CONTRATAPA

Dame una bolsita

 Por Beatriz G. Suárez *

Todo cubierto de nylon, el horizonte, el sol, los hospitales. En cada negocio dan bolsita, sorpresitas, Coto, Sumo, Lader, Carrefour, Disco; cada objeto va ahogándose en celofán hasta llegar al uso.

Antes no había, era raro que se las utilizara. Los comercios envolvían, era un arte distinguir al cliente con papel fantasía y dos solapas hacia abajo hasta palpar la dignidad de quien salía por algo y traía ese algo diáfano bajo el brazo, mezclado con papel, como si no existiera.

Vuelan por Uriburu o Rueda, se atascan en los árboles, se enredan entre consumidores en una guerra con el ambiente o la modernidad; lánguidas e impalpables llenas tachos o se elevan en manojo, inundan conversaciones, son la furia del viento y los empaques diversos de todos los lugares y los años.

Las pisan autos, las sostienen los viejos, las portan los pescadores con lombrices. Están, permanecen, las bolsitas corren desde los frigoríficos hasta la aceptación, invaden y se enredan como nunca lo ha hecho material alguno; juntando moscas, sacudidas, pisoteadas, aplastadas por autos e ideologías; víctimas del sol y la basura, van cargadas de caca educada o crema de limpieza o cosecha paupérrima de un último arroz que nadie quiso.

Bailan, flotan en los cajones, sobresalen, alguien intenta hacerlas nada, empujarlas hasta anularles el cuerpo, convertirlas en espuma de mar. Adentro de canastos y como Madruskas adentro de sí mismas, las más chica en las mas grande. Y así hasta el millón y medio, hasta que un día tiramos, las tiramos por el mundo.

Excursión de bolsitas, plásticos que en su arrogancia aérea ensortijan el día con simpleza urbana y olvidos. Bolsas gruesas, finas, camiseta, de consorcio, transparentes, blancas, con olor, apiladas, que brillan, que se desfondan por un Latitud 33 que entonces no llegó a la mesa, que llevan una tirita de Aspirinetas y pendulan livianitas de la mano en un vaivén de calle Corrientes o 27 de Febrero.

Bolsas, bolsitas, sin bolsita, dame una mas chiquita, ¿no tenés una mas grande?, poneme dos, dame una así tengo para los pulóveres cuando se enciende octubre, cubrite la cabeza con una. Abandonarla solitaria al cruzar la ruta con cáscaras de una manzana compartida.

Vamos a terminar con ellas o nos van a tapar, hay tantas que podríamos guardar todo el oxígeno de la tierra, o resbalar y desplomarnos como pájaros por todas partes.

Saturadas, hinchadas, toman la forma de lo que llevan, tienen el cuerpo de otro, se urden estratagemas para hacerlas durar, para evitar el nicho de Cliva o de Serveco.

Siento que acompañan nuestras vidas de la noche a la mañana, lo primero que hacemos está con ellas, el momento de la galletita, y la última contiene restos de vacíos inútiles.

Tienen música y límites, se estiran, van de a dos con los pesados.

Ordinarias, finas, conocen la mano humana mas que los médicos, saben de falanges y uñas, suelen calentar dedos hasta el extrañamiento. O quizás acariciarlos deslizándose afuera donde finalmente viven después de una pequeña temporada en cada casa.

Las bolsitas, testigos del drama y la familia, han visto el resultado de casi todo, los regalos, los resfríos, el amor, la fiesta, la locura.

Como lunas fantasma que permitieran transportar entera la ciudad.

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