CONTRATAPA

¡Que sea bueno el camino!

 Por Dahiana Belfiori

León camina agitado, aprieta los pasos uno junto a otro rozando la punta del zapato derecho recién lustrado, con la talonera del izquierdo, y ahora la del izquierdo con la del derecho, y ahora más rápido. Se va pisando por llegar y el brillo se ralla con el roce, se agrieta. Trastabilla, se yergue. Trota, corre. Hay un tren que atraviesa el pueblo. El pueblo se dirime en despedidas y bienvenidas. El pueblo al costado de las vías es eso: la constatación permanente de que el camino existe. A León no parece importarle el tumulto de valijas y lágrimas. Sólo ve con ese ojo que todo lo abarca la carta que hunde desesperado contra su estómago. Desespera por llegar a las manos del maquinista cómplice de su arrebato, promesa de un encuentro cinco pueblos más al sur. Llega, jadeante, le sonríe a su amigo y le dice: ﷓ ¡Que sea bueno el camino!

La sonrisa le dura mientras abre los ojos que entre lagañas vislumbran la mancha de humedad estampada en el techo de su pieza de siempre. León los cierra súbitamente para retener el recuerdo y la sonrisa. Reaparece el olor de vacas pastando al costado del camino rural, entrándole por los poros. La polvareda que levantaba al caminar, casi correr. Apretado el paso, como el corazón. Apretada sensación de ebriedad ansiosa. Apretado de entusiasmo por un camino que no iba a recorrer. No él. No su cuerpo. ¿Quién hubiera recibido esa carta cinco pueblos más al sur? ¿Quién le hubiera visto llegar con la alegría hundida en el estómago y los zapatos ajados? ¿Quién, en una carta? Camino hecho de letras, de cuerpo suyo en signos dibujados prolija y amorosamente con pluma estilográfica; vía de durmientes y serpientes; sendero de capas, superposiciones, transparencias. Un mapa imposible de raíces y nudos. Un tercer ojo en el estómago le desnuda el nudo de un sueño que no entiende. ¿Había el amor cinco pueblos más al sur? ¿En qué año de qué pueblo de qué tren de qué ramal de qué vida se había caído él dentro del sueño?

Escucha repentinamente la voz de un querido amigo, y no atina a desmenuzar su origen. No sabe, no quiere saber, si viene de adentro o de afuera. Su amigo suele decirle que en los sueños habitan todas las vías y las vidas. Las propias y las extrañas. Las vividas y las por venir. León sólo respira como puede mientras corre en la autopista entreverada de la suya. Tiene un espíritu romántico y por eso, tal vez, sueña con plumas y tintas antiguas. Y ardoroso sueña con cartas que no llegan a destino, aunque nunca sepa a quién se las escribe ni qué escribe. Aun así escribe apasionado. Elegíaca mirada, atormentado por los relatos que su presente no contiene, se arroja a la multitud onírica y orgiástica de vidas no vividas con la más genuina inocencia de asirlas de un solo trago y salir ileso del trance. León cree en ese camino.

Una carta se abre en una tarde de otoño. Cinco pueblos al sur de otro pueblo, hay un pueblo surcado por el ritmo de un tren sin fechas. Una niña calza zapatos de charol y ojos de tiempo. Una niña lee en una letra primorosa: Hay que habitarlos/ los espacios, con sus casas y cosas,/ los días/ los cuerpos/ los silencios,/ los deseos./ Habitarlos es vivirlos/ pero con sueños. Mientras regresa por el sendero que conduce hacia la casa, ahora sabe que hay que andar, siempre andar. Siente que el camino es bueno.

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Imagen: Crédito de la ilustración: Luis Acosta
 
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