PSICOLOGIA › EN EL SIGLO XXI, LA MATERNIDAD NO ES UN SINTOMA EXCLUSIVO DE LAS MUJERES

Sobre el deseo de la madre

El deseo de la madre introduce al niño a la vida, no sólo ordenando su sueño y alimentación, sino también convirtiendo al grito del niño en un llamado, en palabras que algo quieren decir, al interpretar su llanto de diversas maneras.

 Por Graciela Giraldi*

Desde Freud, inventor del psicoanálisis, la maternidad se inscribió como un síntoma de las mujeres, un modo particular de ellas de hacer con la falta. La lógica freudiana para las mujeres parte del no tener el falo, encontrando en el hijo su equivalente. Entonces, ellas se completan o se sienten completas teniendo niños. A partir del psicoanalista Jacques Lacan, el niño no ocupa tanto el lugar del falo de la madre, sino el lugar del objeto que causa su deseo, un objeto de satisfacción no representable, carente de significados, y que escapa a la imagen y al Ideal. De modo que, el lugar del niño en el deseo materno se emparenta con los objetos pulsionales: la voz, la mirada, la caca.

Por otro lado, en el siglo XXI la maternidad no es un síntoma exclusivo de las mujeres. Nuestra época se caracteriza por un empuje a la feminización, y eso hace que los hombres quieran ocupar la función materna en la familia, más allá de que compartan la crianza del niño con una pareja homosexual o del otro sexo. Entonces, la pregunta que nos hacemos sobre el operador deseo de la madre va más allá del personaje en cuestión (padre o madre) y del sexo anatómico de quien encarna el deseo de un hijo.

¿Cómo reconocer al deseo de la madre? Se dice que en otros tiempos, un Rey llamado Salomón lo puso a prueba con dos mujeres que reñían porque ambas decían ser la madre del mismo niño. Salomón les dijo que para ser justo con ambas iba a partir al niño por la mitad. Al instante, la verdadera madre respondió: que se lo quede la otra. Y así salvó la vida de su hijo.

El deseo de la madre se distingue del planear tener un niño. Lo percibimos cuando nos encontramos con las dificultades de algunas mujeres para quedar embarazadas en el tiempo que se lo proponen. Y que a veces, ante la concreción de una adopción, se produce el embarazo tan esperado. En realidad, ese hecho reafirma que el hijo siempre es adoptado por el deseo de la madre, y que en tanto producto de un deseo no se adecua a los programas de sus padres.

Percibimos que el deseo de la madre va más allá de la genitora y de la proveedora del alimento. Es un deseo que introduce al niño a la vida, no sólo ordenando rítmicamente su sueño y alimentación, sino convirtiendo al grito del niño en un llamado, en palabras que algo quieren decir, interpretando su llanto de diversas maneras: quiere upa, tiene sueño, necesita que le cante, le duele la pancita, etc.

Más aún, ese deseo vital de la madre opera cuando no es anónimo, cuando se enlaza a los propios deseos del niño, y los alimenta diferenciándolos del conjunto de los otros niños. Sabemos por el propio análisis que el deseo de la madre depende de la asunción de la sexualidad femenina en cada mujer.

Jacques Lacan graficó al deseo de la madre con la boca abierta del cocodrilo que busca engullirse su cría. En tanto que el padre del niño como hombre, es el que puede introducir el palo que traba su boca, dándole una salida al niño. De allí la importancia de que cada mujer no sea toda madre. Y que su deseo diverja hacia un partenaire sexuado, que no sea el niño. Para ello, debe consentir al deseo de su partenaire siendo su mujer.

Si bien la Ciencia y la técnica posibilitan la concepción del niño traspasando las barreras biológicas, chocan con el imposible de provocar y programar al deseo de la madre. Es que el deseo de la madre nos sorprende como el amor y va pasando por allí, desplazándose como las aguas de un río, con su compás melodioso y tranquilo, pero no sin ocasiones donde es sacudido en su curso por algunos vientos tormentosos, según los tiempos vitales del lazo con cada hijo.

*Psicoanalista. Notas escritas una mañana cualquiera, a la orilla del río Paraná, 2015, Rosario.

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"Madre y niño", obra del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín.
 
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