rosario

Domingo, 31 de enero de 2010

LECTURAS

Plaza José Hernández

 Por Beatriz Vignoli

La plaza es un mundo. La plaza es mujer. Es el vacío central de nuestro vecindario, es más que su pulmón: Es nuestro corazón, que late sin cesar de encarnar la utopía realizada contra toda evidencia de decadencia del presente.

Ahora que un miedo irracional nos retira del espacio público y nos encierra cada vez más en nuestras casas, la plaza, a pesar de toda nuestra agorafobia (de nuestro literal terror al ágora), se yergue luminosa con su fresco traje verde y las joyas sonoras de sus pájaros. Canto la plaza pese a mi cobardía, la veo en mi ventana y me saluda, a toda hora, con el siseo de seda de su fronda y sus aves. Plena en su límpido cielo de verano, está ahí y, a diferencia de todo lo demás, ella sí es quien sería: el paraíso recobrado, la tierra prometida, la dicha en este mundo.

Antes, cuando nos mudamos, atraía a más enamorados, que se besaban en los bancos de madera sin pensar que alguien podía verlos; o más probablemente lo sabían y no les importaba. Todavía, a veces, se ven grupos de chicos jugando al fútbol. Los bancos de esa plaza fueron mi sofá para leer algún libro, en una de esas tardes ociosas de comienzos de siglo que ya casi no existen. El sol en esos bancos es la tibia caricia que se desperdicia cuando están vacíos: toda esa luz era para nosotros. Los mejores momentos de la plaza son al comenzar la mañana y al caer la tarde. Entonces el sol derrocha sobre todas las cosas sus pinceladas de oro radiante e inasible, sesgada luz que se sueña fantasma del oro antiguo. La edad de oro y la utopía de la plaza son un mismo instante ritual en la mañana, cuando la luz cierra el círculo entre el presente y el origen. Es un instante y después, enseguida, viene el día: profano y secular, sin secretos ni misterio.

Al final de la tarde, la luz brilla en la cruz metálica de Nuestra Señora de las Nieves, la iglesia en eterna construcción al final del Pasaje Holmberg y chispea un poco "igual que a la mañana" en sus vidriecitos de colores que parecen los de una casa de cuento.

A veces, en verano, el ocaso es lento y amarillo. Y cuando al fin cae, despeñándose casi anaranjada desde lo alto del más alto de los cipreses, la luz marca el comienzo de la nochecita que vira desde el lila al negro oscuro, pasando por un índigo profundo. Primero, en el lila, se encienden las farolas redondas frente a los edificios, lunas llenas dobles o triples que cuelgan a ambos lados y se yerguen arriba de sus pies de hormigón, finos y esbeltos como los de una copa alta de cristal.

Después viene ese azul prístino como el de un vitral cuya estructura de nervios de plomo, en invierno, fuese el ramaje pelado y oscurecido de los fresnos. En el verano, la penumbra nueva es la señal que parece detonar el encendido de fasitos que, como mínimas antorchas, inundan el aire de un olor dulzón inconfundible: el de la marihuana, no programado por los urbanistas.

La utopía realizada apesta a faso. Para los hippies viejos, es un perfume nostálgico, nostálgico de nuestra nostalgia por lo que sucedió antes de que naciéramos; para los jóvenes que lo usan de chill out acaso sea un aroma por el cual el presente se aplasta en sí mismo. Ya no brinda ese vértigo sublime, el del ahora mirándose en el futuro del pasado y comparándose con cómo sus proyectistas lo soñaron: ese acorde paterno es el alma de la plaza, que a través de todo cambio permanece en la arquitectura de sus antiguas formas, construidas para durar.

