CONTRATAPA

El sereno

 Por Víctor Maini

Angelito Tacchini siempre fue distinto a todos nosotros. Aunque con raíces en Lombardía, su aspecto físico, cabellos rubios y ojos celestes, se confundía con los actores enlatados en Hollywood. Tampoco estaba lejos de los modelos con las que contaban las multinacionales para vender sus gaseosas, cigarrillos o golosinas, plasmados en revistas y afiches. Lo curioso era que el gringo, lejos de usufructuar estas ventajas comparativas, las aborrecía. Elegía en ocasiones quedarse en el aula para esquivar la persecución de algunas compañeras, quienes a puro grito lo corrían con excusas de "hacerle la popa" o encarcelarlo detrás de barrotes invisibles como un ladrón atrapado por la policía. Nuestra envidia fue creciendo hasta llegar a la difamación. Rumoreamos que no le gustaban las mujeres, hasta que una noche él mismo se encargó de desmentirlo, durante un asalto en la casa del Turco, al declarar su amor por Milagros, una morocha tímida que parecía hacer todo lo posible para pasar desapercibida. Confesó estar enamorado de su silencio de noche, su risa de luna y su mirar de lago. Buen alumno, mejor compañero, lo echamos de menos la semana que estuvo internado con cortes en su cuero cabelludo al intentar raparse y serias lesiones en la vista, tras un intento de pintar sus ojos de negro con gotas de tinta china. En las semanas previas a las fiestas patrias se lo veía eufórico. Rechazaba papeles principales en los actos alusivos, no cambiaba por nada del mundo la representación del sereno. Pintaba su rostro y manos con corcho quemado y cruzaba el escenario en diagonal gritando, "¡Las doce han dado y sereno!/ y la noche está tranquila/ camino con mi farol/ por la ciudad dormida". Su participación generaba un hondo silencio que precedía al aplauso cerrado, la voz profunda de su pregón parecía venir desde otro tiempo. En la secundaria se animó a teñirse de negro intenso y nos acostumbramos a verlo con lentes oscuros. Se inclinó por estudiar Historia y sus clases especiales eran realmente entretenidas. Reconozco haber aprendido por su intermedio que palabras como tango, merengue, quilombo, tambor, entre otras, eran de origen africano. "Ningún tipo de raza humana desaparece del todo, la cultura siempre se venga de tan burdo intento", pregonaba por aquel entonces. Me enseñó también, que cada vez que decimos "pieza", estamos nombrando a un esclavo. Todavía conservo fotocopias de algunas monografías sobre la matanza de negros en las luchas intestinas de nuestro país. No sólo parecía representar a cada uno de los hombres y mujeres que habían sido cazados como animales en su tierra, sino que en ocasiones, se sentía culpable y su emoción le impedía terminar la exposición. Gordo, canoso y con lentes de contacto oscuros, sólo lo reconocí por su voz. Atiende un kiosco de diarios en la zona norte. Lo noté feliz, pleno, contento con su trabajo. Me contó que se había eyectado de su escritorio bancario después de veinte años para poder cumplir su sueño de sereno. Antes de que mi sorpresa se convirtiera en pregunta, se adelantó en explicarme que las verdaderas necesidades del hombre nunca mueren, sólo mutan. Me dijo que hace tiempo que no vendía información, que la gente cuenta con otros medios en la actualidad para hacerlo, que en realidad lo que ofrece es un ruido, que las palabras escritas en un papel cuando chocan contra el piso en el medio del silencio de la madrugada no son más que el grito del sereno en la época de la colonia. Con el mismo poder de convencimiento de siempre, agregó que sus clientes lo esperan en estado semiinconsciente, que cada uno de ellos si bien cuenta con un reloj interno y un despertador en la mesita de luz, necesita ese ruido rutinario desde afuera que le diga que está todo bien, que hay vida, que hay otro día, otra posibilidad, que existe una rutina necesaria que lo está esperando, que no figura en los avisos fúnebres todavía, que tal vez hoy encuentre lo que toda la vida buscó sin saberlo. Es un ruido único como la voz del sereno, quien lo escucha sabe que del otro lado hay una mano amiga. En ese preciso momento el sujeto valora todo lo que tiene, tocando a su pareja, a su hijo, a su perro, o tal vez a húmedos trozos de sueños enredados en sus sábanas. Lo miré sintiéndolo distinto a mí, como siempre. Me volví a sentir, por un momento, una planta crecida en un invernadero del sentido común y la conveniencia. A modo de despedida le hice la última pregunta. "Está bien Tacchini, te entiendo, pero a vos ¿quién diablos te despierta?" Como si tuviera la respuesta preparada me contestó al instante. "Los sueños no dan sueño, flaco, más bien desvelan. Siempre fui un desvelado por una obsesión, un deseo, una necesidad, el mismo sueño eterno de ser negro".

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