CONTRATAPA

Autos, cartas y criminales

 Por Gary Vila Ortiz

Los textos de Nicanor Pérez llegan esta vez ﷓en un sobre pequeño con mi nombre y mi apellido escritos en minúsculas﷓ al bar donde habitualmente disfruto de un café con leche, bizcochos con abundante manteca y un vaso de agua helada. Don Nicanor tiene razón en una cosa y se equivoca en otra: es cierto que él me supo confiar un puñado de páginas, pero no están entre mis papeles del exilio sino perdidas (¿para siempre?) en un laberinto. Los relatos que transcribí las últimas dos semanas son los que encontré en las grises y pálidas cuartillas escondidas en Los libros de Alicia. Comprendo ahora, después de leer la carta de Nicanor, que es inútil que busque allí el comienzo ﷓y acaso también el final﷓ de su historia, pero sé que el ejemplar de Carroll atesora otras piezas no menos valiosas del rompecabezas (bajo su firma, borroso, como si se hubiese arrepentido de escribirlo, aparece un número y ese número me lleva a una página de La caza del Snark y allí descubro, casi sin sorpresa, unas cuantas citas de relatos policiales). Sí puedo ﷓y quiero﷓ rastrear ese comienzo en los "Almanaques" o "Kioscos", que ignoro en cuál de las cajas que se apilan a mi alrededor estarán (supongo que seguiré mi infalible método de búsqueda zen: sentarme en un sillón y esperar, con una paciencia que algunos confunden con desconcierto o incluso con abulia o una detenida inercia, y esperar, decía, que aquello que estoy intentando encontrar simplemente aparezca). Si mi técnica falla, sé que un amigo guarda algunos recortes de diarios en los que puedo hallarlos. Tengo, entonces, dos caminos para seguir. ¿Los senderos se bifurcan? Lo que me recuerda una última cuestión. A pesar de mi poco borgeana vejez soy yo, estimado Nicanor, quien redacta las introducciones: o no escribo tan mal como a usted le parece o el gin que venden por mi barrio tiene una influencia benéfica en mi estilo.

El auto de Vito Nervio

¿Es el mismo Vila Ortiz quien escribe la introducción a los textos encontrados (paréntesis y signo de interrogación dentro de otra pregunta: ¿encontrados o esa es una forma de disimulo y Vila Ortiz ha descubierto entre sus viejos papeles del exilio las páginas que le supe confiar? Si es así, me parece que la introducción la escribe otro por la simple razón de que está mejor escrita de lo que puede Vila Ortiz; hay que perdonarlo, se ha puesto viejo y la suya no es una vejez borgeana)? Respondo algunas cuestiones que se me plantean. Nicanor Pérez fue uno en un comienzo ﷓el que escribe estas líneas﷓ y después fuimos unos cuantos que felices y con algo que se rompió, aunque habíamos apostado a que eso no pasara, dimos en buscar el auto de Vito Nervio, que después resultó que era una trampa que no quería ser, que aunque no se crea lo encontramos, pero en lugar de sentirnos bien y conformes, con el triunfo en las manos, nos pusimos a desarmar el auto con prolija furia, y cada pieza de ese símbolo quedó ¿dónde? No lo sé. El comienzo, es decir, el descubrimiento del auto de Vito Nervio y de aquellos que lo habían robado, fue por 1989. Pero salvo un amigo barbudo que sigue siendo un amigo barbudo, dudo que la colectiva experiencia de don Nicanor Pérez sea recordada por alguien. Uno de los jueces con quienes tuve que hablar por ese entonces, me preguntó si en el "Almanaque", y en ocasiones en el "Kiosco", el texto firmado por mí o por todos (alguna vez llegamos a ser trece) era en su origen algo mío y cuando le contesté me dijo: "Comprendo, es el delirio". De allí en adelante las cosas no fueron sencillas y sí tramposas por parte de una buena cantidad de los que inesperadamente se pensaba que iban a actuar de otra forma. No me interesa recordar eso sino el interés y la actitud de "estoy aquí por si me necesitan" de un hombre que no era extraño, pero era una especie de Buda que creía en lo que debía creerse. Le debo mucho. Unos cuantos le deben mucho, pero ni tan siquiera lo saben. ¿Qué era ese texto de doble nombre y múltiples cómplices? Un espacio escrito a columna y media, ocupando tres, de poco menos o poco más de veinte centímetros, que se publicaba debajo de las palabras cruzadas en la página de avisos clasificados. Ya en ese comienzo, que parece inocente (y nada ni nadie es inocente), se olfateaba lo sucio, lo corrupto. A partir de allí todo, hasta 1998, ya lo iremos contando. Tendría, creo, ignoro si al compilador le parece bien (digamos que estas memorias no tienen importancia alguna comparándolas con las de Bioy Casares sobre Borges, ese diario insólito que no me gusta demasiado), tendría que continuar esa línea final que habla de una carta de advertencia. Lo haré, pero diré algo antes: ahora, quiero decir en estos días del año 2007, de ciertos recuerdos que apesadumbran al mismo tiempo que reconfortan, ha llegado otra carta, pero no de advertencia. Me informan, anónimamente, que en algún sitio de la costa se ha encontrado a "Corina", la nave de Langostino, el navegante solitario, y además me aclaran que la desaparecida nave tiene relación con el pequeño convertible de Vito Nervio. Pero estoy muy cansado para comenzar a buscar otra vez lo imposible. Lo ando intentando, pero no puedo.

La carta mía, la carta de otro

Aquella lejana carta de advertencia no es tan lejana por lo que dice o insinúa (que sigue siendo nuevo) sino por el tiempo, que aún no hemos superado. Las mismas cosas de ayer siguen presentes hoy. Debe comprender el amigo que redacta las introducciones, no tanto Vila Ortiz (acaso aún no lo comprenda), que ciertas palabras que designan cosas de la historia que persisten duramente ﷓sobre todo las malas, no las buenas﷓ ya no se levantan sobre los mismos ejercicios de edificación de mentiras sino sobre construcciones engañosas y por cierto absolutamente mentirosas. Nadie, se diría, parece necesitar lecciones de historia, pero por el contrario esas lecciones parecen necesitarse como nunca. Palabras que designaron cosas como el fascismo, los genocidios, el antisemitismo, la exaltada discriminación que divide a los pigmeos de los gigantes y que abandona a su suerte a los armenios, por ejemplo, no continúan, pienso, de la misma manera. Se han hecho más graves. Ahora hay racismo y es el más grave, el que existe entre los mismos que integran el pueblo de Israel y los mismos que forman parte del pueblo armenio. Esto se negará, pero subsiste. Y perversamente. Eso decían aquella carta y algunas llamadas telefónicas del ayer: "No hemos cambiado, terminaremos con la contaminación; vos estás más que contaminado y también sos inferior, diferente". La carta de advertencia nueva, simple, directa, me dice: "Ni el auto de Vito Nervio ni la nave de Langostino son ficción. Allí están. Pero no debés buscar con algunos de los que creés que desean encontrarlos. Son infiltrados, y más crueles que los del film de Scorsese, si es que se puede. Vos debés detectar por el olfato de quiénes se trata. ¿Podrás?". Vila Ortiz está muy viejo. Nicanor Pérez, que escribe todavía, es una mezcla de edades tan diferentes y pasados tan diversos, que no sabría qué hacer. Digamos: los buenos de la película han cambiado. Los malos han adquirido nuevas formas de repugnancia pero la mayoría no los nota. Pretenden ser otra cosa. Son peores: levantan nuevos templos del desprecio por la condición humana, como un tal Josecito en el pasado.

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