El huevero

En el sur el tiempo se repite, idéntico, en vez de crear momentos nuevos; nada de lo que sucede parece tener una ubicación precisa en el presente. Retornan día a día las ordenadas rutinas del vecindario: el lóbrego quejido de los goznes sin aceitar del portón de la cochera de al lado a las siete de la mañana; el pregón del huevero los martes y en verano el piar de la cigarra, a la que creíamos un pájaro: gu, gu, gu... ¡chuuub! El pájaro beatle, lo había apodado Déivid. A las 13:30 viene la ramplona versión grabada de los primeros tres o cuatro puñados de notas de "Para Elisa" de Beethoven por el parlante de la bicicleta del heladero (son las 13:30 y suena, exactamente cuando escribo esto). Y a media tarde, como una diana vespertina indicando el fin de la siesta, la cornetita del churrero ambulante. De tanto en tanto se suma la flautita aguda del afilador, que hace llorar a los perros al herir la sensibilidad de sus tímpanos. En el sur, los pregones de los vendedores ambulantes se mezclan con los cantos de los pájaros y el pregón suena como un clamor animal, un grito natal del mundo mismo.

"El huevero es como un Kant frente a un espejo deformante", interviene Lisandro. "Un ente, que tiene un reloj interno y pasa siempre a la misma hora. Aunque la Presidenta haya decretado que las once ahora son las doce, para él siempre son las diez". ¿No eran las once? "No, las diez. Él tiene otra hora. Su paso es una deformación del espacio tiempo". ¡Un infundíbulo cronosinclástico, como dice Vonnegut en Las sirenas de Titán! "Claro. Por eso le oímos gritar "¡Huó!" y no "¡Huevos!". Cuando le compramos, le estamos comprando al que pasó ayer". ¿Y es siempre el mismo, o es cada vez uno distinto? "Ah, eso nadie lo sabe", responde solemnemente Lisandro. "Para los hombres de nuestra generación, es un interrogante que quedará sin respuesta".

2 de octubre de 2005

Pucha que no era tan fácil escribir sobre pájaros. Separan los indicios, estos bichos astutos. No es como en los dibujos animados de Disney, donde ves el pájaro cantando, no. En su vida semi silvestre, el pájaro canta escondido en la espesura. Si se deja ver, es que está muy alerta; y tal caso está mudo. Los pájaros no son estrellas de rock. Los pájaros, como los analistas freudianos ortodoxos, se vuelven invisibles para decir lo suyo. O el pájaro audible, o el pájaro visible: una de dos, y a que a la taxonomía te la arme Holmberg. Acá en la plaza hay unos que necesito saber cómo se llaman porque, si mis sentidos no me engañan, emiten un canto remotamente parecido al estribillo de "Yo soy la morsa" y quiero ponerlos en la nueva novela como remate del pregón del huevero. Sería una cita casi textual de los Beatles, armada cual ready made o collage con elementos provistos por el azar objetivo. Cosa providencial, si las hay: mudarse uno al pasaje Holmberg, llamado así en honor a un injustamente olvidado escritor y naturalista argentino, y que la vida te cante un tema pop clásico...

Necesitaría una siesta.

"Dormir, tal vez soñar...".

