CONTRATAPA

La California

 Por Mariano R. Molina

Aquel sol del pasado enero, fue, de entre tantos hechos, el mudo testigo de la desaparición de José Aniceto Juárez. No aflojaba el calor y recién estaba clareando, al sur algunas nubes negras giraban buscando la lluvia de la tarde. El yuyal tupido lo obligó a rodear hasta el canal, y a la altura del montecito, por donde lo perdimos de vista, habrá distinguido entre los eucaliptos la entrada vieja en la infinitud de los lotes bajos, allí por donde siempre se puede escuchar silbar al viento. Rengueando llevaba junto a su tozudez, cada una de las herramientas en la caja de madera y el rollo de alambre suspendido en el hombro izquierdo. Al anochecer se pensó que la lluvia lo había demorado, por la mañana, tardíamente, decidimos salir a buscarlo.

De Juárez, que era metódico y rítmico, se podía calcular el paso del tiempo según iba trabajando. En hora y media habrá cambiado la primera hilada del alambrado, la segunda, armada pero floja, mostraba marcas de tensado en la torniqueta nueva. Las herramientas le habían quedado desparramadas por el piso según las fue necesitando, menos la california que no encontramos. Del poste esquinero colgaba el rollo de alambre, por debajo, la caja de madera como caída de canto sostenía la botella de agua, vacía. Por todo alrededor las huellas en el barro se correspondían a nuestras pisadas. Los perros soltados a la altura del montecito repetían el mismo camino hacia el primer poste, allí había quedado anudado el pañuelo según era costumbre de Juárez al iniciar la fajina y los pedacitos simétricos de alambre que cortaba de gusto.

Con las semanas entendimos o pudimos entender la ausencia de Juárez, se había ido, así como según dicen había llegado al pueblo, imprevistamente en una lejana tarde de trigo nuevo. Lo mismo iba opinando el comisario, que ocupado en sus asuntos, suspendió el rastreo. Para el invierno, la desaparición, era una anécdota más.

Durante la primavera regresamos a la vieja entrada. Todo parecía estar igual, o estaba igual (hasta la botella de vidrio conservaba cierta inclinación). Descolgamos el rollo, tensamos con dificultad la segunda hilada, la llave tendía a zafarse de la torniqueta. Erráticamente dimos algunas vueltas hasta el montecito, los perros ya no regresaban al primer poste. En esos días una mujer se presento como la hija de Juárez reclamando no saber de su padre desde hacía cuatro años, aunque la mensualidad le seguía llegando puntual. El patrón ordenó que se revisara nuevamente, se me quedan un año y hasta busquen desenterrar los eucaliptus si es necesario, gritó. Allá fuimos, incrédulos, a buscar en la nada una ausencia. Desde la tranquera, en círculos, cubrimos unas dos leguas de pasturas, revisamos las aguadas, el molino y juntamos los elementos que quedaban, al levantar la caja de madera alguien vio una muesca en el poste esquinero a la altura de un metro veinte; el parecido con la nariz del cuñado del patrón alivio nuestro fastidio.

En la tardecita de año nuevo las empanadas escaseaban entre las rondas de caña. El acordeón se desinflaba. La taba iba y venía hasta que salió pegando duro contra las maderas apoyadas en el galpón; la pelea no esperó a la burla y en semejante entrevero, como en un sueño, quedamos perdidos hasta el rocío de la madrugada. Con los mates se hablo de pocas cosas muchas veces, como queriendo trenzar el recuerdo, entre ellas, también, de otra discusión que le costara la vida a un antiguo capataz; un joven y lisiado peón no acepto cambiar su modo de trabajo que era también su idea del mundo. Lentamente esas palabras nos llevarían a encontrar, a horas del aniversario, la llave de alambrar diez metros al noroeste del poste esquinero, bien tapada por los cardos, contra el borde sobre elevado del canal. A su lado el cuchillo, todavía firme, cruzaba un cuero apergaminado de yarará.

Hemos girado un año desde de aquel mudo sol de enero hasta el desairado vuelo de la taba, que en su simplicidad, nos dibujara el zafe de la california de entre las obstinadas manos de Juárez, hacia la muesca en la madera y al rebote azaroso, creándonos una entrada (todavía difusa) para el pozo insondable de los hechos velados.

Cada tanto algunos pedacitos de alambre siguen apareciendo curso arriba a lo largo del canal, y eso es todo lo que nos queda de las posibles suertes de José Aniceto Juárez.

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