CONTRATAPA

Voz detrás de la voz

 Por Miriam Cairo *

¿Somos dos? Creo haber individualizado a alguien: un urgido. Una culona alucinada. Un fulgurante definido. Una presentidora. Un plegador del lenguaje desplegado. Un imaginador vicioso. Una contempladora. Una dobladora de sombras. Un hombre fatal. Un lector.

¿Era esto, pues? Este fragmento puede ser un pequeño adelanto del fin del mundo. ¿Por qué no se extinguirían hoy los jabones neutros, el café descafeinado y la lectura light? Cada vez son más intensos los signos del final. La luna se ha atrincherado en un estado intermedio entre las horas y la eternidad. A los lectores del diario los asalta una sensación de cosa no concluida. Este fragmento me libera de ser pastor o perro de un rebaño. Por hermética que sea una prisión tiene su falla. Esto sucede también con otras cosas. Cuando oigo hablar de pozos de fuego me arde un poema Rimbaud. A fuerza de ser arrojada desde adentro hacia fuera he trazado en el camino de mi vida un profundo cauce. He comprobado que los astros también pueden vivir bajo tierra. Y no descarto que este fragmento sea un pequeño adelanto del fin de mi cordura: cuando alguien dice algo sobre la flauta y el cuerno, pienso en Verlaine, en tu flauta y en mi cuerno.

Ya se me ha hecho costumbre caer en mi cauce toda vez que soy arrojada desde adentro hacia fuera. En la caída tomo conciencia del límite exacto entre los que deben vivir su vida y los que la desean vivir. También conozco a los que todavía tienen oídos para escuchar cosas inauditas y a los que navegan, con Michaux, entre las mandíbulas del cielo y de la tierra. El paso del tiempo modifica las cosas: el O.B. de hoy nombra el tampax de Boris Vian. Pero esto no le ha hecho bien a la poesía. El O.B. es difícil de versificar y no para la hemorragia del poema. Esta evidencia pone en aprietos el genio creador. Reconozco que una palabra puede ser un yo en estado de realización. Cuando escribo los cuatro versos de la Filídula pienso en Ezra Pound y no me explico cómo, sin conocerme, él supo que la Filídula era yo.

¿Alguien habla? Siempre palabras. Nunca palabras. Y si todavía tengo algo que decir es esto: la escritura, monstruo eterno, convierte en sí mismo todo lo que nombra.

¿A qué llamamos luna? Blanca es esta noche en que la luna se recuesta sobre el árbol y apoya sobre su mano el mentón. Se quita los zapatos y sus blancos pies de blanca luna se deslizan sobre mis sábanas estampada de flores y de peces. Camina por la casa en sombras. El recuerdo de una sed mortal desprevenida, le sujeta la garganta con firmeza y sin fatalidad. La luna recorre las sombras de mi casa y se obstina en señalar la radiante mordedura en mi costado. Se está sólo cuando el nombre propio resuena en el vacío. Cuando la noche es memoria de otra noche. Yo transito, con la luna, los pasos de esa entrañable imperfección. En el centro de la noche se desparrama una idea. En el centro de la idea reposa con alivio, mi fatiga. No hablo porque el vaho de la boca empañaría el aire. La luna me salva de las malas compañías. Viene sin ofrecer nada más que a sí misma. Sólo viene a la casa de alguien que le cede un lugar y que no tiene más que a ella misma. También viene por otros detalles, mucho más pequeños.

La luna ya no sabe hablar. Ya no puede hablar. Ya no ilumina más los amores muertos. Los cuerpos muertos. Tiene el corazón devorado por las criaturas de dulce erección. Sale a caminar para ver algo nuevo, para hacer algo nuevo, para respirar un aire nuevo. Por el camino de los corderos negros la luna emprende su marcha. Hasta en eso, ella y yo, nos parecemos.

¿Qué no haremos? Hace algunos minutos, había cosas que no existían. Otras sí, porque se creía en ellas.

¿Cierra los ojos? Mis palabras pueden ser triviales o mal intencionadas. Por ahora me doy cuenta de que sólo son peligrosas para mí, por eso no he tenido cuidado en divulgarlas. Así como brotan las lágrimas, brota la risa y brotan las palabras. Es mejor usar un libro que una almohada. En mis días hay muchas cosas incomprensibles. En mi libro preferido hay una palabra que se repite 3660 veces. Escribo lo que veo, aunque no sea lo que es. Y pienso: "no va a funcionar". Es imposible salvarme de ese miedo. Es más fácil despertarme en otro mundo. Debo dormir en otro mundo porque en el miedo de que no funcione no se puede descansar.

¿Todo se dice con su sombra? A veces el silencio me obliga a escribir. A veces la escritura me obliga a hacer silencio. Mi barco navega. Mi libro se escribe. El reloj de la vida no funciona. Aquí me quedaré porque no soy un cisne. No soy un pañuelo. Me quedaré con mi perro alado. Con los crímenes que no han sido descubiertos.

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