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Viernes, 8 de octubre de 2010

WEDDING PLANES

Como Dios manda

 Por Silvina Maddaleno

Pamela tiene 45 y una sonrisa que parece dibujada. Está en pareja con Bety, que acaba de cumplir 36. Se conocieron en Bariloche, en un negocio de venta de chocolates artesanales. Una buscaba bombones y la otra se desmayaba en medio de un tumulto de gente por una hipoglucemia. Pame es bioquímica, pero sus conocimientos de primeros auxilios la hacen sentirse comprometida ante cualquier incidente callejero. Por eso se acercó de inmediato. El desmayo duró poco, Bety pidió desde el suelo un caramelo y pronto intentó reincorporarse estirando su mano para recibir ayuda. La primera mano que tomó hizo que una especie de energía extrema le recorriera el cuerpo a máxima velocidad. Era la mano de Pamela y no la podía soltar.

Pamela se las arregló para dejarle en un papel el nombre del hotel y la habitación en la que estaba. