rosario

Miércoles, 4 de diciembre de 2013

CONTRATAPA

Mala sangre

 Por Juliana Mandolessi

"Prefiere mi túnica a la túnica de polvo/ bajo la cual yace el año último,/ pues más debes recelar del tiempo/ que de mis ojos." Ezra Pound

Decías "No te hagas mala sangre" y yo pensaba si mi sangre ya no estará mala porque es dura mi sangre, "sin corazón" decías. -﷓Corre espesa, dura --te aclaraba yo. Y vos me volvías a decir que carecía de lo que las personas hacen cuando algo les duele: llorar. Nunca pude llorar bien, amigo, en cambio sentía un pinchazo fuerte en la clavícula, como espina o clavo, cuando algo me hacía daño. Vos decías que no era normal eso de la clavícula y menos aquello de tragarme las lágrimas; que no se me escapen de los ojos y que nadie se apiade de todo eso y me ponga una mano en la cabeza para calmarme. Yo te decía que me dolía lo mismo la patada en la canilla y que más dolía cuando nadie venía a parar la invisible lágrima, pero que me lastimaba adentro, no afuera, que los ojos estaban bien. Vos repetías que no, que no me dolía, que no estaba bien, como una sentencia. Arrancabas el pelo; pateabas la canilla; doblabas los dedos como a una rama de sauce, siempre efectivo látigo. Adentro todo ahogado; sin embargo no podía percibirse el barco hundido, la carga despedazada. Mi sangre se ponía oscura y densa, pero sin notarse y las cosas que no se veían no podían llamarse con ningún nombre en aquel tiempo.

Un día me llevaste al final de la calle más larga del pueblo, fuimos en bicicleta. Sudabas enormes gotas y del peso de la frente haciéndose agua tu flequillo ya no se movía por el viento. Yo estaba seco (por fuera). Me dijiste otra vez "No te hagas mala sangre, esta señora te va a ayudar"; no sabía de qué señora hablabas, pero no pregunté. Llegamos a una casa a punto de desmoronarse:

-﷓Acá no vive nadie ﷓-dije

-﷓Sí, acá vive la señora.

-﷓Qué señora?

-﷓Teresa --respondiste (y golpeaste las manos) --Teresa! Teresa!

Se asomó desde atrás del revoque una sombra tímida. Le hablaste a la sombra:

﷓-El necesita llorar.

La mancha oscura se extendió por el suelo (porque una sombra nunca se pone de pie) y llegó hasta mis zapatillas y la sentí, de alguna manera que hasta entonces suponía imposible, elevarse y mirarme fijamente a los ojos con un lento movimiento oscilante de cobra o de brújula. No podía creer que fuera cierto era cierto? Primero me ofendí con vos, cuánto tiempo hacía que sabías de las sombras? Pinchó en la clavícula primero aquel miedo conocido, el normal miedo. Pinchó segundo saber que no era yo tu único amigo. Temí.

El tiempo me fue incluyendo en los ojos de la sombra (o de Teresa), ya no sabía bien qué parte de ella era una mujer; qué parte de ella era una mancha viva... No estabas, Aurelio, no estaba el desmorone de la casa, no estaba el día; me contenían las paredes de la sombra y formaban un círculo que me quitó algo. No sabía qué me había quitado pero sentí (cuando se es niño, recordarás que todo primero se siente) como si me hubiera arrancado un dedo, pero sin dolor. En mi fondo un nudo de tripas o de recuerdos se desataba para siempre (hacia afuera). La sombra concluyó, cerró los ojos y zigzagueó hasta detrás del revoque; era otra vez tímida y huidiza como a nuestra llegada. Sentí a mi cuerpo proporcionado de una liviandad que, hasta ahí, desconocía (todo era desconocido para entonces).

--Gracias --dije, sin pensarlo.

--Gracias --dijiste.

Llegué a mi casa (la que hoy sigue siendo) y lloré durante tres días. Mi madre, que Dios la guarde, no entendía qué ocurría, yo nunca conté la verdad, amigo. La clavícula dejó de pincharme, solo eran lágrimas, normales, nuevas lágrimas. Estabas contento, yo estaba triste pero aliviado. Cuando pude reponerme te pregunté cuánto era la paga, porque sabía bien que todo hechizo o brujería requería de una paga. Pero Teresa no era bruja sino una sombra, así que pensé --entre mí-- que no sería con dinero que saldaría aquel trabajo. Titubeaste un segundo por mi pregunta, estuviste una semana así Maldita manía de no insistirte, Aurelio, de no preguntarte fuerte y antes las cosas!

Un día, el miedo (que es la parálisis de la vida y el motor de la verdad, a veces) hizo que me dijeras -﷓a modo de confesión y de perdón-﷓ qué era lo que debía pagar: la sombra pedía a cambio veinte años. Veinte años! No habrá sido mucho, Aurelio? Era algo que consideraste justo en aquel momento en el que teníamos tanta vida para gastar; qué eran veinte años; qué era el tiempo entonces para nosotros, amigo? Comprendí tus buenas intenciones, no temí, teníamos once años. Pero ahora el tiempo se subió a los estantes y desde allí verdugo se abalanzó hacia nosotros, pasó muy rápida la vida; estoy por cumplir sesenta años y no ceso de ver a una temida sombra -﷓que oscila como cobra o como brújula-- extenderse desde la ventana hacia mi cuerpo, que amanece siempre en el mismo lugar como un mueble. Ya me separan de ella los escasos centímetros, Aurelio. Sudo; lloro; me hago mala sangre (hacia afuera), la clavícula pincha un desenlace, hermano. Y nadie viene a apoyar su mano en la frente para calmar a este viejo asustado, como prometiste un día.

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