Zoo ilógico

Un auto permitiría hacer las compras en supermercados distantes y más económicos. A los de a pie nos basta con los dos "súper" y las cinco verdulerías de la zona; con las innumerables carnicerías del vecindario, una de las cuales "la de San Martín y Amsterdam, que tiene la mejor" exhibe un antiguo gráfico estatal de los cortes tradicionales. O con el almacén de Walter sobre calle Laprida (entre otros; ¡pero Walter escucha rock pesado!), o con esperar al huevero que llega cada martes por algún agujero de gusano desde algún universo paralelo. O con aquel otro viajero del tiempo, que ya no viene más: "el verdulero lindo", como lo había apodado Déivid. Llegaba cada mañana en su camionetita y las vecinas se arracimaban alrededor. A mí no me parecía lindo pero para Déivid no sólo tenía pinta, sino que ésta lo ayudaba a sonsacar chismes. Nos ponía un poco paranoicos el verdulero aquel, pero era más cómodo que tener que lidiar cuerpo a cuerpo con desconocidos más aptos que uno en los scrums de la lucha darwiniana por la balanza de la verdulería del supermercado La Sandro, que así se llama el supermercado de Uriburu y San Martín; al de San Martín al 5000 todos le decimos "el Lorena". La inversión de géneros no nos es extraña. Tampoco el involuntario humor de los nombres de las panaderías. Las dos tradicionales (la de Conce, en la esquina de Esteban de Luca y Buenos Aires, frente a la iglesia de la parroquia Nuestra Señora de las Nieves, y otra detrás de la ex parrilla "La Amistad") se llaman, respectivamente, De las Nieves y La Flama. Los dos extremos. "La flama detrás de la amistad", escribí una vez en un borrador que después borré. Junto a La Sandro, frente a la parrilla, está el restaurante "Amorfar", del Club Social y Deportivo "Voluntad". El club conserva su antiguo mobiliario, de una dignidad tal que da vértigo. El restaurante tiene, en la tradición nostálgica de la zona, retratos desde el Negro Olmedo hasta el Che Guevara. En la zona hay varios clubes sociales y deportivos. Está el Canals, por San Martín; se puede contar además como club social al centro vecinal Hertz, cerca del Distrito Rosa Ziperovich. Dio glorias del fútbol el Club Central Córdoba, a cuya hinchada hoy le ha ganado terreno la guerra de pintadas entre Central y Newell's. El más cercano a casa es el Club Atlético Olegario Víctor Andrade (C. A. O. V. A.), en la esquina de San Martín y la calle del mismo nombre. Su cafetería es un café de barrio cuya alma de tango resiste entre la música de radio y la remodelación. Los únicos habitués del cafetín eran hombres hasta que empezamos a sentarnos a leer, por separado, dos vecinas: la filóloga Silvia Rivero, que estudia a Saussure, y yo. El C. A. O. V. A. es el tradicional rival del Club Tiro Suizo, de cuyo polígono creí que venían los tiros que luego supe eran de rifles de aire comprimido de chicos que les tiraban a los pájaros de la plaza. Los tiros y los cohetes son parte del paisaje. Este es un barrio donde el agua corriente llega a los departamentos gracias a las cisternas que el consorcio de cada edificio mandó construir por cuenta propia para hacer subir el agua de red. Se llama Barrio Las Heras, pero le dicen el barrio militar, aunque lo único que queda hoy del Regimiento 11 "luego, Batallón de Comunicaciones 121" se mudó a la provincia de Corrientes. Antes, cuando llegamos, oíamos todavía las prácticas militares.

Es un barrio olvidado de la mano de Telecom, donde sin una empresa multinacional petrolera no tendríamos Internet pública. Donde muy de vez en cuando hieren o matan a alguien para robarle, y la consternación se apodera de todos. Pero donde pese a eso se siguen entablando lazos de confianza: los martes, cerca del mediodía, se puede ver bajar desde algún balcón, colgada de una soga como un balde guiado por poleas, la cesta donde el huevero deja su mercancía y el vuelto.

Entre la parrilla y la panadería La Flama existe una callecita o pasillo, una anómala cortada peatonal, enrejada. A veces cierran las rejas, pero otras se puede ir desde la panadería La Flama hasta el bar de San Martín y cortada Bonpland. Amplio, umbrío y con un gato negro, de noche el bar es un karaoke. Me cuenta Lisandro que el pasillo se llama Pasaje Cambiaso.

Parte de la detención temporal del barrio sigue siendo lo abundante de las porciones de sus restaurantes, de esmerada atención, que ignoran la mezquina moda "chef" del centro. Y la generosidad de algunos comerciantes como Liliana, de la verdulería frente a la plaza, quien me separaba hojas de remolacha para los cuises de Déivid y me llenaba enormes bolsas mientras decía: "Tienen para entretenerse, los muchachos".

