CIUDAD

Sobre este papel provisorio

 Por Miriam Cairo

¿Qué se puede hacer con un diario? Divulgar noticias. Envolver huevos. Evitar el monopolio. Pensar igual. Encender fuego. Pensar distinto. Adiestrar al perro. Ocultar noticias. Protegerse del sol. Rellenarse como un objeto frágil que será transportado en el camión de mudanzas. Soltar palabras. Ponerlas sobre la página aunque sea difícil, aunque no digan lo que debe decirse, aunque digan lo callado, aunque salpiquen, aunque enmarañen, aunque perturben.

También, en una página, sobre un papel discutido, perecedero, humilde, cotidiano, se puede pensar por qué somos tan iguales y tan distintos. Por qué un hombre está arriba y otro abajo. Sobre este papel provisorio, igual y distinto, es posible colocar palabras convergentes, balbucidas, desgarradas en su árida piedad comunicante, y con un coraje venido de lo irremediable, es posible tender el delicado hilo que une lo que está desunido.

En términos de aire y circunstancia suele ocurrir que escribo sin saber muy bien si esta página es un templo, un cuarto de hotel, un hueco en mi mano, un domicilio equivocado o el revés del espejo. En ocasiones escribo con la llave del sueño que abre la realidad, en ocasiones, con la llave de la realidad que abre el sueño.

A pesar de mí, o por mí, involuntariamente y a conciencia, dejo entrar en la página a mis animales indóciles. Dejo que con sus narices huelan la hierba negra, que agiten las crines incendiadas y se besen como si tuvieran boca. Las bestias chupan letras, las absorben, y de vez en cuando levantan la cabeza para escuchar el murmullo de la vida corriente que está luchando con un hombre arriba y otro abajo. Todas las palabras que salieron de mi cuerpo, todas las palabras que eran mi cuerpo, se van para siempre, hechas página montada en sus lomos calientes. Vaciada de ellas no es fácil saber quién soy en términos de bestias y mataderos.

"Para desarrollar su teoría de la relatividad,/ Einstein se limitó a pensar en el universo./ Eso es lo único que de verdad es necesario/ hacer. Sentarse y pensar./ Y pensar./ Y pensar./ Y pensar./ El mundo entero se estrella, hecho pedazos, a/ tu alrededor." En términos de aire y circunstancia, Roger Wolfe tiene razón. Esta página es un templo donde me recojo. Esta página es un cuarto de hotel donde me desnudo. Esta página es un hueco en mi mano donde me escondo. Esta página es un domicilio equivocado donde yo es otro. Esta página es el revés del espejo, con el centro errante, vacío, hospitalario.

Mi Wolfe tiene razón: esta página es el universo que se estrella a mi alrededor y yo recojo sus esquirlas, sus palabras animales y las vuelvo a colocar sobre este papel de diario por enésima vez, como si fuera el corazón de una mujer escandalosa que usa el dedo de Dios para crearse y destruirse.

En esta página, que es un templo o un zaguán o un catalejo, estoy casi segura de que la muchacha pelirroja parada en puntas de pie sobre mi memoria no es mía, sino de Lispector, o de Bolaño, o de Cheever. Tan segura como que las palabras, que se habían ido para siempre, vuelven con aire de no haberse ido nunca.

Aunque pudiera, no demoraría un minuto en caer rendida ante sus gestos de muchachas pelirrojas que fingen salir de un templo y vienen al papel, forradas de besos, llenas de mentiras de vírgenes desfloradas, envueltas en papel de huevos.

Traen sus tetas. Suben al colectivo con sus tetas. Las lavan, las secan, las perfuman, las exhiben. En cada teta un sueño, en cada una un mordisco, un soplo, un hijo por venir, un universo. Tetas blancas, purísimas, para el viejo y para el idiota. Una para el sargento y otra para el cura. Una para la secretaria y otra para el cartero. Tetísimas discontinuas, contravencionales, monosilábicas, lésbicas. Tetísimas amasadas al amparo divino de un dios divino que no teme, no culpa, no eterna. Sendas tetas de luna. De bromuro de potasio redimido. Palabras tetas que se fueron para siempre y vuelven a ser mías, mías y de esta página provisoria que usa el dedo de Dios para escribirse.

En términos de aire y circunstancia suele ocurrir que escribo sin saber muy bien si esta página es un planeta, un portalápices, un libro prohibido, un ala de dragón o en una taza hondísima. Hendida. Inexistente. Febrilmente lacaniana escribo a rabiar, consciente de que la luz es fuente de todo ocultamiento.

Así como los amigos de Ulises fueron transformados en cerdos, las palabras pelirrojas fueron transformadas en tetas. Narciso se transformó en flor. La princesa se transformó en silencio. El caracol se convirtió en esposo. Esopo se transformó en fábula. La fábula se convirtió en Monterroso, Monterroso se transformó en lámpara, la lámpara en Clarice, Clarice en Marosa, Marosa en el colibrí que la libaba, el colibrí en este susurro escandaloso que se estampa sobre el papel provisorio y me vacía, me licua, me despoja.

En términos de aire y circunstancia, llega la noche del desapego, la noche en que las palabras vuelven a irse para siempre. Las paredes del cuarto lentamente se cierran. Por la curva de la cintura me entra una desaparición penetrante y cierro los ojos tratando de dormir con algo menos entre las venas.

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