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Viernes, 4 de diciembre de 2009

¡UFA!

La estafa

Mauricio Macri podrá decir que él no tuvo la culpa. Podrá usar esos mismos términos, incluso, en su próxima reunión con el cardenal Jorge Bergoglio: culpa es una de las palabras favoritas de los prelados. Mauricio, como a él le gusta aclarar cada vez que puede, no hizo nada. El no fue responsable. El fue la víctima, no de un complot del Ejecutivo nacional como en el escándalo de los espías contratados por su gobierno, sino de un “conflicto jurídico” que le ató las manos y evitó que Buenos Aires fuera la sede del primer matrimonio de una pareja del mismo sexo en América latina. ¿Y qué más podía querer un jefe de Gobierno que siempre está jugando al “yo no fui”?

Los trajes nupciales de Alex Freyre y José María Di Bello no pudieron ajarse con esos abrazos que imaginaban para después de haber dado el sí. Sus corbatas de moño y sus lazos rojos —símbolo internacional de la respuesta a la pandemia del sida— debieron ser guardados. Tal vez se lleven a su refugio las marcas de unas lágrimas y ese olor del perfume de los días especiales.

La estafa se consumó después de tres horas de espera en el mismo Registro Civil donde iban a inscribir su unión: un proyecto personal y político, una manifestación de amor y de lucha. Todo ese tiempo se tomó el jefe de Gobierno de la Ciudad (¿Autónoma?) de Buenos Aires para quebrar la cintura y dejar que pase, sin tocarlo, el conflicto que lo incomodaba. El era el único que podía hacer valer la autonomía de la ciudad de Buenos Aires consagrada por ley y exigir que se cumpla la sentencia firme de la jueza en lo Contencioso Administrativo Gabriela Seijas, declarando la inconstitucionalidad de los artículos del Código Civil que restringen la figura del matrimonio a parejas formadas por un varón y una mujer. Fallo que la jueza emitió y ratificó el día mismo de la boda para contrarrestar el pedido de nulidad de una jueza del fuero civil de la Nación. Pero las “convicciones personales” no le alcanzaron a Mauricio Macri para hacer algo más que nada —de hecho su gran acto a favor de las libertades personales había sido abstenerse de una acción—.

“Esta no es una derrota —dijo María Rachid, presidenta de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans; tan emocionada como triste ese 1º de diciembre—, es sólo la suspensión de una medida.” Y no, no es una derrota aun cuando el gusto a hiel esponje la lengua. Es nada más la sensación de haber tocado un cielo particular para despertarse enseguida con los pies en la tierra. Aunque en esta misma tierra ahora hay huellas que no pueden desandarse: por ejemplo, la figura de las Madres de Plaza de Mayo poniendo el cuerpo y sus pañuelos junto a un reclamo de igualdad que reconocen como propio. Por ejemplo, el fervor militante de quienes ahora saben que es posible abrir una grieta y que la voluntad puede convertir a esa grieta en derrumbe: si hasta el más conservador de los sentidos, el común, se rinde ante la evidencia de que es ridículo que se prohíba que dos personas se casen si lo que desean es compartir su vida y sus proyectos.

Sobre esas huellas se seguirá caminando, aun con estrategias diversas. Con boda o sin ella, es evidente que la imaginación no se deja moldear por lo posible sino al contrario. Y si ahora el matrimonio sin restricciones es el próximo paso, el único desafío es imaginar cuál será el siguiente.

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