OPINIóN › SIETE DíAS EN LA CIUDAD

Con una agenda que quema

Enero aún no termina pero ya multiplicó la tasa de homicidios, que superan las del año pasado. Los esfuerzos del gobierno en materia de seguridad y las limitaciones que enfrenta, como quedó al descubierto con la desconfianza que persiste en los vecinos de Las Flores tras el anuncio de la Policía Comunitaria.

 Por Leo Ricciardino

Enero se acerca a su fin con su marca de fuego. Sus hechos calientes que, como dicen los periodistas en Colombia "serán superados por otras tragedias, formando un sedimento de catástrofes que son también parte de esta tierra". Enero aún no termina pero supo ya multiplicar la tasa de homicidios llevándola a superar la del año pasado.

Es comprensible el esfuerzo y entusiasmo de las autoridades en distintos terrenos, en mostrar los avances de gestión, en la denodada tarea de instalar eventos internacionales como el Dakar. Como bien dijo la intendenta Mónica Fein hace poco: "Es como cuando un hijo tiene fiebre, lo primero es bajar esa fiebre pero mientras tanto se piensa también en que tiene que ir a la escuela, jugar con sus amigos, desarrollar una vida de crecimiento". Es absolutamente así, lo que pasa en esta ciudad es que la fiebre no parece bajar y que los paños fríos puestos hasta ahora sólo han sido un refresco. También hay que decirlo, el gobierno no ha agotado su botiquín y le quedan varios medicamentos por probar. También en este rubro se va aprendiendo, se evoluciona. Si no, basta recordar algunas propagandas políticas de 2011 con candidatos que se disponían con más voluntarismo que conocimiento a enfrentar el narcotráfico. Ni siquiera sabían distinguir muy bien la marihuana de la cocaína, cómo era el negocio monumental de la droga, qué eran las cocinas de pasta base. Algo de lo que ahora todos comentamos, en un curso cruel y acelerado de narcocriminalidad en la ciudad.

Rosario ha pasado por varias etapas. La del descreimiento hacia el flagelo, la desconfianza política hacia los opositores o hacia todos aquellos que caracterizaran los elementos especiales que se daban aquí, hasta la toma brutal de conciencia que impuso la realidad. De ahí a la decisión de frenar a las bandas (quizás de manera desordenanda y con pocos elementos, pero pudo mostrar un avance y esto no es poco en la materia). A esta altura también está claro que en este tema quien no avanza retrocede, pero en el mismo lugar no se queda.

Ahora que la espuma política sobre el flagelo parece haber bajado un poco --es tan grave que la oposición también tomó nota de cuál debería ser su rol en la escena-﷓; parece fundamental reconocer y hacer visibles algunos elementos que han llevado a esta ciudad al lugar de desarrollo de este delito complejo que tiene. Es cierto, el crecimiento del narcotráfico ha sido en todo el país, pero eso no responde a la pregunta de por qué Rosario se lleva a los muertos diarios de esta nueva guerra. Lejos estaríamos en sugerir siquiera desde esta columna alguna lista de esas particularidades, pero es claro que las hay.

Sí hay una reconocible para todos y es la policía. Y hacia allí parece orientar ahora sus esfuerzos el gobierno de Antonio Bonfatti. Hacia la reconstrucción y capacitación de la fuerza pero también la afirmación de una conducción civil de las políticas de seguridad. Esto parece fácil expresarlo, pero es sumamente complejo de implementar en la práctica. Las órdenes y marcos generales son claramente del poder político pero la implementación en el terreno y los márgenes de maniobra siguen siendo policiales. No existe ningún jefe que no esté subordinado al ministro Raúl Lamberto, pero tampoco existe uno que no tome sus propias decisiones en el momento de actuar en el terreno.

Otros gobiernos ensayaron ya en la provincia una posible "solución" a estos temas. Por eso Jorge Obeid lo había encontrado al ex militar Rodolfo Riegé, pero resultó después tener algunos problemas judiciales con el pasado violento de los '70. Carlos Reutemann creyó que su "operativo" era el ex agente de Inteligencia Enrique Alvarez. El ensayo terminó peor: fue el funcionario encargado de coordinar la represión de 2001 en la provincia con el luctuoso saldo que todos conocemos y aquella sospecha nunca borrada sobre su autorización a disparar con balas de plomo en lugar de hacerlo con postas de goma contra la población alzada.

El socialismo aún no probó con ningún hombre de esas características, no porque no crea que sería una ayuda invalorable. Sino porque no ha encontrado a ese hombre que lo ha buscado entre los jefes policiales. Hasta ahora solo pudo ajustar más o menos ese molde al comisario Luis Bruschi, hoy por hoy el uniformado en el que mayor confianza deposita el Ejecutivo y por eso lo puso a cargo de la flamante policía de Investigaciones. Pero Bonfatti y sus ministros estarían encantados de encontrar a su Berni para que juegue de "operativo" y articule claramente entre las órdenes civiles y la ejecución en el terreno de parte de los uniformados. Aún no ha aparecido y se saben los riesgos por los antecedentes mencionados.

El ensayo nuevo que se viene en la materia es la Policía Comunitaria que, como se vió en los informes periodísticos del fin de semana, tendrá que esforzarse y mucho si quiere ganarse la confianza de los vecinos. El vínculo entre la policía y la sociedad rosarina está tan roto que el concejal Osvaldo Miatello ha confesado en estas horas que duda de seguir llevando adelante las reuniones del Observatorio de Seguridad del Concejo Municipal. "La verdad es que no sabemos qué hacen los policías con los datos que le pasan los vecinos en esos encuentros. La verdad es que hay una gran desconfianza sobre la fuerza policial", dijo el edil que sostuvo que la policía comunitaria --próxima a debutar en el barrio Las Flores-﷓ deberá trabajar duro para separarse de la seccional de barrio y volver a ganarse la confianza de los vecinos.

Porque hay otra parte de este delito complejo que no es tan compleja, que es peligrosamente natural, que se mezcla con lo cotidiano. Allí en los barrios donde los vecinos no necesitan mirar por televisión la serie "Escobar, el patrón del mal" porque ven los movimientos todos los días, con una escala más pequeña, pero es precisamente la suma de esas escalas la que ha transformado hoy a Rosario en un remedo de aquella historia violenta que también la hizo famosa en los '30 y los '40. Porque ya han visto a otra escala también al narco benefactor que solucionó temas de salud a vecinos, o pagó canchitas de fútbol para los pibes del barrio y a cuyos sepelios asistieron cientos de personas. Todo esto pasa en Rosario y será difícil desmontarlo.

Y por el otro el lado está el consumo. La droga que se procesa en Rosario, al parecer, se consume en Rosario, por eso la proliferación de bunkers de un creciente negocio. La demanda ha crecido y ese es un problema a abordar desde la salud.

El otro punto lo dio claramente el procurdador Jorge Barraguirre que lamentablemente dejará su cargo a fines del mes próximo, tal vez cansado de ciertos vaivenes políticos en su área o simplemente cansado. Ordenó a los fiscales concentrarse en origen y circulación de las armas de fuego en la provincia. Un tema clave para explicar la escalada de los homicidios. Tiroteos y violencia siempre hubo en la ciudad, las muertes se relacionan con el más fácil acceso a las armas de grueso calibre, antes inalcanzables para las banditas delictuales.

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El control político de la policía es quizás el problema más arduo que enfrenta el Ejecutivo provincial.
 
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