CONTRATAPA

La verdad y las formas retóricas

 Por Roberto Retamoso

En uno de los tantos libros donde enfrenta el problema de la verdad -pensar qué es la verdad, o en todo caso, a qué cosa designamos con ese nombre, cómo se establece, cuál es su historia tanto desde un punto de vista inmanente como desde una perspectiva exterior que analice sus condiciones de emergencia y consagración- Michel Foucault se interna, no sin sorpresa para un lector desprevenido, en la historia de las prácticas jurídicas para buscar allí determinados procedimientos y prescripciones que, a lo largo del devenir de la cultura europea, instituyen modos y formas fundamentales de lo que se concibe como verdad.

Pero no es la cuestión de tales procedimientos, como la indagación o el examen, lo que en este caso nos interesa, sino los supuestos filosóficos a partir de los cuales Foucault intenta analizar el problema de la verdad. Porque en ese libro al que ahora podemos considerar señero, intitulado La verdad y las formas jurídicas, el autor de Las palabras y las cosas se sitúa en una posición diametralmente opuesta respecto de los modos tradicionales de entender a la verdad. Para esos modos, es oportuno recordarlo, la verdad supone siempre una naturaleza objetiva y universal, y por lo mismo atemporal, que la inviste con los atributos de lo indiscutible o irrefutable, y por lo mismo de aquello que está sustraído del campo siempre relativo e incierto de las opiniones y el sentido común (el reino de la doxa, como lo llamaban los griegos).

Testimonio de ello, como de todo lo sancionado por las convenciones y las tradiciones que rigen el pensamiento filosófico y científico, es el diccionario, el canónico diccionario real de la lengua española que propone esta serie heterogénea y dispar de acepciones del término: "conformidad de las cosas con el concepto que de ellas se forma la mente"; "conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa"; "propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre la misma sin mutación alguna"; "juicio o proposición que no se puede negar racionalmente", e incluso la más pragmática condición de "realidad (existencia real de algo)".

De ese modo, el diccionario nos dice en primer lugar que la verdad supone la adecuación de lo que se enuncia con aquello de lo que se habla, o en otros términos, una necesaria correspondencia entre las palabras y los objetos a los que designan. Por otra parte, la verdad es esa propiedad que le permite a una cosa mantenerse inmutable, sustrayéndola de los cambios que imponen tanto el devenir como las polémicas y los debates. Asimismo, y esto quizás sea lo decisivo en la serie de acepciones que propone el diccionario real, la verdad es una proposición o un juicio que no puede negarse racionalmente, dado que la razón, ese valor supremo de la cultura moderna, es lo que le da entidad y sustento.

A esa manera de entender la verdad Foucault habrá de oponer otra a la que podemos calificar, de forma inequívoca, como nietzscheana, porque será en el pensamiento de ese filósofo iconoclasta donde hallará el basamento desde el cual criticar los modos canónicos de entender la verdad. Así, Foucault nos recuerda que, según Nietzsche, la verdad tiene menos que ver con el estatuto de las cosas petrificadas y eternas -inmutables en su naturaleza divina- que con una voluntad de saber que impone, sobre el orden extraño e irreductible del mundo, determinadas verdades que sólo pueden entenderse como el efecto de una invención, es decir, de una intervención azarosa que acontece a partir de relaciones de violencia, dominación y poder sobre el objeto de conocimiento que allí se constituye y adviene.

La verdad, desde esta perspectiva -que recoge, veinticinco siglos después, la herencia reprimida del pensamiento sofístico-, ya no puede pensarse como una correspondencia, como aquello que hace concordar el decir con la cosa, sino como lo que resulta de ejercer un poder sobre la extrañeza radical del mundo, del mismo modo que sobre la subjetividad de los destinatarios de la palabra que la enuncia. Y si bien Foucault está pensando, mientras reflexiona alrededor del legado nietzscheano (que no es más que la forma actualizada de la herencia sofística) en la verdad epistemológica, en la verdad de la filosofía y la ciencia, su pensamiento puede extenderse, sin dificultades, sobre el espacio donde operan otros discursos u otras discursividades, como el de los medios de comunicación social. Porque en ese espacio la verdad también se instituye, antes que como adecuación de las palabras respecto de las cosas, como el efecto de una intervención violenta que busca imponer como verdad lo que es mera decisión táctica o estratégica en la recurrente guerra de los lenguajes sociales. Para decirlo de una manera también tradicional, pero que puede ser releída a partir de Foucault y de Nietzsche, como una verdad retórica.

Ilustración o prueba de esto sería lo que aconteció, dos o tres días atrás, en la pantalla del televisor que transmitía el programa conducido por Alejandro Fantino en el canal América. En esa emisión se debatía -es una forma de decir- un supuesto plan de desestabilización del gobierno actual por parte del kirchnerismo, por lo que, en un determinado momento del diálogo, uno de los "panelistas" desplegó, mostrándolo a la cámara, un volante encabezado por la sigla "Miles", que como todo el mundo sabe es el nombre de un partido enrolado en las filas kirchneristas. Ese volante manifestaba, con un lenguaje tosco y una enunciación burda, los propósitos de generar acciones violentas destinadas a destituir al gobierno de Macri, como asimismo la intención de azuzar a la población con el fin de sumarse a esa intentona desestabilizante.

Conociendo la retórica y el léxico de los textos kirchneristas resultaba, a todas luces, un panfleto apócrifo, generado para malquistar a la audiencia con los seguidores y con la presidenta que gobernó hasta el año pasado. Pero ello no era óbice para que el texto fuera expuesto ante las cámaras como una demostración de la verdad que allí se sostenía, sabiendo que probablemente mucha gente lo tomaría por cierto. Lo cual permite pensar que a la extensa y variada serie de acepciones del término "verdad" que el diccionario real ofrece habría que agregarle otra: lo que se dice y se muestra ante las cámaras en un estudio televisivo.

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