rosario

Miércoles, 8 de febrero de 2006

CORREO

Mi viejo río

Nos levantábamos cuando las gallinas echaban el primer cacareo y don Cortiña alborotaba el patio anunciando que había traído el pedido del almacén.

Desde la noche anterior ya estaba todo preparado. Las cañitas mojarreras, la bolsita con pan duro, un puñado de lombrices, el mate, la yerba y el tarro de durazno al natural vacío al que le habían aplanado prolijamente el borde para poder tomar o calentar agua.

Era cuestión de levantar las cosas en un abrir y cerrar de ojos y echar a andar calle abajo hacia el río. No me alcanzaban los pies para seguirle el paso a mi padre. Yo con las "Boyero" rojas, él con las chancletas que hacía recortándole la puntera y los costados a algún par de zapatos viejos.

Bordeábamos el puerto, hacíamos unas cinco o seis cuadras más sobre la costa y ahí estaba la canoa meciéndose sobre el agua como una mariposa. ╔l acomodaba los bártulos dentro de ella, me alzaba en el aire, se metía en el río hasta la cintura para empujarla y después se subía de un salto. Mi padre me enseñó a remar. "No hay que golpear el agua, decía. El remo debe ser como una cuchilla que corta el agua sin chasquearla y lo que se escuche debe ser sólo un murmullo".

Así andábamos de sol a luna sobre el lomo del río. Apenas con un sombrerito yo. El con su rancho de paja. Para la piel, de vez en cuando un poco de aceite. No existía el agujero de ozono o si ya estaba no lo sabíamos. En ese tiempo el sol era bueno y prevenía las enfermedades del invierno.

Así recorríamos el curso calmo del río; de orilla en orilla juntando conchillas, urgando las cuevas de las anguilas que ya no están, de sombra en sombra oyendo el canto de los pájaros que han acallado.

Ese era mi río. Río Uruguay de arenas blancas y aguas cristalinas que se dejaba beber sin temores ni prejuicio. "Tome tranquila m┤hija que esta es agua bendita"y yo le creía y hundía el tarrito para llenarlo cuantas veces sintiera sed.

Y era tal su transparencia que se podían ver los cardúmenes de peces jugueteando alrededor de la canoa. Y era tal su mansedumbre que nunca faltaban los patos siguiendo el camino de miguitas que yo les tiraba en la superficie.

Qué te han hecho ya, viejo río. Qué siniestros proyectos amenazan tu curso milenario. Río manso de aguas bondadosas que viste crecer sanos y fuertes gurices amamantados con mieles ruanas y diste de tu vientre de agua alimento a los isleños de tus orillas.

Quieren oscurecerte la piel y enturbiarte el alma. Quieren ensuciar tu caricia orillera con la baba de la codicia. Por eso alzo mi voz y ruego a las mujeres y hombres de mi tierra que también la alcen para acompañar tu canto que es una queja rumorosa.

Adriana B. Nardone

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