CONTRATAPA

He muerto

 Por Dahiana Belfiori

He muerto. En el pueblo andan diciendo que la seca será larga esta vez, que no va a aflojar, que no va alcanzar ni el agua traída del este para calmar la sed de los animales y que los aljibes pronto agotarán su frescura. No sé cómo fue mi muerte, o cómo es que pasé de la vida a la muerte, no tengo memoria del momento exacto en que dejé de respirar, ese instante o eternidad de transición. Hubiera preferido recordar algo, así el relato sería creíble y daría cuenta de lo que viví, o de lo que morí, o como sea. Como sea, he muerto. Y en el pueblo se festeja carnaval por adelantado. Todo sigue como siempre, las mismas justicias e injusticias. Los mismos chicos y chicas en la esquina del semáforo frente a la catedral pidiendo un par de migajas, los mismos señores y señoras elegantes entregándolas para limpiar lo que jamás estará limpio, para nadie. Los mismos negocios y negaciones de siempre. La vida sigue, como siempre.

No sé dónde estoy, ni qué hago. Tampoco me importa. De lo único que estoy seguro es de mi muerte. No la vi venir, tampoco fue un accidente, no hubo heridos que lamentar, ni siquiera yo fui herido. Parece que en el pueblo se derramó la misma cantidad de lágrimas que toda muerte exige. El luto demanda ciertos respetos y por suerte a nadie se le ocurrió todavía andar contando lágrimas. He muerto y poco importan los afectos. Aquí no hay nadie que me rasque ni hay consuelo para lo que no hice ni para lo que hice mal o más o menos. Aquí lo único que me persigue (como si diciendo aquí señalara un lugar posible) es un deseo. Uno solo. Aparece de golpe, arrollador, alardeando. Querer escribir se ha vuelto un sueño recurrente, una obsesión metafísica, una sed. Querer escribir como si escribiendo pudiera liberarme de esta voz que habla que no sé qué es, qué soy. -Qué soy?

Morir no es tan grave. En el pueblo están preparando el agua y el pasto para los animales. En cada casa se dejan zapatos cargados de pasto y agua en las ventanas de los dormitorios o en el porche de entrada. Pasto y agua para los burros (-o eran renos?) que traen a los tres reyes magos sobre sus lomos, eternamente. Pasto y agua para los burros que llegan tan eternamente cansados, tan eternamente hambrientos, tan eternamente sedientos. -Tanta sed para saciar y en plena seca! La seca, la sequía, la muerte. He muerto, y tal vez haya sido de sed. O tal vez la sed fue sólo una sensación que recorrió mi garganta unos minutos antes de que mi muerte se presentara anulando mi tiempo con su sentencia definitiva.

Es muy cierto eso de que la muerte no avisa y sin telegrama de despido condena a morir la muerte. Acá estoy con lo morido y sin juicio que inventar. Lo único que sigo recordando es la sed. Tanta sed, con tanta seca. Espero que llueva pronto en el pueblo así los pozos descansan su cantar sin fin, así hay alegría y hay fiesta y hay flores de estación en los canteros de la plaza, así la sed se apaga por un tiempo. Porque no es vida tanta sed. He muerto, y parece mentira, pero aún muerto tengo sed.

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Imagen: Luis Acosta.
 
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