CONTRATAPA

Una pelotita roja

 Por Ariel Zappa

No era una buena mañana. Le costó levantar la humanidad de su cuerpo de la cama. Al sentarse observó en detalle los pliegues de las sábanas y la frazada hecha un bollo. El atado de cigarrillo retorcido y el control remoto del televisor en el piso. Apuró unos mates y se decidió a no dejar que la mañana se alborotara para salir a caminar por la calle siguiente a la avenida Arijón, hacia el sur, por la preminencia de árboles que se suceden en ambas orillas tal si fuere un cortejo de bienvenida. La marca de un otoño sin tregua la había pintado respetando su imaginación. Iba con paso curvo pisoteando los montículos de hojas secas que se amontonaban de manera desairada. Algo parecido a la libertad, pensó.

Un coro de perros encerrados en los patios delanteros lo perseguía a medida que avanzaba. Los cusquitos estrechaban sus hocicos sobre el borde inferior del marco de los portones tratando de deslizarse por ahí. Trató de acercarse pero la aparición de una señora entrada en años con un mate en la mano y la cara ofuscada desbarató el intento. La escuchó cómo lo retaba para que se retirara y luego, ocupar el lugar que había dejado su perrito alargando el cuello para mirar hacia afuera. Sintió cómo la mirada de la mujer entrada en años le siguió los pasos hasta llegar a la primera esquina de la cuadra. Al atravesarla, giró su cabeza para espiarla, hecho que produjo que se metiera rápida hacia el interior de su casa. Desde allí, escuchó como echaba llave.

En la esquina decidió que iría sobre la orilla de la calle sin subir a la vereda para evitar, en la medida de lo posible, que cada perro con el que se encontrara lo toreara y desvirtuara el clima de la mañana que acababa de presentarse. Miró hacia el cielo y entrevió unos nubarrones que avanzaban desde el sudoeste ostentando tormenta. Esa vista lo desalentó. Reparó en un viento fresco que amenazaba con romper la calma. La danza de las hojas secas era imponente. Ya no se hallaban inertes dibujándole atrayentes senderos. En un aquelarre que iba en aumento desarmaban los dibujos que hasta hace poco le habían servido de guía. Fue en su garganta donde localizó los incipientes efectos del cambio de temperatura. Aun así, se juró no apurar el paso para volver a casa.

Aminoró el ritmo dejándose atrapar por el trino de los pájaros que se alternaban, haciendo de esa atmósfera una partitura desordenada y efímera. Se convenció de que la noche anterior había revisado sitios de internet donde afirmaban que no habría lluvia por lo menos hasta el domingo bien entrada la noche y repasó en su mente qué decía cada uno de ellos. No recordaba nada semejante y al fin, decidió reforzar su promesa de no dejar de caminar hasta el mediodía.

Al acercarse a la segunda esquina lo recibió un golpe en la mejilla izquierda de su cara. Pasaron unos instantes hasta entender qué le había sucedido. Volvió sobre sus pasos y escuchó un chistido que provenía de unas rejas despintadas. Sin dejar de refregarse la mejilla y aún ofuscado por la sorpresa, se acercó lento hasta esa casa sin cruzar la zanja que la separaba de la vereda. De allí, emergió la cabecita de un pibe. Calculó que podría llegar a tener cuatro años. Cinco a lo sumo. Se miraron y sin mediar palabras hubo de su lado un gesto que denotaba fastidio; y por parte del pibe, una mirada que suponía indulgencia. Luego fue su cara ladeada hacia la derecha la que confirió un reproche en menor intensidad que el anterior. Del otro lado de las rejas, el pibe levantó sus hombros ya no pidiendo disculpas sino dejando entrever que fue sin querer. Tras ello, la mirada del pibe se desvió de la suya y empezó a buscar algo, repasando toda la zona a su alrededor hasta detenerse en un punto. Fue que le brillaron los ojos y su cara apuró un gesto de favor. El siguió la mirada del pibe y fue a parar al lugar indicado: donde se hallaba la pelotita. Era pequeña, de goma, roja. Tres pasos le fueron suficientes para alcanzarla. Observó que estaba salpicada de agujeros que aparentaban haber sido mordida. Volvió su vista hacia el pibe y notó que su ansiedad iba en aumento. Caminó hacia la reja y se detuvo a un metro intuyendo que esa pelotita mordida era de un perro que no iba a tardar en torearlo; y decidido a no volver a pasar por el mismo momento, no dudó en tirarla por arriba de las rejas y pegar media vuelta.

No hizo dos pasos que sintió un golpe leve sobre su espalda. Al darse vuelta vio la pelotita roja perderse entre sus pies. Al levantarla se encontró con los ojos del nene en un instante eterno. Con un movimiento suave, la lanzó sobre la reja para que cayera sobre el patio. El chico deslizó una mueca de alegría que, para su gusto, no alcanzó a tener la contundencia suficiente. Aun así entrevió que, sobre la comisura de sus labios, se asomaba algo parecido a un atisbo de felicidad.

El primer trueno lo estremeció y al baile de las hojas en derredor suyo le siguió una cortina de tierra que provenía de la costa del arroyo. "Viento del este lluvia como peste", recordó. Mientras se refregaba los ojos, escuchó un nombre disparado al viento y el repiqueteo de piernitas que se atropellaban para entrar a la casa. Luego fue un golpe seco de una puerta que se cerró. Y la llegada de las primeras gotas. La lluvia de abril como refugio para todo vestigio de tristeza.

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