CONTRATAPA

Apostillas a la vida

 Por Javier Chiabrando

No sé si me levanté más lúcido o más hastiado que de costumbre, pero llegué a una conclusión que va a cambiar el mundo: "Los que mandan nos la están poniendo sin vaselina, y si querés vaselina pagala el doble de lo que valía hace media hora". Y vaselina china, hecha a base de arroz, tofu y salsa de soja transgénica. La realidad ha sido privatizada y lo que uno llama vida se organiza en Wall Street, se retoca en una oficina sin ventanas y llega a tu casa a través de gerentes, presidentes alcahuetes, correveidiles, idiotas útiles y caídos del catre.

A esa vida nosotros no la podemos modificar. A veces podemos, un martillazo acá, otro allá. Pero hoy, en ese estado de lucidez del carajo que me atacó, digo que no, que la vida llega empaquetada y sellada al vacío. Por si quedan dudas, la acompaña un policía que te enseña como recibirla sin protestar, y si protestás él te enseña cómo funciona el garrote que los que organizan la vida le dieron para que vos entiendas que ellos tienen razón también cuando no la tienen. Sino preguntale a los muchachos de Tiempo Argentino.

Pero no me tomen por un iluminado, por favor. Lo dicen los diarios: "Los ricos son cada vez más ricos, hay cada vez más pobres, una manga de negros se hundió en el Mediterráneo por no elegir un buen yate en lugar de una patera piojosa, bajó el precio del esclavo en pie por exceso de oferta, etc.".

Pero a no desesperar. Porque nosotros podemos escribir las apostillas a esa vida. Apostilla (por si no saben, y a ver si se ponen a leer, manga de vagos), es una acotación que aclara, interpreta o completa un texto o relato.

Es que los dueños de la vida a veces se distraen, entre tanto champagne y orgías, y se les escapa la tortuga. La tortuga somos nosotros. En ese rato las tortugas logramos hacer algo de daño: populismos, Brexit, reivindicaciones sociales, acciones que no llegan a cambiar el rumbo de la realidad pero que desconciertan al poder que debe dar un golpe de timón para recuperar el control. Y a veces, sólo a veces, las apostillas terminan siendo revoluciones, indignados, patear el tablero, escupirle la cara al poder.

Pero ellos siempre logran recuperar el control, y en ciertos casos hasta lo vuelven un negocio. El Brexit será un negocio para algunos, las relaciones con Cuba para otros; en Argentina haberle hecho creer a la gente que el populismo es malo es un negocio para los amigos y los primos y para los que van a lavar la guita que tienen escondida desde la época del Virreinato.

Otras veces las apostillas nacen y mueren como simples canciones de protesta, que se cantan con gusto y a veces con bronca, pero que poco cambian. Es más, los que tienen la sartén por el mango ponen una disquera o un boliche y hacen plata también con las canciones de protesta.

Estoy tentado a decir que el segundo semestre puede cambiarlo todo, pero no ando para chicanas baratas. Lo del "segundo semestre", "te lo debo", "me olvidé", "no sabía", demuestra lo que digo en esta avinagrada página: los dueños de la realidad saben que pueden decirnos cualquier cosa mientras que sean los dueños de los medios, de la policía, de los rifles y de las balas.

Y para colmo, pareciera que debemos estar agradecidos con ellos, casi en deuda porque ya no borran con golpes de estado las apostillas que escriben los rebeldes. Ahora son más cool, ¿viste? Ahora las borran con un cóctel de mentira venial, pellizco en el culo y promesas de que los huesos que te van a tirar van a tener un poco de carne. Suena poco; a mucha gente le basta.

Los que escribimos las apostillas a la vida aprendemos. Pero ellos tienen más paciencia. Tienen ahorros y pueden esperar a que uno se muera, se vuelva viejo o se le vayan las energías. En ese aprendizaje nos hacen creer que ganamos cuando en realidad nos están dando lo mismo que nos sacaron; o peor, como cuando aumentan diez veces el gas y te premian bajándolo a cuatro.

Jorge Sábato, el Sábato que escribía en la revista Humor, lo explicaba bien en una parábola que vaya a saber si era verdadera o salía de su cabeza de humorista sin remedio. Un pastor visita a un rabino porque su vida es un horror, la cueva donde vive es húmeda, fría, y apenas entran todos, esposa, suegra, hijos. El rabino le dice que esa noche lleve una oveja a dormir con ellos.

Al día siguiente, quejas redobladas. Así no se puede vivir, dice el pastor. El rabino le dice que lleve una segunda oveja. Más quejas. Así hasta que lleva diez ovejas. La vida del pastor se vuelve un infierno. Ahora sacá las ovejas, le dice el rabino.

Y al día siguiente se hace el milagro: el pastor llega sonriendo: ahora sí, esto es vida. Con la inflación, la producción, el comercio en Argentina será así: a fin de año el gobierno va a mostrar su gran éxito, una inflación igual a la que tenía el kirchnerismo. Eso si tenemos suerte. Sino será: te lo debo, macho, no me di cuenta.

Pero no porque yo me haya levantado pesimista hay que dejar de luchar por lo imposible. Por otra revolución, más indignación, más reivindicaciones. Pero hay que pedir lo imposible, porque si pedís que el hueso que te tiran tenga más carne, te lo van a dar y vas a creer que sos feliz, o peor, que ellos son buenos. Medio país cree en esa otra parábola.

De tanto festejar, ningunear a los esclavos, tocarle el culo a la clase media, es probable que alguna vez esto explote (en el último Davos no se discutía si habría crisis tipo Tequila sino dónde comenzaría) y que los escritores de apostillas tengamos otra vez nuestros diez minutos de oportunidades.

Entonces cito a Gustavo Ferreyra en su novela La Familia: "Cuando ya nos hemos despellejado las manos contra la puerta de lo posible, damos un giro completo y empezamos a golpear el portón de lo imposible casi con más fe que antes. Porque en lo posible intervienen una suma de factores que se pueden obviar cuando se espera lo imposible, de modo que lo imposible es harto más fácil. En el fin de una época siempre encontramos a alguien que da golpes en el portón de lo imposible. A veces incluso son multitudes".

Y digo que quizá (sólo quizá) la gran lección que nos dan es que no nos merecemos la vida. Si queremos llegar a ella hay que nadar el Mediterráneo, esquivar bombas, no desear luz ni gas ni más carne en el hueso. Entonces lo haremos. O lo volveremos a hacer. Nadaremos lo que hay que nadar, esquivaremos las bombas que hay que esquivar. Y la próxima vez pediremos nada más que lo imposible, sólo eso. Por ahí...

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