CONTRATAPA › EL BOTE

Di tu palabra y hazte pedazos

 Por Beatriz Vignoli

A J. C.

--Me tenía harta --dice Romina Montesco (Romina Bianciotti) en el video que se ha vuelto viral. "Mi viejo me tenía harta. No lo aguantaba más. No soportaba que fuera tan fanfarrón y tan mediocre. O una cosa o la otra. No las dos a la vez. Era demasiado para mí. Nos cansamos con el Griego de cagarlo sin que se diera cuenta. Le vendimos este grabado robado a precio de óleo. No se dio cuenta. Fanfarroneaba, encima. No distinguía un calco de una matriz, una estampa de un dibujo. Las falsificaciones que le habremos encajado. Nunca se enteró. Las exhibía, el gil: el Jongkind falso, el Figari re trucho, comprados a otro milico, un coronel porteño, ese del apellido alemán raro. El arrabal de Berni que le pinté yo. El Gambartes que le hizo un compañero mío de la Facultad que precisaba guita. No tenía idea de nada, la bestia. Su única moral era no darme un peso. Para educarme, decía. Y bueno, por algún lado tenía que soltar la fortuna encanutada, el plazo fijo de los alquileres de las propiedades con las escrituras arrancadas a fuerza de ya sabemos qué métodos. El arte era su debilidad y por ahí mordía el anzuelo. Qué quién lo mató? Yo lo maté. Dejé escrita mi queja en ese recetario que sí, a vos te digo Ellena, vos que no tenés una vida y vivís las ajenas, ese recetario que era de tu hermano Silvio. Por eso murieron de la misma forma. Y vos sos otra como él, como ellos: vos y tu megalomanía, el ego de los Bianciotti y el ego de los Winograd, el ego y la mezquindad de todos ustedes, cortados todos con la misma tijera.

Harta, me tienen. Meses navegando, Elena, meses investigando y no entendiste nada, no viste lo evidente, lo fácil que es lograr que un tipo como tu hermano o como mi viejo se emborrache, se agarre un pedo tal que no salga nunca más de la bañera. Todos ustedes que se las saben todas nunca supieron quién sacó del Museo Municipal de Atopia Juana A. Garibaldi el grabado de Goya "Grande hazaña... con muertos!", de la serie Los desastres de la guerra. En diez años de investigación no se les prendió ni un filamento de la lamparita, no se les cayó una idea ni por casualidad --sigue diciendo Romina en el video. --No los aguanto más. No soporto que sean tan fanfarrones y tan mediocres. O una cosa o la otra. No las dos a la vez. Me tienen podrida. Me cansé, me fui. No estoy en Atopia y no pienso volver a formar parte de una sociedad donde nadie puede tener secretos. Así que ahora pienso decir todo, sacarme de adentro todo esto. Yo que lo odiaba pero también lo amaba, voy a decir que lo maté además para salvarlo; que aún sin proponérmelo soy parte de un Ejército empecinado en custodiar su pacto de silencio. Ellos, sus víctimas, nunca, nunca, habiendo esperado treinta años a decidirse, se hubieran decidido a ajusticiarlo en vísperas de una audiencia. Pero yo lo soñé, hablando ante una multitud; yo después de matarlo en mi desconsuelo por su muerte lo soñé, vestido con la corbata de seda que le había comprado mi madre para el juicio, y supe que mi sueño no se había cumplido gracias a mí, a las aguas asesinas que le di para salvarlo. La muerte se lo hubiera llevado de todos modos pero yo lo salvé de la verdad.

Ahora Romina, en el video, a punto de quebrarse (y el grabado que tiembla sostenido por sus dedos curtidos con las uñas pintadas de azul metalizado), recita:

--"A cinco brazas de profundidad yace tu padre,/ con sus huesos se forman corales,/ estas son perlas que fueron sus ojos..."

Y me distrae del video el ruidito del mensaje que me avisa de una llamada perdida del Perro, otra más, una llamada que proviene del mismo número de donde vienen todas las llamadas perdidas: el número del Perro, que también está muerto, que como la luz que brilla desde una estrella muerta me sigue llamando, pero ya no es más él: es su viuda, que no sé bien qué quiere, probablemente ella tampoco lo sepa, o sí. Y como el ruidito del teléfono me distrajo, no pude ver a Romina en el momento en que sonaba otro ruido más fuerte: el ruido del disparo de ella, que estalla en su video. Ahora la cámara montada sobre un trípode registra una mancha roja en la pared del fondo.

"Suicidio filmado de joven artista plástica se viraliza en Internet", dice el titular amarillista y yo ya no sé ni cuál es la noticia: el suicidio, que se filme, que se viralice.

Y sigue sonando el teléfono, y lo dejo que suene, mientras miro fijamente el nombre sobre el número y fantaseo con la ilusión de que el Perro sigue vivo y me llama.

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