CONTRATAPA

El murmullo de las fotos

 Por Javier Núñez

Desde hace un puñado de días, sin ningún motivo en particular, tengo una serie de fotografías viejas, reconstruidas y pegadas con cinta scotch, pinchadas en el tablero de corcho que está sobre mi escritorio. Las encontré una tarde mientras esperaba a los chicos en la puerta de su casa. Ellos se demoraban y yo hacía tiempo en la vereda cuando me llamaron la atención, junto al contenedor de basura, algunos pedacitos de lo que parecían ser fotos desperdigados por el suelo. Levanté diez o doce fragmentos y, con una curiosidad tan absurda como arraigada, los esparcí sobre el capó del auto para tratar de recomponer la imagen devastada como si se tratara de un rompecabezas.

Dos fotos incompletas tomaron forma sobre el capó. Se trataba de fotografías familiares antiguas, quizá del primer tercio del siglo XX, en sepia. En una de ellas se veía una familia posando en el patio o el frente de una casa, con dos macetones en forma de copa en los que estallaban las azucenas de porcelana. El padre y la madre en el centro, la prole numerosa organizada alrededor -﷓los varones con rigurosa corbata y las mujeres con vestidos con volados, los más chicos inmovilizados en las faldas de los padres o los hermanos mayores-﷓, todos mirando a cámara con la circunspección propia de la época. La otra databa del mismo período, supongo, pero en ella se veía a un hombre en traje de baño y camisa, sin rostro --los fragmentos de la cabeza no habían aparecido en el suelo--, al borde de un arroyo o un río de poco caudal.

Sabiendo que nunca habría de saber mucho más, que esas caras ajenas y desconocidas nunca dejarían de serlo, levanté la tapa del contenedor y junté el resto de los fragmentos de fotos antiguas que estaban esparcidas en lo más alto de una montaña de bolsas de basura y papeles sueltos. Así como nunca puedo dejar de leer la hoja arrancada de un libro, o un pedazo de papel en el que se adivinan algunas palabras desgastadas que alguien garabateó en tinta azul o negra y que la lluvia ha ido lavando, tampoco puedo dejar de mirar los retazos de fotos ajenas que me trae el viento o que aparecen al pie de un basurero. Las caras sueltas y las palabras perdidas me pueden. Hay, supongo, una mínima historia oculta detrás de todas las cosas, y siempre me gusta tratar de intuirla, o de inventarla, cuando se trata de alguna de estas dos.

Esa noche esparcí los pedazos sueltos sobre mi escritorio y me serví una copa de tinto, como dispuesto a escuchar una historia susurrada en la recomposición paulatina de esas imágenes viejas. La reunión de fragmentos dispersos y entremezclados de distintas fotos arrojaba imágenes imposibles que tenía que descartar, mínimos guernicas transitorios que desaparecían para darle paso a nuevas combinaciones. Finalmente armé tres fotos completas y otras dos mutiladas como un vitral apedreado. Sobraron cuatro o cinco fragmentos huérfanos que no pertenecían a ninguna de las imágenes anteriores ni constituían, en su unión, ninguna otra posible.

Además de las dos que había conseguido armar en el capó del auto --la familia posando en el frente o en el patio de una casa con azucenas de porcelana y el hombre sin cabeza en traje de baño--, logré la foto de lo que parecía la comunión de una niña ataviada de riguroso blanco; una foto de la misma familia pero reducida, antes del nacimiento de los tres más chicos, en la que el padre vestía un uniforme militar y un sable antiguo --como en esos montajes que a veces se arman en ciudades turísticas para las familias modernas--; y un plano medio corto de la madre en leve contrapicado. Después las pegué con cinta y las colgué del tablero de corcho que está sobre mi mesa de trabajo, entre citas escogidas, listas de lecturas por venir y la mirada feroz que baja de esas otras fotos que conforman mi secreto panteón personal.

Todavía están ahí, al acecho.

A veces, en los intervalos de otra cosa, trato de ponerles nombres y pasados y características a cada uno, como si en lugar de personas reales atrapadas para siempre en la inmortalidad de la foto se tratara de personajes de mi imaginación. Pero por algún motivo nunca consigo darles forma: se esfuman, se rebelan. Hay algo tan auténtico en esas caras y esos cuerpos que la invención se ve limitada, algo que siempre los mantiene en tensión con las características ajenas o forzadas que yo pretendo imponerles. "Fotografiar personas es violarlas", escribió Susan Sontag en su ensayo Sobre la fotografía, "pues se las ve como jamás se ven a sí mismas, se las conoce como nunca pueden conocerse; transforma a las personas en objetos que pueden ser poseídos simbólicamente. Así como la cámara es una sublimación del arma, fotografiar a alguien es cometer un asesinato sublimado, un asesinato blando, digno de una época triste, atemorizada". Pretender apropiarme no sólo de esas imágenes sino también de las historias, los deseos y el devenir de esas vidas constituye una doble violación. No puedo imponerles una historia: tengo que aprender a escucharla. Supongo que por eso la idea nunca prosperó y siguen siendo eso: un puñado de caras familiares que no dejan de ser personas desconocidas, con vidas propias e historias inaprensibles de las que apenas me llega, de a ratos, un murmullo escurridizo.

Me pregunto quiénes serán aquellos fantasmas de los que alguien se deshizo en la puerta de mi antigua casa. Me pregunto, también, por qué se habrá tomado el trabajo de romper las fotos en tantos pedazos. Uno bien puede, en algún momento de limpieza integral, en una mudanza o en la expurgación inevitable que sobreviene a ciertos duelos, deshacerse de antiguas fotos que ya no se quiere volver a ver o que no guardan significado; desprenderse de ellas sin detenerse siquiera a pensarlo. Sin que importe que alguna vez hayan configurado una crónica﷓retrato de familia, un estuche de imágenes portátiles que rinde testimonio de la firmeza de sus lazos, a decir de Susan Sontag. O precisamente por eso: porque se reniega de ese lazo, porque los cambios operados en una estructura familiar requieren, a su vez, su paralelismo en el testimonio visual. Y entonces hay que esconder portarretratos, condenarlos al último de los cajones, o detrás de una puerta que pocas veces habrá de abrirse. O a la tijera que destierra sólo a uno, que trata en vano de alterar el registro inalterable. Pero la rasgadura escrupulosa, el minucioso ensañamiento, me hace pensar en una afrenta tardía o en un rencor laborioso operando en esos dedos anónimos que llevaron a cabo la tarea de destrucción.

"Una fotografía es un fragmento: un vislumbre. Acopiamos vislumbres, fragmentos. Todos almacenamos mentalmente cientos de imágenes fotográficas, dispuestas para la recuperación instantánea. Todas las fotografías aspiran a la condición de ser memorables; es decir, inolvidables".

A pesar de la furia de unos dedos anónimos, de algún modo creo que éstas lo consiguieron. Ahí siguen, todavía vivas, todavía inmortales, pinchadas en un tablero de corcho y susurrando una historia.

Quizás, algún día, sea capaz de atraparla.

Y quizás, quién sabe, sea una historia que se pueda contar.

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