PSICOLOGíA › SPINETTA Y LOS SEGUIDORES QUE SUPO CONSTRUIR

Canciones que escuchan al público

 Por Sergio Zabalza*

"Fermín se fue a la vida/ no sé cuándo vendrá" (Spinetta, 1969, Fermín).

Uno de los rasgos más destacados en la figura de Luis Alberto Spinetta es el de haber sostenido una posición ética irreconciliable con las presiones del mercado y las estrategias oportunistas. Sin embargo, desde el punto de vista psicoanalítico, quizás sea conveniente hablar, no tanto de la ética de Spinetta, sino de la que supo despertar en el oyente. No es por una cuestión meramente cronológica o histórica que a este artista poeta lo llaman padre del rock. El poder sugestivo de la palabra captura voluntades en virtud del sonido que porta el objeto traumático por excelencia: la Voz del Otro. Esa materialidad que ningún agujero del cuerpo está en condiciones de obturar. Por eso, la arenga del líder, cantante o músico suele hacer masa en el espectador. Aquí es donde ética y estética sellan un crucial encuentro en la entrañable figura de quien nos ocupa.

Porque si algo distingue a la obra de arte es la subversión de la percepción estereotipada de quien lee, oye o contempla. Un quiebre que habilita a tomar distancia de la sugestión que domestica, para así despertar el vuelo singular de la imaginación. Es que una estética conformista puede emocionar, aunque sin conmover los prejuicios anquilosados de nuestras defensas narcisistas. "¿La verdad despierta o adormece? Eso depende del tono con el que es dicha", responde Lacan. En este punto Spinetta jamás claudicó.

Su música --tan popular como singular-﷓ construyó un oyente más dispuesto a la sorpresa que urgido por comprender, un Otro implicado en crear su propia canción a partir de los tonos disonantes o los cambios de ritmo con los que el Flaco supo despertarnos del letargo cotidiano. Esto tiene una explicación muy puntual.

En efecto, contra todo lo que el sentido común sugiere, en este intercambio fecundo que distingue al acontecimiento musical, la música es la que escucha al sujeto. Así lo afirma Alain Didier Weill en la clase dictada, a pedido de Lacan, durante el seminario dedicado a la poesía.

Aquel privilegiado discípulo decía que la pulsión invocante traza un recorrido cuyo primer momento se distingue por el despertar de una pregunta en el oyente. Por eso, si algo de su deseo inconciente se agita con la novedad que aporta el sonido, una nueva torsión pulsional hará que, esta vez, sea la música quien escucha y alberga al sujeto. Así, alcanzamos la particular significación de nuestras propias y más temidas emociones en el lugar del Otro: esa hospitalidad que sólo brinda el arte del poeta.

"Muchas emociones penosas en sí mismas pueden convertirse en una fuente de placer para el auditorio del poeta", dice Freud en El Poeta y los sueños diurnos. Y agrega: "El poeta mitiga el carácter egoísta del sueño diurno por medio de modificaciones y ocultaciones y nos soborna con el placer puramente formal, o sea estético, que nos ofrece la exposición de sus fantasías". Así, de esta manera, el Flaco supo escucharnos con sus canciones, ésas que a muchos nos robaron un color.

*Psicoanalista. Autor de La Hospitalidad del síntoma (arte y clínica en el Hospital de Día). Ex coordinador del taller de música y canciones en el Hospital de Día del Hospital Alvarez.

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