CONTRATAPA

Las obras

 Por Gabriela Gervasoni

Alguna vez su padre le contó que cuando era muy joven y se ganaba la vida como peón de albañil dormía en las obras porque nadie lo esperaba en la pensión. Mientras Mario hace círculos con el fratacho en el frente de la casa, Laura le pregunta si gusta uno, extendiéndole el mate de madera. El asiente mientras sigue mirando la pared que quiere terminar antes del mediodía. La mujer atraviesa el corredor, el living y llega nuevamente a la cocina. Es sábado y se levantó muy bien, con ganas de empezar a limpiar las habitaciones que están terminadas y ordenar los placares. Busca unas bolsas de plástico y va hacia su dormitorio.

Empieza a vaciar el primer cajón. Vuelve a pensar en su padre. Lo ve caminando con el bolso de lona, los ojos tristes y la dermatitis que el sol le empezaba a dibujar en el cuello. Tenía dieciocho años y estaba solo, tan solo que no quería volver a la pensión. Está segura de que cuidaba cada peso, comía poco y caminaba mucho. Se esfuerza por recordar lo que él contaba sobre esa época sin encontrar el límite entre la memoria y la invención. No le importa, sin saber por qué, esa mañana necesita tener presente a ese muchacho que no conoció y que aprendió de todo menos a olvidar.

Alguien la llama, es Mario.

--Voy para atrás a buscar una bolsa de arena, ¿me abre?

Laura camina detrás de él y cuando llegan a la puerta que da al jardín se adelanta para abrir. Su casa tiene el olor de las obras en construcción, esa mezcla de cemento y polvillo pero en esa parte del patio las rosas se hacen sentir. El muchacho levanta la bolsa de treinta kilos de arena sobre los hombros y camina sin dificultad. Ella le mira el cuello sonrojado como el de su padre. La dermatitis del albañil deja la piel rosada, como quemada. Mario lleva ese tatuaje escondido bajo su remera.

La mujer prepara otro mate y se lo lleva al chico hasta la calle.

--Mi papá trabajó de albañil hasta que se jubiló -﷓le dice.

--El mío también, él y mi abuelo, y mis tíos. Todos aprendimos de todos. Todos albañiles.

--¿Y te gusta?

--Seee... no sé -﷓piensa y después dice-﷓ Me gusta, sí, me gusta.

--Parece sacrificado pero debe ser lindo ver una casa terminada. Mi papá siempre me muestra los edificios, las casas donde trabajó. Y por ahí me dice por ejemplo: ese balcón lo hicimos sin tal cosa o tal otra, como una gracia -﷓Laura se ríe mientras cuenta--. No es gracioso, es mucha responsabilidad construir.

--A mí no se me cayó ningún balcón todavía.

--Ay, no digas "todavía", puede ser que no se te caiga nunca.

--Uno nunca sabe.

Vuelve al dormitorio y desde allí puede ver a Mario, que está del lado de afuera, revocando debajo de la ventana y cada tanto se para para buscar algo. Mientras Laura vacía un cajón repleto de medias viejas y las selecciona se escucha el sonido áspero de la cuchara cargando de cemento la pared. Son los sonidos de su padre, la música que escuchaba los fines de semana, único momento disponible para terminar de construir la casa propia.

Después de un rato sale con una bolsa negra, tiene ropa de ella, de su marido, algunas sábanas y toallas.

--Esto no lo usamos más, no sé si lo querés llevar. Es ropa nuestra.

--Bueno, déle, me lo llevo. A mi vieja algo le va a servir. Gracias, doña.

Laura sonríe al escuchar que Mario tiene madre. No está solo, va a volver a su casa y ahí estará su mamá con un plato de comida y algún ungüento para la nuca quemada. Mario abrirá la bolsa negra y la mujer extenderá una a una las prendas sobre la cama impecablemente tendida. Tiene el mismo talle que Laura, así que puede aprovechar todo, salvo el vestido floreado, que prefiere reservarlo para su hermana menor.

--Qué buena la señora, hijo. Y debe tener plata, mirá que lindo todo lo que tira; son cosas nuevitas.

Mientras lo ve alejarse con la mochila y la bolsa negra vuelve la imagen de su padre a los dieciocho años. Cierra los ojos y lo imagina caminando al lado de Mario. Tienen casi la misma edad aunque su papá parece más grande. Los conduce hasta la casa sin terminar adonde quisiera estar ella misma. Este mediodía ninguno de los dos va a comer solo y una mano tibia les va a apagar el ardor del cuello.

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