloquecida.

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Hay gente a la que le ocurre todo el tiempo. Tiembla en los autos ajenos. En el auto propio no tiembla porque ya no tiene auto propio. Hay gente a la que el auto ajeno la causa claustrofobia. Prefiere el transporte público que se detiene en todas las esquinas y se llena de rumores. Los autos ajenos le resultan pequeñas cárceles en las que luego hay que agradecer al carcelario que la deja en la propia casa, al tiempo que el carcelario estaciona el auto, baja a beber café, y la gente tiembla, tiembla, tiembla porque la última vez que tuvo un auto propio, el carcelero vivía en la propia casa y dormía en la propia cama, y miraba con esos ojos duros y la gente se sentía un espanto, entonces sobrevenían temblores de la más oscura especie, desde la médula espinal provenían, desde el fémur, desde el omóplato, desde la nuca. Temblores de esternón y de hígado. Y la gente que ha temblado desde el hígado no distingue bien un auto ajeno del auto propio. A la sazón, hace las cosas mal con sus temblores. Por eso anda en transporte público. Para no confundirse.

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Hay gente a la que le pasa todo el tiempo: tiembla a las once de la mañana cuando una mujer le guiña el ojo. Temblando pasa de largo, cruza la calle, agita sus cuidados como una negligencia, ignora el vello de su pubis, ignora el quejido que nace del esternón, pero la mente sigue con la mujer que le guiñó el ojo. Hay gente que espera a que venga la noche para que le borre de la memoria el temblor del ojo, pero cada frase que dice se prolonga como un río sin palabras que desemboca en medio de su pecho que lo mira fijamente.

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Hay gente a la que le pasa todo el tiempo: tiembla cuando mete la mano por debajo de la blusa y siente el corazón bordado de nervaduras. Entonces cierra postigos, cortinas, puertas, cierra boca, alma, piernas. Anuncia con un suspiro el movimiento eréctil de los músculos. El ojo espejado lame el tornasol de la penumbra que se mete en los repliegues de la noche, cuatro, piernas, calambres, poses, lluvias. Hay gente que desaparece durante semanas en los repliegues de la noche, poses, piernas, cuatro, lluvias, calambres, lengua.

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Hay gente a la que le pasa todo el tiempo: tiembla cuando lee a Bolaño. Gente enamorada de las palabras. Gente para quien las palabras han sido sus únicos amores. Si no fuera por esa horrible manía de existir entre una cosa y otra, hay gente que se hubiera pasado la vida en una habitación llena de ecos, sin más que hacer que escuchar palabras y adormecerse en los brazos de Bolaño.

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Hay gente a la que le pasa todo el tiempo: cuando le sonríen, tiembla. Lleva un vestido de lavandas y azucenas, debajo del vestido lleva elásticos de seda y lleva encajes, debajo de los elásticos, dos lavandas y una azucena. Hay gente a la que le pasa todo el tiempo: camina por la costanera y cuando le sonríen tiembla con el vestido de lavandas y azucenas, tiembla hasta las lavandas, hasta el encaje, y lleva a su azucena al cine, la sienta en la butaca, la hace participar en sus alegrías y le promete que luego la llevará a comer. Después del cine, hay gente que se va a comer con su azucena y hablan toda la noche, cada cual con sus labios, cada cual con su temblor de lavanda y seda.

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