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Viernes, 19 de febrero de 2010

ENTREVISTA

Entre dos orillas

Padre de dos hijas, uruguayo de nacimiento y argentino por adopción, Carlos Alvarez hace de su identidad como hombre gay y afrodescendiente una militancia cotidiana, tanto en la organización Africa y su Diáspora como en la Federación Argentina de Lesbianas, Gays y Trans.

 Por Damián Martino

¿Cómo fue tu comming out?

—Mi comming out fue bastante difícil. Yo en principio era un militante afro y tenía mis prácticas ocultas. Era difícil compartirlo con mi familia y grupo de amigos. Hoy, años después, recordamos cuando les mentía para hacer escapadas y nos reímos, pero en su momento no fue fácil. En muchos contextos de Latinoamérica no es fácil. A mí me empezó a hacer ruido todo esto de tener una doble vida, yo tenía en claro que era insalubre y no podía sostenerlo por mucho tiempo más. Ahí fue cuando comencé a romper puertas. Yo tengo dos hijas, de seis y siete años, y una de las cosas que yo siempre quise es que las mamás de ellas siempre supieran que soy gay y que sólo las iba a acompañar en la paternidad. Eso es algo que siempre quise, así como también que mis hijas siempre supieran que yo soy homosexual desde cero. Yo estoy re feliz porque ellas conocen a mis novios, nos fuimos de vacaciones juntos, mis hijas comparten todo conmigo. A mí me parece que si lo vivís con naturalidad y demostrás una naturalidad, ellas lo absorben.

¿Creés que es más difícil para un afro salir del closet?

—Depende del contexto, por supuesto. Nosotros tenemos contactos con muchas organizaciones africanas y lo que nos cuentan es desgarrador: el hostigamiento, las muertes que han tenido y las prácticas homofóbicas en todo el continente. Es muy triste que sigan pasando estas cosas en el siglo XXI. En la Argentina, nuestro posicionamiento también es bastante complejo porque, por un lado, uno tiene una lucha clara contra la discriminación y la violación a los derechos humanos en cualquier parte del mundo pero, por el otro, hay que tener en cuenta la coyuntura de cada uno de los países. Así como en Sudáfrica se logró instalar el matrimonio gay, en Uganda están matando a las parejas homosexuales. Por eso, cada nación debe tener su propio proceso.

¿Cómo surgió la Asociación Civil Africa y su Diáspora?

—La organización nació como una revista en el año ‘96, a partir de la iniciativa de varios compañeros que querían promover acciones en la Ciudad de Buenos Aires, basadas en políticas para la comunidad africana. En aquel momento no circulaba ningún tipo de información con respecto a lo que sucedía con la movida afro, por lo que era urgente la necesidad de contar con una publicación que propiciara una propuesta de participación de los afroargentinos. Africa y su Diáspora surge después, con un concepto amplio e integrador, que involucra a todos los nativos y descendientes que se encuentran en el continente.

Naciste en Uruguay y allí comenzaste tu militancia en contra de la discriminación racial. ¿Cómo llegaste a la organización?

—Ni bien me instalé en Buenos Aires, comencé a realizar recorridas por distintas organizaciones que trataran el tema de la segregación étnica. Sinceramente tenía muchas ganas de trabajar en una asociación que albergara los derechos de las comunidades afro; por eso, cuando di con Africa y su Diáspora, inmediatamente enganché con el perfil de mis compañeros. Además tenían una propuesta clara que explicaba cómo tener políticas públicas, generar acciones y visibilizar la cuestión de todos los afrodescendientes. Así fue como comencé a integrarme a la organización y, rápidamente, me ofrecieron incorporarme a la Secretaría General, lugar en el que me desempeño hoy.

Hasta el momento, ¿cuáles fueron los logros de la asociación?

—Yo creo que el éxito más importante es la incorporación de la pregunta sobre el origen poblacional afroargentino en el Censo 2010, que va a cambiar profundamente las condiciones de la comunidad en el país, ya que hace más de 115 años que no se revelan datos sobre los pueblos africanos. De esta manera, luego de diversas tratativas, se logró un acuerdo con el Indec, y de aquella negociación surge el siguiente interrogante: “¿Usted o alguna persona de este hogar es o tiene antepasados de origen afrodescendiente o africano, ya sea padre, madre, abuelo o bisabuelo?”. A raíz de la pregunta, vamos a saber cuántos somos, en qué condiciones estamos y de qué manera vivimos. Desde allí partiremos con una lucha más clara en la determinación de políticas públicas y en la cobertura de necesidades históricas.

¿Cómo llegás desde la militancia contra el racismo en el marco de Africa y su Diáspora hasta la lucha contra la homofobia y el machismo?

