CIUDAD › ALEJANDRA Y SANDRA ROUTABOUL BRINDARON TESTIMONIO EN LA CAUSA VIGIL

Consecuencias de la barbarie

Integrantes de una familia estrechamente vinculada con la Biblioteca, las hermanas Routaboul aportaron relatos desgarradores sobre la intervención militar y la captura de su padre, que moriría en 1983 luego de una profunda depresión.

 Por Lorena Panzerini

Alejandra Routaboul fue alumna de la última promoción de graduados del secundario en la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil, antes de su intervención en 1977, durante la última dictadura militar. Con sus propios ojos vio el crecimiento de la institución, y participó cuanto pudo de todas las actividades que se ofrecían. "Vigil se convirtió en un pequeño monstruo en el barrio", dijo la mujer sobre aquellos tiempos que marcaron su infancia, y cada uno de sus días posteriores. Es que su padre formaba parte de la comisión directiva, como síndico, y al ver caer el trabajo de años, con el saqueo y despojo que sufrió la comunidad educativa de la biblioteca, entró en una profunda depresión tras estar ocho meses detenido en Jefatura. "Todos los miércoles, con los ojos vendados, en el subsuelo de la Jefatura, y mientras oía gritos desgarradores por lo que les hacían a otros detenidos, le ponían mi voz y la de mi hermana menor llamándolo: `Papá, papá...", relató sobre lo que supo mucho tiempo después de la muerte de Francisco Routaboul, quien falleció en 1983, a los 50 años. "Lo dejaron morir", sostuvo su hija en la declaración de la semana pasada, en el marco de la causa Vigil que investiga la Justicia Federal.

Alejandra cursó el secundario entre 1972 y 1976. Durante su infancia, estudió guitarra y teatro; y practicó vóley en lo que era la universidad popular de la Vigil. Toda la familia formaba parte de aquel espacio que vieron crecer. "Al día de hoy, no hubo otro proyecto educativo que pueda emular lo que fue la Vigil", aseguró la docente que hace 28 años trabaja en la escuela primaria Nº 518 y en la EEM 514. "Mi enojo es con todos los gobiernos democráticos que miraron para otro lado. Hoy estoy agradecida porque en este momento alguien escucha la necesidad de muchos. Voy a sanar la historia de mi papá, el día que se haga justicia por eso", dijo Alejandra. Sandra, su hermana, agregó que "debe valorarse lo que está haciendo el Gobierno Nacional, porque es lo que esperaban millones de familias".

En su testimonio, Alejandra dio cuenta de que "la Vigil se sustentaba con la rifa. Los que hacíamos actividades en la universidad popular las vendíamos y eso nos posibilitaba viajar gratis a algunos lugares turísticos. La Vigil se destacaba por el compromiso que tenía con todo el barrio. Después se expandió a toda la ciudad y a nivel nacional. Así la rifa llegó a casi todo el país. En ese entonces, vivíamos en La Falda, Córdoba, y le propusieron trabajar en una oficina de la capital con la venta de la rifa. En el 69, volvimos a Rosario. Desde entonces su trabajo fue muy cercano. La biblioteca empezó con el préstamo de libros, después se creó la escuela secundaria, la primaria y también había jardín y guardería, donde trabajaba mi mamá. En la secundaria había coro, folclore y talleres. Los adolescentes que no tenían posibilidades económicas tenían una beca a partir de cuarto año".

Los domingos eran los días más alegres de su niñez y adolescencia. "En Villa Diego funcionaba el centro recreativo: era un lugar gigante que llegaba a las barrancas del río Paraná. Era el paseo familiar obligado. Enfrente, se iba a construir un barrio para que la gente pudiera acceder a la vivienda. Sólo llegué a ver la maqueta", recordó Alejandra, que destacó: "En la época de toma de escuelas, nosotros tomábamos la Vigil para cuidarla".

La mujer recordó que los problemas empezaron "después del Rodrigazo (1975). Había desfasaje entre el costo de los productos de la rifa y lo recaudado. Aunque golpearon varias puertas, no hubo respuesta. El panorama se fue oscureciendo hasta que llegó esa noche, de la que no me acuerdo nada. Cuando llegaron a casa más de diez hombres -integrantes de la patota de Feced- armados y con uniforme, mi papá no estaba y le dejaron una cédula para que se presentara. Sólo me acuerdo de muchas llamadas telefónicas. Me queda la angustia, la sensación de desesperación y un sentimiento horrible. A mi papá le aconsejaban que se fuera, pero él respondía que no tenía nada que esconder".

Francisco Routaboul y Raúl Frutos -﷓vicepresidente de la comisión directiva﷓- se presentaron el 10 de mayo de 1977, según recordó Alejandra. "Mientras mi papá estuvo detenido había siempre un auto en la puerta de mi casa, y se quedó más de un año después que salió en libertad". Para la mujer, "el grueso de la gente no sabía qué estaba pasando. Supe de los interrogatorios y torturas a mi papá por boca de sus amigos, nunca por él. Tal vez, si le hubieran pegado, no habría muerto a los 50 años; pero sabían perfectamente cómo dañarlo".

Tras la detención de su padre, Alejandra recordó: "Cuando papá salió, nunca nos habló ni nos contó nada. Los compañeros que estuvieron con él hicieron algo para manifestarse; él se guardó todo y eso lo hizo mierda. No se repuso más, aunque intentó reinsertarse. Al tiempo tuvo un accidente neurológico, convulsiones y lo internaron. A los días pasó a terapia intensiva. Yo iba a verlo todos los días, hasta que empezó a mantener los ojos cerrados, apenas me hablaba; no estaba comiendo bien y el médico me dijo que `no quería vivir'".

Pese a la discusión con el director médico en el Sanatorio Rawson -que ya no existe- ante la ausencia del profesional que atendía a su padre, y la imposibilidad de contactarlo, sumado a las corridas para hallar a un neurólogo externo al efector que lo atendiera, Francisco murió el 21 de diciembre de 1983. Alejandra tenía 24 años y un hijo pequeño, el primero de sus "tres soles", como ella les llama. Aunque insistió, nunca pudo recuperar la historia clínica de su padre, "joven y sano".

La declaración de Alejandra, en el marco de la causa Vigil -desprendimiento de la mega causa Feced- iniciada en agosto pasado fue de las más "desgarradoras". Su hermana también declaró, y en su relato señaló que "la Vigil era una familia".

El fiscal, Gonzalo Stara, escuchó también a testigos que dieron cuenta de las actividades que desarrolló la biblioteca, del desguace al que fue sujeta, y sobre la cantidad de propiedades que tenía. Todos los relatos son corroborados con las pruebas documentales que acompañan la investigación.

En tanto, los relatos de ex alumnos, entre los que está el de Sandra, siguen dando cuenta de los interrogatorios que sufrían algunos estudiantes, incluso de la exhibición de armas y el estado de abandono del edificio. Los testigos detallaron el contexto en que se produjeron los delitos contra el patrimonio de la biblioteca: amenazas de todo tipo, atentados con bombas y secuestro de docentes interrogados por sus actividades en Vigil. Y en relación a los delitos económicos, las declaraciones permiten desandar el camino del despojo de los bienes.

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Alejandra Routaboul y, de fondo, el histórico edificio de la Biblioteca Constancio Vigil
Imagen: Alberto Gentilcore.
 
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