CONTRATAPA

Mandarinas

 Por Jorge Isaías

No sé si eran las tardes de junio las que nos daban ese notorio placer por comer esas mandarinas arrancadas de la planta y pararnos sobre el lado de la casa donde daba el sol muy débil (el sol que cae débil como en junio dirá Juan Gelman para siempre). Lo cierto es que ese olor era seductor pero de algún modo delator al olfato fino de las madres cuando antes de almorzar nos descubrían. Y eran tan ricas, peladas y comidas así, en leve trasgresión, que no detenía el ciclo de las estaciones, pero se instalaba fuertemente en el recuerdo. Como podemos percibirlo hoy sin ningún esfuerzo.

Esas mandarinas eran de alguna forma industria de mis manos podría decir, porque el mandarino lo había plantado mi padre con mi ayuda y el mandato de regarlo hasta que fuera adulto y ofreciera generoso al paladar esa pulpa agridulce hasta el placer.

Las mandarinas que venden en las verdulerías nada tienen que ver con éstas, afirmaba mi padre con indisimulable orgullo. Nosotros tomábamos esta aseveración suya como una ley de hierro, como todo lo que él decía en ese tiempo, sin comprobación aunque exagerara.

Hace poco en un teatro una mujer muy joven se sentó a mi lado y abrió su cartera, sacó una mandarina y comenzó a pelarla concienzuda y atentamente, y fue comiendo de a uno todos sus gajos, con mucha concentración, como si fuera el placer más extraordinario de su vida. Como si hubiera venido a este mundo sólo a eso, a dejar pasar por su garganta le jugo agridulce que excedía su función alimenticia y le llegaba hasta lo más profundo de su alma y su recuerdo, y entraba seguramente al rincón más querido de su infancia. Este acto insólito para mí, ya que veía algo así por primera vez y al mirarla yo con sorpresa, me invitó cortésmente con tres gajos jugosos. Le agradecí aludiendo la incomodidad de su penetrante olor que impregnaría con seguridad mis manos y me respondió que tal vez fuera verdad, pero que no podía abstenerse de comerlas.

El olor tan particular de esa mandarina me llevó directamente al accionar de nuestros movimientos con aquella media docena de amigos que trasegábamos las tardes soñolientas saltando tejidos de quintas por el barrio que conocía nuestras travesuras, aunque teníamos nuestras propias mandarinas en nuestras casas, contrariamente a la opinión de mi padre, ninguna mandarina nos parecía más rica y jugosa que aquellas ajenas que nos costaba la consiguiente carrera si el dueño se percataba o nos pescaba in fraganti. En última instancia, hurtábamos las tres o cuatro que nos cabían en los bolsillos, nunca eran demasiadas, así que supongo que a estas alturas estaremos prescriptos de esa acción, sin ninguna mala fe. Sin otro destino que realizar una tarea prohibida que nos unía en una acción de cierto riesgo, como para establecer lazos de una amistad que hoy permanece sino en el afecto, en el motivo de una conversación nostálgica y llena de comprensión hacia aquellos niños que fuimos. Toda esta evocación que trae rostros queridos y algunos perdidos trae a mí le olor de una mandarina cuando la vamos pelando y vamos quitando esa cáscara gruesa y aparecen sus gajos relucientes, ahítos de ese líquido que es todo esplendor. Ese jugo que brillaba al aire libre, bajo ese sol tan débil, cuando el mundo estaba en sus comienzos y nosotros habitábamos ese lugar perdido del mundo, aunque para nosotros fuera un centro único y perfecto, bajo esos árboles que nos cedían su sombra protectora sin pedirnos absolutamente nada, y ese aire pleno con sus pájaros, que iban hacia un lado, hacia otro, como sin destino aparente, como sin un objetivo claro, aunque como sabemos la naturaleza tiene sus leyes que nosotros desconocemos, pero en ese tiempo no lo conociéramos y nos siquiera nos preocupaba.

Sólo estábamos atados a los juegos, al vuelo de las garzas, a las pedradas que le propinábamos a un perro callejero, a la competencia para ver quién cazaba más pájaros o pescaba más mojarritas en "El puente de la vía", o quien corría más rápido hasta los tamariscos de don Angel Pichichello o quién saltaba más lejos en el canal de don José Vélez, o quién podía golpear a un cuis a la carrera con una piedra que arrojaba la gomera. Y ver gozosos cómo chorreaba por nuestros dedos el jugo de un durazno que nos sabía a gloria.

También, sobre todo, cómo se nos impregnaba el delicioso aroma de una mandarina. Por suerte, es una de las pocas cosas que no perdimos para siempre.

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