—Soy activista desde los 18 años y, si bien desde esa época ya sabía que me gustaban los chicos, me resultó sumamente complicado el hecho de politizarme abiertamente como afro gay. Por eso militaba contra el racismo, por un lado, y mantenía mis prácticas ocultas, por el otro. A medida que pasó el tiempo y, más fuertemente cuando llegué al país, me he dado cuenta de que no es lo mismo ser un gay negro, que un gay blanco. Principalmente, en los boliches y otros lugares de levante veía que las cosas eran distintas para nosotros: están las maricas burguesas que miran por arriba con asco, como también aquellos que quieren cumplir la fantasía de estar con un negro y les genera morbo. Es así como se me ocurrió armar un espacio para pensar todo esto; principalmente, con el objetivo de verificar de qué manera incide la discriminación racial dentro de la comunidad homosexual y, además, para luchar contra las prácticas homofóbicas y sexistas dentro del colectivo afro. Así, la lucha contra la homofobia y el racismo debían ir de la mano.

¿Creés que hay un paradigma de belleza en la comunidad gay que legitima al blanco y que, por el contrario, el negro sólo es tomado como objeto de exotismo y fantasía?

—Absolutamente. Me acuerdo de que cuando me levantaba a un chico y me decía: “Vos sos el primer negro con el que estoy”, yo le contestaba: “Vos sos el blanco número 44”. La verdad es que esos comentarios son bastantes chocantes y en la Ciudad de Buenos Aires pasa mucho esto: vienen, te interrogan, te avasallan, se acercan y no les importa nada. En Uruguay la tenía mucho más clara y me movía con más facilidad en el ambiente. Acá fue todo un aprendizaje y, de repente, tuve que hablar un nuevo lenguaje totalmente desconocido.

Ahora bien, en el marco de Africa y su Diáspora, ¿hubo militantes que adoptaron actitudes homofóbicas con respecto a la lucha contra la discriminación sexual y de género?

—Sí. La sociedad africana también se encuentra impregnada por cuestiones ideológicas y por un conocimiento negativo de lo que es ser gay o lesbiana. Por otro lado, en el marco de los debates dentro de la organización, surge una cuestión que es necesario tener en cuenta. Muchos dicen: “Nosotros vamos a abogar por la no discriminación de los homosexuales, pero ellos nunca hablan de la importancia de no segregar al afrodescendiente”. Es así como nos dimos cuenta de la importancia de trabajar en profundidad estos temas, no sólo en el interior de la comunidad sino también con todos los gays y lesbianas que tienen una mirada bastante conservadora y racista. Por eso es necesario entender que no es lo mismo ser un homosexual afro que blanco, como tampoco es igual esta situación en la ciudad que en el interior del país. Hay mucha homofobia en la comunidad africana, como mucho racismo en el ambiente gay. Aunque también es cierto que en la Federación Argentina (Falgttb) tenemos un espacio para trabajar estos temas y es la Secretaría de Asuntos Etnicos. Por eso, los enemigos no debemos ser nosotros sino la transfobia, la homofobia y la lesbofobia. No nos tenemos que dividir por más que nuestros campos de acción sean distintos. Esa mentalidad tiene que cambiar.

En lo personal, ¿te tocó atravesar alguna situación de discriminación racial u homofóbica que te haya marcado profundamente?

—En realidad, viví varios episodios. Uno de ellos fue cuando no me dejaron entrar a un boliche porque soy afro, directamente por mi color de piel. Me chamullaron con que 'la casa se reserva el derecho de admisión', para luego decirme que no me dejaban entrar porque soy negro. También me pasó que no me frenaran los taxis porque una persona de color genera inseguridad o que me paren en la calle para pedirme marihuana, porque algunos tienen internalizado el estereotipo del negro con rastas y fumanchero. Sin embargo, hay varios aspectos positivos de mi vida que contrarrestan ese tipo de vivencias. Soy educador popular y trabajo con adolescentes, por lo que me enorgullece ver la repuesta positiva que, día a día, obtengo de ellos. Los jóvenes de hoy tienen una postura formada y quieren ser parte de los cambios. A ellos no les importa si soy afro o gay; por ello, aquellas cosas son las que me generan una gran y verdadera satisfacción.

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Cuando me levantaba a un chico y me decía: “Vos sos el primer negro con el que estoy”, yo le contestaba: “Vos sos el blanco número 44”. La verdad es que esos comentarios son bastantes chocantes y en la ciudad de Buenos Aires pasa mucho esto: vienen, te interrogan, te avasallan, se acercan y no les importa nada.
Imagen: Sebastián Freire
 
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