Cuando voy a la verdulería de Liliana alcanzo a ver, por entre las hendijas de las persianas bajas, la luz catódica del televisor en el living del historietista Mosquil (Gustavo Rojas). A la vuelta de casa, en uno de los chalets con jardincito delantero y garage de la Avenida San Martín, vive la novelista Angélica Gorodischer. Pocas cuadras al norte, por Mister Ross y también con jardín, reside la poeta Concepción Bertone. Si se sigue el pasaje Holmberg a contramano y a pie, se descubre que al oeste de la avenida el pasaje cambia de mano y de nombre y se convierte en José María Gutiérrez. En una esquina de la calle Gutiérrez está la casa paterna de Nancy Rojas, investigadora del Museo Castagnino y artista. También del otro lado de la avenida, por Olegario, hay un club que no había visto al principio: el Club Social El Ceibo.

A la panadería de Conce se llega desde casa por un caminito que separa entre sí el lado este del cuarto y último edificio, contando desde el mío, del fondo del primero de la vuelta, en la esquina de Holmberg y Buenos Aires. El caminito cruza toda la manzana y desemboca en Esteban de Luca. Está cubierto de césped y marcado por huellas de las llantas de los autos que de a poco van aplastando y hundiendo en la tierra las brillantes esquirlas de vidrio que quedaron del granizo de noviembre de 2006. Conozco bien este camino de tanto ir por acá a "la Shell": así le decimos a la estación de servicio Shell de Olegario y Buenos Aires, que nos saca de apuro cuando alguna tormenta rompe los cables del teléfono y hay que esperar tres días como mínimo a que vengan a arreglarlos. Y parece cuento, o parece una película, pero cuando voy a comprar tarjeta para mi celular, el empleado del servicentro que está contando las monedas de la recaudación del día tiene puesta una remera que dice: "Estamos tan cerca como su teléfono".

El sur es el futuro del pasado, sólo que el presente decidió asentarse en otra parte. Lo que queda acá es el siglo veinte mismo. Siguen acá los que llegaron antes que nosotros, cuando los chalets y los edificios eran nuevos y recién estaban asignándose a empleados públicos y a cuadros de las fuerzas armadas. Se acostumbraron y nos acostumbraron a nombrar las calles por su nombre de pila y no por su apellido: Esteban de Luca es Esteban, Andrade es Olegario. La Shell de Olegario y Buenos Aires tiene máquinas conectadas a Internet, dos de ellas con puerto USB para enchufar un pendrive. Cada puerto tiene un cable, y ese cable es el fino cordón umbilical que nos une al presente cambiante. Lo demás, no: lo demás es la radio, sintonizada en una FM "clásica" que pasa todas esas canciones de los años "70 y "80 que uno se alegraba de haber podido olvidar. En el invierno de 2007, Alejandro, el actual playero de la estación, atendía el mostrador del servicentro y deslumbraba con su erudición musical: oía un ringtone de música clásica y era capaz de adivinar el autor, la obra y hasta el movimiento. También sabe de jazz. Y de muchos otros temas. Tiene lo que se llama "cultura general", que todavía vale algo para los hombres y mujeres sensibles de nuestro barrio: le reconocemos de común acuerdo su valor de uso, si no el de cambio. La cultura alivia la vida, nos decimos. Es que nosotros, los sensibles de zona sur, tenemos una vida que necesita ser aliviada. O eso creemos. Nos comparamos siempre con los del centro, nunca con los que están aún peor.

El sur cambia de a poco. Una inercia propia del lugar hace que las cosas se modifiquen recién cuando nos hemos encariñado con ellas. Es así que nos duele cada negocio que se funde y cierra. Los que no, están ahí como si hubieran estado siempre; los que desaparecen, si no han durado lo suficiente para recordarlos, es como si no hubieran existido.

* Fragmentos editados de Kozmik tango (crónica, Editorial Municipal de Rosario, 2009)

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Imagen: Beatriz Vignoli
 
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