CONTRATAPA

Mandarinas

 Por Víctor Maini

De tanto en tanto, mi estado de ánimo captura, desde cierto recoveco de mi alma, alguna canción y la deposita en mi boca. Allí la tarareo, la silbo, la disfruto con la dulce sensación de no haberla elegido, sino de haber sido elegido por ella. No me detengo en los baches de las estrofas olvidadas. La memoria es selectiva,los versos recordados son los que me identifican. Aquella madrugada me sentí acompañado por Mandarinas, canción de Víctor Heredia. Al subir al taxi, temí perderla en manos de un ritmo de cumbia, un programa de radio alarmista o cierto monólogo del conductor sobre la inseguridad y sus alrededores. Por suerte, mis prejuicios se equivocaron otra vez. Después de indicarle mi destino, el chofer me ofreció un caramelo junto con el diario local. Antes de recuperarme de la sorpresa, me preguntó si deseaba escuchar música a mi elección. Pensando en una negativa, le pedí el tema que sonaba en mi cabeza. En menos de un minuto, la voz del juglar de Paso del Rey llenaba el habitáculo del Corsa. Lo escuchamos en silencio y me volví a emocionar. A esa altura del viaje, sólo me interesaba el taxista y su comportamiento. Quise saber su origen, el porqué y desde cuando atendía de esa manera al pasajero. Me confesó que había vivido la mitad de su vida en Cafferata esquina Urquiza y la otra mitad, arriba de un tacho. Fanático de los colores negro y amarillo, pidió la camiseta de Peñarol para su cumpleaños número cinco. Se portaba bien en la escuela con el único fin de acompañar a su padre en el merceditos recorriendo la ciudad durante todo el sábado levantando pasajeros, para terminar el día mirando películas en el Heraldo. El viejo sostenía que el mejor cine se proyectaba en el parabrisas de su auto, un rodaje en continuado, gratis, sin cortes, con la ventaja de que algunos actores subían a dialogar con él. Por aquel entonces hacía la vez de ambulancia, transporte escolar, acompañante social de vecinos aislados en medio del barro, lo que se entendía como servicio público. A medida que el reloj acumulaba fichas, el relato del dueño del volante sumaba emotividad. No dudó en definir a su antecesor como un hombre que siempre caminó sobre la medianera entre la genialidad y la locura. Recordó cuando en medio de una torrencial tormenta de verano, al ver correr a la gente buscando refugio, pensó en voz alta "no huyen del agua, todavía los espanta el bombardeo de Plaza de Mayo". Me contó también, que cuando reconocía a clientes especiales, bajaba el parasol derecho, mostraba una foto de Evita como una contraseña, una bandera, un punto de encuentro y hablaban sobre resistencia, cuadros, caños y otras cuestiones por las que descubrió una parte oculta de su padre que guardaba sed de venganza. Al detenernos frente a un semáforo en el barrio de Fisherton, me señaló a un grupo de personas sentadas en un bar y me preguntó "¿Sabe qué número cargan esas personas en su alma?", sin esperar mi negativa se contestó, "el 115, aunque no hablen del tema, aunque quieran taparlo, aunque jueguen a que les pasó a otros, todos llevamos encima la sombra de los años negros, en los que fuimos contemporáneos de la maldad humana en su máxima expresión". Detuvo su monólogo junto con la marcha del motor frente a una vivienda situada en calle Cochet, de la localidad de Funes. Antes de descender le agradecí de corazón su historia, pero quise saber por qué me la había contado a mí, si en realidad no me conocía, ni había expresado ninguna idea como para que me reconociera. Antes de darme el vuelto, bajó el parasol del acompañante, me dejó ver una foto en donde estaban abrazados, Víctor, Estela y León, acomodó su cuerpo como para mirarme de frente y me habló como si nos conociéramos de toda la vida "El tema que me pediste es uno de mis preferidos, si no hubiera sido por tipos como estos, que fueron capaces de responder a tanto odio con amor, justicia y arte, quien te dice flaco..., probablemente nosotros llevaríamos olor a pólvora en las manos en lugar de este perfume como de mandarinas".

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