rosario

Jueves, 2 de enero de 2014

CONTRATAPA › EL BOTE, 38.

Cerca de la medianoche

 Por Beatriz Vignoli

Copio y pego:

Dogui Cachorro

18/04/2012 23:20

hello elle

Elena Ellena

18/04/2012 23:20

cómo estas?

Dogui Cachorro

18/04/2012 23:20

triste

buscando musica

Elena Ellena

18/04/2012 23:21

http://www.youtube.com/watch'v=DEaDj6TXiQQ

Ella Fitzgerald sings "Round Midnight" by Thelonious Monk.

Piano: Oscar Peterson. Bass: Ray Brown. Drums: Ed Thigpen

Dogui Cachorro

18/04/2012 23:23

I do pretty well till after sundown.

Suppertime I'm feelin' sad

But it really gets bad

"round midnight.

Pero no voy a hablar del Perro ni de sus extrañas manos. Ni de sus oquedades a las que amé. Ni voy a poner nombres hermosos al hontanar de su cintura, o a la hondonada entre sus omóplatos. Concavidades dorsales con las que lo engañaba, siéndole infiel a él con su mismísimo cuerpo, con lo extranjero de sí. Curvas de un paisaje por donde le anduve, o por donde anduvo mi mano desnuda a la que él vestía (en sus fantasías que yo apenas sospechaba) con el invisible títere de guante de su fantasma. Encarnado en mi mano, el fantasma devoraba su carne ofrecida: He ahí lo siniestro de una caricia. He ahí lo que se ve solo con el tacto, entre el vino violento del amor. Hay cosas que los nervios de mi mano saben y que no voy a decir. Guardo en la memoria de mi afecto el estremecimiento de su carne ofrecida al fantasma. Para ser devorado se ofrecía, como presa de alguna cacería sagrada. En mi mano, su goce aún tiembla.

Los médicos forenses no encontraron huellas de resistencia en su cuerpo.

Me detuve al final de la escalera. El gris de las paredes de la entrada del diario El Atopiano (un gris aluminio, de lava volcánica seca) me abrumaba como una nube de cenizas. Sentí una leve y pasajera náusea, como si aquel pegote negruzco que tanto costó sacar del piso de la redacción luego del asesinato del jefe de redacción Santiago Puente fuera algo que pudiera volver a brotar diez años después. Volví sobre mis pasos, subí hasta la cafetería del ciego y le pedí a Liliana un cortado mediano fuerte. El ciego me saludó. Siempre estaba ahí, detrás del mostrador lleno de bizcochos y galletitas, tras las dos mesas octogonales de vidrio con siemprevivas adentro, bajo la azulada luz diurna que la claraboya de cuatro pisos más arriba filtraba como la de una catedral.

Seguí hasta la redacción. Obvié el ascensor (tendía a evitarlo) y subí dos tramos de las escaleras de mármol que me parecieron un poco más gastadas en el medio. Había un silencio extraño. Me senté de nuevo ante mi máquina. Liliana me trajo mi café. Se lo pagué. Ella hizo un par de chistes como para aliviar la densidad que se sentía en el ambiente. Yo rompí el sobre de azúcar y contemplé, como si fueran cosas extraordinarias, el pocillo de loza, la espuma blanca, la cucharita de aluminio. Aspiré el aroma del café. Levanté la vista de la elipse de espuma y miré hacia un rincón del balcón, más allá de la ventana que se abría al fondo de la oficina de redacción. Era un lugar prácticamente inaccesible, lleno de palomas y trastos viejos, pero yo juraría que vi allí a un tipo muy parecido a Santiago Puente. Estaba de pie, fumando, pensativo, apoyado en el balcón como en la barandilla de un barco. Me miró. Sentí que me reconocía. Por un instante fue como si el tiempo no hubiera pasado. De nuevo estábamos a mediados de los años 90 y yo era joven y tímida. Pero ya no.

-Un pacto suicida- dictaminé.

Hablé à la cantonade, para quien quisiera oír.

-Ajá- comentó Claudio, desde la máquina de la sección Ciudad.

-El Perro se suicidó, pero no fue él. Yo estuve a cada paso en el lugar exacto. Yo estuve en la casa de donde sacaron el cuerpo. Vi quiénes lo sacaron: el hermano de Agustín y dos amigos suyos. Los vi entrar, armados de palas. Los vi ir hasta el fondo y desenterrar el cuerpo como si supieran que estaba ahí, como si alguien les hubiera ordenado ir a sacarlo. Y yo supe que era él. Yo estuve cuando se trajo esa corbata maldita. Yo lo vi salir con esa corbata puesta y lo vi volver sin ella, justo en la tarde en que Aguirrezabala apareció ahorcado en su celda. Yo lo escuché hablar muchas veces de las ganas que tenía su cliente de morirse; y después, cuando él mismo empezó a perder la forma humana, de las ganas que él tenía de matarse. Decía que a veces deseaba morir, pero como también quería vivir, las ganas de vivir siempre triunfaban. Fue cuando perdió las ganas de vivir que empezó a preocuparse. El Perro, vos sabés, era el abogado de mi hermano y de Aguirrezabala. Creo que con Aguirre hizo un pacto suicida. No sólo con Aguirre sino además con el hermano de Aguirre. Creo que el Perro ahorcó a Aguirre con la corbata lila y después se hizo matar por el hermano.

-La segunda muerte puede haber sido una venganza- sugirió Claudio.

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Imagen: Sebastián Granata
 
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