CONTRATAPA

Lo que un verano

 Por Federico Fontana y Sol Barrionuevo

Acabamos de llegar. Nos dieron las llaves y estamos las cuatro frente a la casa. Ninguna se baja del auto. Nos quedamos mirando un rato el frente, el pasillo que lleva al patio, las ventanas abiertas y las cortinas blancas, tal cual se veían en las fotos por internet. Mariana dice algo de los bolsos pero no la escucho del todo. El ladrido del perro me distrae.

Adentro la casa es un tanto apretada. Tiene un living estrecho con dos sillones y un televisor y una mesa frente al hogar, dos o tres cuadros particularmente raros y un centro de mesa con flores artificiales. Después la cocina, con una mesada cómoda y un mueble aparador para guardar algunas cosas. Tiene una ventana pequeña desde donde se ve casi todo el patio. Al correr las cortinas me quedo mirando el parrillero, la soga para colgar la ropa atada de árbol a árbol.

Mariana entra y la escucho decir algo del perro, que por favor lo haga callar. La miro a Lisa y le pido que se ocupe de él.

--Hacé algo, insisto

Ella rezonga pero entiende y lo alza. No sé qué tiene ese perro, pero a mí también me está empezando a molestar.

Bajamos los bolsos y acomodamos las cosas. Cuando terminamos ambas nos miramos, Mariana y yo, y sonreímos, casi inocentes, casi absueltas. Lisa y Ana abren sus bolsos y desparraman varios juguetes que eligieron traer.

Después de comer nos tiramos a descansar un rato, viajar tantas horas en auto siempre nos despabila y luego caemos todas rendidas. Arriba hay dos habitaciones con un techo de madera inclinado, la misma construcción que casi todas las casas de este barrio tienen, con techo a dos aguas, lo que hace que me tenga que agachar un poco. Lisa dice que no quiere dormir, que quiere quedarse con su perro en el patio. La miro a Mariana y ella asiente, como decidiendo por mí. Y Ana qué va a hacer, le pregunto. Lisa alza los hombros y se aleja de mi vista, rumbo al patio.

-Dónde está Ana, le pregunto a su mamá

-Se fue a caminar un rato, dice Mariana. Después de comer siempre sale a caminar un rato.

La miro e intento decirle que no, que no está bien. Ana tiene 9 años, es muy chica para andar sola por la calle y más en un lugar desconocido. Es un pueblo, en realidad estamos en un pueblo, con calles de tierra y mucho silencio, se escuchan más aves que autos o personas. Sí, eso me parece más siniestro, vuelvo a pensarlo, no está bien que Ana camine sola. Mariana dice que sabe cuidarse y que no corre ningún peligro.

Apoyo la cabeza en la almohada e inmediatamente me vienen imágenes de la ruta, de los 800 kilómetros que anduvimos la noche entera para llegar temprano al mar. De a poco todo se vuelve lejano, los recuerdos se hacen pesados y me quedo dormida. Pasan algunas horas. Cuando despierto la luz que me llega por el ventanal de la habitación es tenue. Siento como si el día ya fuera a caer. Dormí mucho, pienso. Escucho al perro ladrar. Me levanto y camino por una especie de buhardilla que hay entre las dos habitaciones. Está vacía. Es un espacio muerto que podría usarse como sala de estudio u oficina, pero está vacío. Entro al baño, me lavo la cara y no encuentro toalla. Pienso en Lisa y en que seguramente ella la sacó de su lugar. Salgo y antes de entrar a la habitación la veo a Ana sentada en un rincón, con la cara sin gestos descifrables. Me sorprendo, parece estar asustada pero no lo sé realmente.

--Hola Ana, le digo, viste la toalla de manos que dejamos en el baño

Ella no contesta. Mira el suelo y al levantar la mirada me sonríe.

--Estás bien, le pregunto.

--Sí, responde, y desvía ahora sus ojos hacia la ventana.

Voy a buscar una toalla a la habitación, me seco la cara y salgo. Bajo las escaleras y antes de llegar la escucho hablar a Ana. Retrocedo varios escalones y quedo con la mitad del cuerpo por sobre el piso. Ella sigue sentada con la espalda apoyada contra la pared.

--Dijiste algo, le pregunto.

Le toma unos diez segundos levantar la cabeza, mirarme -no sé qué le pasa a Ana, pienso, estoy expectante y ansiosa- y cuando lo hace me sonríe de nuevo, esta vez mostrando los dientes, como si fuera un animal a punto de atacarme. Yo seguía allí, a medias entre subir o bajar, entre convertirme en su cómplice o zafar del asunto. Y entonces algo en el profundo y oscuro reposar de Ana me hizo subir, sujetarla de los hombros casi zamarreándola y preguntarle, qué te pasa nena.

--El perro, me dice, el perro.

--Qué, qué pasa con el perro.

Y levanta la mano derecha, pasándose el dedo índice por sobre el cuello, de izquierda a derecha. Al hacerlo su boca profiere un ruido extraño, como suena un plástico al cortarlo con un cuchillo. En eso Mariana sale de su habitación, también entre dormida. Me quedo mirándola y le hago una seña con la vista, marcándole la presencia de Ana.

--Hola hija, dice ella, y se va para el baño, sin sospechar de la escena que en mí se volvía insoportable.

--Calmémonos Ana, le digo, al tiempo que escucho un grito que viene de afuera. Es la voz de Lisa, no puedo escuchar qué dice pero lo vuelve a hacer otra vez. Mariana sale del baño agitada y baja las escaleras tan rápido como puede. Ana está inmutable y a mí se me empieza a secar la boca. Oigo la puerta de calle que se abre y luego un portazo.

--Ana, por favor, decime qué pasa.

Se muerde los labios como si sus propios dientes no la dejaran hablar. Por fin me dice:

--Acompañame al patio y bajá despacio las escaleras. Vamos juntas, atravesamos la cocina en un movimiento que me pareció eterno y convaleciente. Mi boca estaba seca. Pasé por al lado de una botella de agua pero no atiné a tomarla, no podía ocuparme de ello, no ahora. Ana pasa por delante de los arbustos que están al fondo de la casa, camina despacio, sin apuro. Mariana me llama, puedo escuchar mi nombre en la voz de Mariana. Me detengo, la miro a Ana y resuena el eco del otro lado. Es un instante, me inhibo en la acción y no puedo caminar. Ana sonríe y se toma de una rama del árbol. Se columpia y la señala a Lisa que está desenterrando algo de un pozo, con sus manitos pequeñas y frágiles.

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