CONTRATAPA

Cóctel de caracoles

 Por Gabi Gervasoni

Fumo desde que encontré un atado de cigarrillos en el deshabillé de mi mamá; y siempre a escondidas. A veces vuelve esa tos seca de las primeras veces como si fueran las últimas. Tengo que dejar de fumar, tenés que dejar el pucho, mamá; tenemos que dejar. Pero, ¿para qué?, ¿a esta altura? Sí, nunca es tarde cuando la dicha ¿la dicha?, ¿qué es la dicha? Es buena, ¿pero qué es?

La memoria construye y desarma a base de ficciones, recuerdos, deseos. Lo que odio del cigarrillo son las manchas amarillas que me deja en los dedos. El agua corre, la canilla está abierta y no siento culpa por gastarla tan inútilmente. ¿Qué dicha? La miro como miraba el agua helada que salía del pozo. Una siesta, el paraíso de la vereda entrando por la terraza, las baldosas opacas, la soledad de la palabra viudo agujereando una sombra en la pared. Si (como el griego afirma en el Cratilo) el nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de rosa está la rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo (1).

Toda el agua, hasta la última gota, en la palabra agua. Debajo de mis pies, de los suyos, estaba el mar, el río y las zanjas donde cada tanto mi mamá tiraba montones de colillas. Olvidé el sonido del bombeador arrancando la saliva de la tierra. Tengo que dejar de fumar. Antes tenía que dejar de hacer otras cosas. Siempre hay algo que abandonar, algo que nos sale tan bien y tan fácil que hay que dejar de hacerlo porque seguro hace mal. Mientras esa especie de rueda que tenía el bombeador giraba, el agua aparecía mezquina y amarronada. Qué hermosa, igualita a los papás, los mismos ojitos, la misma sonrisa, que cosita más linda, ¿qué vas a hacer cuándo seas grande? abogada, seguro, con ese pico que tiene, "nocierto", ¿corazón? ¿hoy no tenés ganas de hablar, muñequita? ¿Cómo era qué decía usté, hermosa? A ver, digamé el versito En el cielo las estrellas, en el campo ¿en el campo? En el campo las estrellas y en el centro de mi pecho, ¿en el centro de mi pecho? Toda la soledad, todo el negro, todo el vacío estaba en la palabra viudo. Encogido, con los dedos entrelazados y sobre la frente lo vi esperar el agua. Después apagaba el motor para ponerse en mínimo movimiento. ¿Qué es?, me va a gustar? Sí, cómo no te va a gustar, es un bife con un ajito picado nada más, probálo. La plancha de hierro libera perfumes que sólo algunos podemos sentir; una mano la saca del fuego pero no puedo ver de quién es.

¿Será la mano de ella? Memoria hija de puta, dejáme verla un minuto, borrá el biselado de la imagen, acercáme un poco más. No te pido su voz, sólo verla de cuerpo entero, erguida, sonriente. Y si era él que también sonría, que ella todavía esté a su lado. Total es cuestión de memoria. Ficciones, recuerdos, deseos; eso. Debe juntar las colillas en alguna latita con tapa y cuando tiene muchas recién las tira. Pudor, juego, perversión, quién sabe. Y te vas a casar, hermosura, algún día si dios quiere te vas a casar con un muchacho bueno, trabajador, honesto, como hizo la abuela, como mamá, como todas las chicas, viste, que se casan y son felices y comen perdices. La única vez que comí perdices las había limpiado y cocinado mi abuelo. Desparramadas sobre el patio, arriba de diarios viejos nos espantaron a mis primos y a mi. De los agujeritos que les habían dejado las balas había salido mucha sangre, toda. Después de transformarlas en piezas de carnicería, él prendió el bombeador y se lavó las manos sonriendo (ella estaba todavía, seguro). Todos los chicos comimos con desconfianza, creo que porque a esa altura no sabíamos bien por qué algunos animales se podían comer y otros no. Gatos no, perros no, caballos no. Pero: ¿conejos?, ¿patos?, ¿tortugas?

La vecina de al lado comía caracoles y ante mi cara de asco cuando la veía juntarlos, repetía que en los restoranes salían carísimos, que era comida para ricos. Nunca vi a un rico comer caracoles. Jamás vi a otro pobre comer caracoles; sólo ella los cocinaba para esos banquetes de mesa de nerolite que se regalaba. Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé! Son pocos; pero son... dos. No son pocos y si fueran pocos duran demasiado, una de dos. Sentado en el sillón de cintas anaranjadas se acomoda para mi recuerdo, para meterse en la memoria más como arquetipo que como el hombre sencillo y callado que fue siempre. ¿Y yo qué puedo hacer? Lo miro, solamente me animo a sostenerle la mirada un rato y después prefiero seguir jugando. No toqués que te podés cortar un dedo. No me voy a hacer nada porque no es el bombeador, es un timón y voy a cruzar el mar. Porque estaba segura de que lo iba a cruzar, yo sí. No podía ser tan difícil si estaba debajo de esas baldosas.

Un auto me salpica las sandalias y antes de insultar levanto la vista y veo que acompaña a un coche fúnebre. No me acuerdo bien cómo se hace pero le dedico una cruz desdibujada a una nena que me mira desde la ventanilla. Ojalá no sea ninguno de sus padres, pienso; ni sus abuelos, ni nadie que ella quiera. Tiene los ojos oscuros, de un color que parece negro pero no lo es. El cielo está pintado con el humo que guardo en mi latita de fumar. Alguien le dirá esa noche que hay una estrella más en el cielo y cosas por el estilo pero, por suerte, jugando con su muñeca ella no va a escuchar. Si uno está acompañado no enloquece (la nena no lo sabe, pero algún día se lo van a contar).

Mamá, ¿cómo se llamaba esa modista que vivía cerca de casa, la gritona, la que se me ponía a hablar en la vereda? Cuál, me pregunta, y no puedo creer que en vez de una fueran varias. Esa, mamá, la flaquita que vivía enfrente de la plaza. Se me mojaron los dedos de los pies y el dobladillo del pantalón, ¡mierda!.

Bajo la ventanilla y prendo un último cigarrillo que me dura casi hasta el final del viaje. ¿Qué le puedo dar por esto, señora?, cincuenta, sesenta pesos. Pero mire que funciona, está en muy buen estado. Setenta, doña, y si no tireló que va salir ganando plata.

1) El Golem, Jorge L. Borges.

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