CONTRATAPA

Interruptor

 Por Natalia Massei

Medianoche de un sábado caluroso. Solo, en el estacionamiento, encera su auto: un Peugeot 505 tuneado. Es un muchacho de contextura ancha. Viste siempre pantalones militares y remera deportiva. Llantas plateadas. Cositas adelante y atrás. Tuneado. No es la primera vez que lo encontramos un sábado a esta hora. La tapa del capot levantada. Música electrónica al palo. Caja de herramientas abierta sobre el piso. Aspiradora enchufada. Rum﷓Rum.

Desde abajo del Peugeot se asoma una perra de raza Bretón color negro. Corre hacia nosotros, ladrando y agitando las orejas. Admiro la capacidad de estos animales de correr y ladrar al mismo tiempo, sin que les falte el aliento. Un collar de lona rosa le rodea el pescuezo. El hombre se apresura detrás de ella pero no la alcanza. Grita mientras la persigue: "No muerde, no muerde!"

Cada diez minutos la luz del garage se apaga. El galpón queda a oscuras. Vuelan los murciélagos de un extremo a otro como pájaros enjaulados. Vuelos de cabotaje. Sin destino. Círculos en el aire. Remolinos.

"Cuántas veces tendrá que caminar desde su cochera hacia el interruptor?", te preguntás. Detener el movimiento circular de la mano. Soltar el trapo que refriega sobre la carrocería. Caminar a oscuras. Cerrar los ojos quizás, sabiendo que todos los autos están detenidos.

Movimiento circular. Un cielo de tinglado. Vuelos rasantes. Caminar con los ojos cerrados. Se parece a la libertad. Un galpón, un portón y un interruptor programado.

Nos da un poco de tristeza. Pensamos que hacemos un mejor uso del tiempo. Cruzamos en silencio la calle iluminada por el alumbrado público y los neones de la rotisería. Contra la vidriera, un exhibidor de comidas ostenta luces de neón color fucsia sobre las bandejas vacías. La luz rebota en el fondo de grasa que queda en las placas de acero y devuelve un arco iris sinuoso en plena noche.

Bordeamos el predio del viejo supermercado. Iban a convertirlo en un boliche vip. Ahora es una playa de estacionamiento. Entre los automóviles estacionados sobresalen palmeras y espejos.

El bar de al lado está por cerrar. En el salón todas las sillas fueron colocadas encima de las mesas. El mozo repasa el piso con perfumina mientras el encargado hace cuentas detrás de la barra. La fragancia a pino llega hasta la calle. En la vereda permanecen tres clientes instalados en mesas individuales. Dos ubicadas contra el muro del local y una sobre la línea al cordón. En el medio queda espacio para que pasemos. Conversan entre los tres, cada uno desde su lugar. Dos hombres y una mujer. La señora toma cerveza. La bebida se mantiene fresca dentro una frappera humedecida por pequeñas gotas heladas. Se derraman formando un charco que las servilletas de papel no contienen. En la misma hilera, un hombre mayor, de camisa blanca y cabello engominado. Del bolsillo le asoman lapiceras y cigarrillos. El tercero se me pierde. Puedo afirmar que estaba allí. Nos salpica al pasar un murmullo de tres voces.

Empiezo a manotear las llaves adentro del bolso mientras vos hacés ademán de buscar en el bolsillo del jean. Esperamos el ascensor bajo de la luz de los tubos fluorescentes. Los del espejo somos nosotros con las sombras que proyecta esa luz. Los números rojos, que indican el trayecto del ascensor sobre un tablero electrónico, caen predeciblemente hasta llegar al cero.

En qué oscuridad caminaré cuando no estés?

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