CIUDAD › LA SOBREVIVIENTE EMMA BUNA RECORRIó LA CALAMITA

Recuerdo de algunos lugares

Tuvo dudas, atenta a los importantes cambios edilicios que sufrió la casa donde se presume estuvo detenida junto a su marido desaparecido. Pero aseguró que algunos elementos presentes en su recuerdo están nítidos en el lugar.

 Por Sonia Tessa

Emma Stella Maris Buna bajó del auto y no pudo evitar el llanto. Estaba frente a la casa conocida como La Calamita, el lugar donde se presume que estuvo cautiva durante 40 días, a partir del 18 de febrero de 1977. En el mismo centro clandestino de detención mantuvieron prisionero a su esposo, Guillermo White, que continúa desaparecido. Buna se tapó la cara, llorando. Luego, enfrentó al pasado, e ingresó a la casa. Una vez adentro, no se produjo la revelación que ella esperaba, pero sí reconoció algunos lugares. Caminó mirando las baldosas como lo hacía debajo de la venda que le tapaba los ojos cuando estaba secuestrada. Uno de los recorridos lo repitió con los ojos cerrados. Tuvo dudas, atenta a los importantes cambios edilicios que sufrió la casa, pero aseguró que algunos elementos presentes en su recuerdo están nítidos en el lugar.

Antes de entrar a La Calamita, en Granadero Baigorria, Buna se abrazó con Marta Bertolino, también sobreviviente de otro centro clandestino y coordinadora de la Unidad Terapéutica de Atención a Testigos de la Secretaría de Derechos Humanos de la provincia. En ese momento, ante la conmoción de la testigo, los integrantes del Tribunal, Beatriz Barabani de Cavallero, Otmar Paulucci y Jorge Venegas Echagüe, les pidieron a los abogados defensores, querellantes y otros funcionarios judiciales que se alejaran hasta que se tranquilizara.

Buna tardó pocos minutos en recomponerse y comenzó ese recorrido que, como había dicho el día anterior en su declaración, era también una necesidad personal de saber adonde estuvo. Buna se fue del país en 1979 y actualmente reside en Francia, desde donde llegó para dar su testimonio en el juicio contra cinco represores de Rosario.

Una vez adentro, Buna recorrió cada uno de los espacios. Del baño, recordaba con nitidez que tenía dos puertas, y una de ellas daba a la habitación donde estaban los prisioneros hombres. Esa segunda puerta ahora está tapialada, y la habitación contigua fue derrumbada, aunque queda el techo de chapa con canaleta como testigo de su existencia. La sobreviviente también recordaba que para llegar al baño debía recorrer lo que funcionaba como cocina -donde ahora sólo hay entradas de agua y gas , y otro espacio, que imaginaba como una galería, con un piso viejo, como son las baldosas de la habitación de ingreso a la casa. "Podrían ser", indicó. Recordaba la vueltita a la izquierda que debía dar para ingresar al baño, otra situación que pudo reconocer ayer. La testigo había mencionado anteayer, en su declaración, que el baño tenía una ventana hacia a un jardín, donde se veía césped y algunos árboles. Esa ventana -entonces siempre entreabierta, ahora también tapialada es tal como ella la recordaba. Luego, Buna salió de la casa y se paró delante de la ventana, con los ojos fijos en aquel horizonte que durante 40 días fue su único contacto con el mundo exterior.

Fueron casi dos horas de recorrida. Los tres magistrados la acompañaron en todo momento. También estuvo la fiscal Mabel Colalongo con su equipo, los defensores, y varios abogados querellantes. Los espacios eran pequeños para albergar tanta gente. El baño fue el primer lugar, y luego el espacio de la habitación derrumbada donde pudieron estar los hombres. Luego volvieron adentro de la casa, y fueron hacia la parte de atrás, donde Buna pudo reconocer el desnivel que recordaba para entrar a la habitación donde estuvo cautiva. Estaba al fondo. Para ir al baño, pasaba por un espacio más largo que ancho, donde quedaban restos de una vieja cocina. Más tarde, atravesaba la habitación de entrada, y allí daba la vueltita a la izquierda para entrar al baño. Por la puerta situada a la derecha del inodoro la testigo recordaba haber escuchado las voces de los hombres que estaban secuestrados. Una de las veces que pasó por la habitación de ingreso -un espacio amplio, tipo galería, que recordaba como un paso hacia el baño , también dijo que sabía que allí había una abertura grande, "por donde ellos entraban". Ellos eran los integrantes de la patota.

Buna estuvo serena. Caminaba despacio, respondía preguntas, cerraba los ojos para rememorar sus pasos de entonces. Ponía en su cuerpo los pocos indicios que pudo recolectar durante los días que pasó tirada sobre un colchón. Mientras caminaba con los pasos de entonces, hacía señas con las manos, para orientarse en aquellos viejos lugares. Una de las veces que estuvo en el baño volvió a mencionar los aviones que escuchaba desde su lugar de cautiverio. Para ella, durante años, esa fue una prueba concluyente de haber estado en Funes. Sin embargo, más tarde, una de las abogadas querellantes, Nadia Schujman, puntualizó que muchos sobrevivientes de La Calamita recordaban haber escuchado aviones.

En un momento se escuchó un tren. La defensora de Pascual Guerrieri, Mariana Grasso, pidió que constara, ya que durante su declaración de anteayer Buna había dicho que no oía ruido de trenes desde su lugar de cautiverio, pese a haber pasado "varias veces" por vías del ferrocarril cuando la secuestraron y la llevaron hasta su lugar de cautiverio. Barabani se lo mencionó a la testigo, pero Buna tampoco pudo negar terminantemente haber escuchado trenes.

Una vez que el recorrido terminó, cuando Buna volvió a pararse frente al lugar donde -se presume estuvo su esposo secuestrado, Barabani le preguntó cuál era su sensación. Ella le dijo que había cosas que podía reconocer, pero no quería apresurarse. También Bertolino se acercó a preguntarle cuál era su sensación. Buna repitió que podía reconocer la ventana del baño, la puerta que llevaba a la otra habitación -hoy inexistente , el desnivel para llegar a la habitación donde ella estaba, la cocina, las baldosas de aquello que recordaba como galería. Pero no había aparecido aquel detalle que despertara nuevos recuerdos. En cambio, apenas llegó al predio de Funes donde funcionó el centro clandestino de detención conocido como El Castillo, fue contundente: allí no estuvo secuestrada.

Mientras Stella Buna estaba en el baño, el espacio que recordaba con más nitidez porque era en el único en el que le permitían estar sin los ojos vendados, mil y un detalles que podían observarse en la casa -hoy habitada hacían contraste con el anterior destino del edificio. Una mochila escolar de Barbie colgada de la pared, un juego de metegol apoyado sobre una escalera de material en el costado izquierdo de la primera habitación, trofeos de campeonatos de fútbol infantil en un viejo aparador. Más allá de la apariencia actual del predio, Buna estuvo concentrada en recordar ese espacio tal como era cuando ella estuvo privada de su libertad allí, cuando "los tipos" (como ella les dijo durante su declaración) se habían apoderado de la vida y la muerte.

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Buna (en el centro de la foto) estuvo serena durante toda la recorrida.
 
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