OPINIóN

Las huellas del Kimba en Rosario

Sergio Moreno, periodista rosarino de Página/12 fallecido días atrás, en la visión de tres compañeros.Escriben: Pablo Feldman, Horacio Vargas y Guillermo Lanfranco.

Tenía razón, son boludeces

Por Pablo Feldman

La foto tiene 20 años y nos la sacó mi viejo, en París. Allí me lo encontre al Kimba, después de que por razones parecidas ambos habíamos dejado la Facultad de Comunicacion Social, sin terminar, el año anterior.

Yo había viajado de sorpresa -y gracias a la generosidad de la revolución- desde La Habana a Madrid, donde están viviendo mis padres el dia de cumpleaños de mi vieja. Estaba conmigo Eduardo Aliverti, que había laburado con nosotros en la revista Hipótesis, de la que Sergio fue jefe de Redacción, cuando yo me fui, y Eduardo dirigió los pocos números que salió.

Esa tarde, en las cercanías del Pompidou, el Kimba se clavó un par de Big Mac con papas y gaseosa grandes, y unas patitas de pollo. Venía yirando con un par de catalanes -con poca guita y bastante hambre-, y nos encotramos de casualidad. Invitó mi viejo, y yo para no ser menos, debo haber ampliado mis combos.

Recuerdo que allí le dijo "Ruso -así llamó a mi padre desde el primer día, tuteándolo y todo, para mi sorpresa- qué bien que hiciste en rajar de Rosario, yo no se cómo voy a volver", preanunció.

Y volvió, pero por poco tiempo. Ya había cerrado el viejo diario Rosario -que dirigió un tiempo Nicolita Baclini-, que despues se lo llevó al Kimba al Banco de Santa Fe para que le diera una mano con la prensa.

Por entonces, yo laburaba con Alberto Gonzalo, teníamos a cargo la contratapa del diario, llamada "el Espejo". Y al cierre de cada edición, marchábamos para el Chaco, a veces con la Pirincha Bertone, jefe de Redacción, el Lobo Nardone y otros colegas más experimentados.

Como suele suceder, el laburo fue una buena excusa para postergar la facultad, y allí nos encontrábamos con Gaston, el Puma, Willy y otros tantos, algunos que tienen el diploma colgado, y otros que hicieron una carrera en el oficio. Tambien compartíamos la mesa de El Cairo, generalmente la segunda o tercera sobre la vidriera de Santa Fe. Allí conocí a sus amigos entrañables: el Pequi, la Chancha, el Indio, el Negro Rodolfo, que estaban en otra cosa pero que compartían con él la militancia en la "Fede". A la mesa se sumaban el "Nene" Ruben, el "Loco" Castro, el "Negro" Ramirez y algunos que nunca supimos sus nombres.

"Kimba no parece comunista", decían las chicas en la facultad, ante la atildada estampa de Sergio, con pelo rubio finito, siempre bien empilchado, afable, verserso y encarador. La verdad, no parecía el típico "bolche" que mostraban versiones repetidas en la facultad --camisa ombú, pañuelito y alpargatas, barba a como saliera y pelo largo--. Tenía otro look, además era más que el líder, la cara visible del partido. En efecto, Kimba fue el secretario de Cultura del primer Centro de Estudiantes de Comunicacion, después de la dictadura. Obviamente por la lista "Unidad", sello que utilizaba el PC para no espantar --a los jóvenes iniciados en política-- con hoces y martillos. Yo presidía la Junta Electoral, y me acuerdo del escrutinio y una fuerte pelotera entre los muchachos peronistas y los de la "Unidad" que eran "macarteados por los perucas" -como denunciaba Moreno, levantando el dedo indice antes quela voz-.

Seguramente su paso por la Cancilleria en los '90 terminó de definir lo que por aquellos años eran insinuaciones: "Rajar de Rosario" -como le había dicho a mi viejo en París- y su apego por la pilcha, una rara avis entre los periodistas. Lo demás es publico y notorio.

Discutíamos mucho y muy bien, desde el ingreso a la Facultad en 1982 hasta hace 15 días cuando le reprochaba su "porteñismo" a la hora de escribir sobre politica de Santa Fe.

-Kimba dejate de joder con que no va a haber interna, nosotros aca escribimos lo contrario-, le dije con el tono de siempre, sin reparar en que ya estaba en sus últimos días.

-Dejate de romper las pelotas, vas a ver que tengo razón, pero quedate tranquilo que no te voy a obligar a pedirme perdón-, me dijo él con ironía.

"Gordo, no te calentés... son boludeces", se despidió. Tenía razón.

Aquel verano rosarino

Por Horacio Vargas

Nos conocimos en la redacción de Risario, esa revista de humor aborigen que todo el mundo aún recuerda. Eramos jóvenes. El se encargaba de los reportajes políticos; yo de la sección espectáculos. Nunca olvidaré la entrevista que le hizo al ex gobernador José María Vernet en su casa de Fisherton. "El poder seduce", le dijo el Tati y él insistía con su editor que ese tenía que ser el título de la nota. Y así fue.

Risario cerró y el paso del tiempo nos encontró compartiendo la planta alta de una vieja casona de calle Santa Fe, entre Maipú y San Martín, donde se montaron distintas oficinas. Era 1988. Y allí estaba la primera corresponsalía de Página/12 en la ciudad, antes de la existencia de Rosario/12. En rigor, era una habitación de techos altos, donde sólo sobresalía una mesa inmensa, una máquina de escribir -la querida Lettera-, un teléfono y diarios desparramados en el piso de parqué. No mucho más.

Desde la habitación contigua, jóvenes creativos habían montado un "estudio de publicidad". Eran tiempos de compañerismo, humor y debates interminables. El era redactor creativo.

Un verano -¿habrá sido mi primer verano en Página/12?-, le pregunté si me reemplazaría en Página todo el tiempo que duraran mis vacaciones de corresponsal. Su respuesta no se hizo esperar. Yo partí de viaje y él se hizo cargo de la corresponsalía. Nunca le pregunté qué sensación tuvo cuando leyó su primera nota en Página/12, "desde Rosario". Pero me imagino su felicidad de volver al periodismo. Después partió -como tantos otros- a Buenos Aires.

Nos volvimos a encontrar a la distancia, muchos años después; él desde Página en Buenos Aires, yo desde la redacción de Rosario/12. Le interesaba, mucho, darle espacio a la agenda política santafesina. Acordábamos por teléfono la extensión de las notas, nos contábamos anécdotas pueriles -recuerdo aquella en la que me confesó haber sido "el inventor" de la mesa de periodistas rosarinos aporteñados que se juntaban en un restaurante una vez por semana para recordar aquellos buenos viejos tiempos-, bromeábamos sobre nuestras identidades futbolísticas -él, leproso, yo, canalla- y coincidíamos en lo "linda que está Rosario", una visión que se llevaba luego de visitar a sus familiares en barrio Parque.

Pero ya no volveré a escuchar su voz en el teléfono; ya nadie se identificará desde el otro lado de la línea con el cariñoso: "Hola, Nene, te habla el Kimba". Porque Sergio Moreno, es y seguirá siendo "El Kimba", aunque ya no esté entre nosotros.

Pibe nuevo y del PC

Por Guillermo Lanfranco

Eran los primeros `80s y en el diario Rosario -Buenos Aires y Montevideo, 1º piso, sin ventanas, ni al exterior ni al interior- todo pasaba por la política, porque de eso se trataba por entonces la vida, con la dictadura en retirada y las primeras elecciones después de ocho años. La redacción parecía una multipartidaria. El Chango y su increíble capacidad para convencer sobre lo que inexorablemente iba a pasar, aunque después no pasara; la Pirincha con su recién adquirido alfonsinismo, apostando a un triunfo en el que pocos creían; Chacho, militante de un verticalismo, a esa altura, casi naif; el Chiva -barba Cyrano, ojeras azules- convenciendo a quien se le cruzara de que el futuro le pertenecía al PI de Oscar Alende; yo, iluso de que el peronismo todavía era un movimiento de masas con y a pesar de Luder; el Lobo, jodiendo con que la fórmula en realidad era Lüder-Bhittler.

En ese contexto, se sumó a la sección Cables -qué antigüedad- un chico de aspecto prolijo hasta para pegarle a las teclas de las duras Lettera. Sergio Moreno, pero me dicen el Kimba, se presentó. Militante del PC, me soplan. ¿Y éste? ¿Dónde se vió un bolche de mocasines y camisa de marca?

Horas, días, meses, de corregir, cortar y pegar cables; de volanta, título y bajada; de cerra páginas y páginas -por entonces armadas con pegamento sobre cartulina en el taller comandado por Lucio Castillo- sirvieron de primeras letras periodísticas para ese pibe que nunca decaía de ánimo; que siempre se mostraba seguro de lo que hacía; que parecía no tener punto de agotamiento físico; que aceptaba con gusto cualquier observación, como sabiendo que estaba empezando un camino del que no se iba a apartar. Obviamente se incorporó a las interminables discusiones políticas, claro que pagando el derecho de piso de ser "nuevo". Y a las madrugadas en la mesa del Chaco, siempre sobre la vereda de 3 de Febrero.

El diario Rosario se apagó en 1985. Con el handicap que da el paso del tiempo, y el sabor amargo de lo irrecuperable, uno se pregunta porqué no le sacó más el jugo, porqué no saboreó más, a tanto amigo de ocho horas compartidas por día, a tanto librepensador de escritorio de enfrente. Entre ellos, al Kimba.

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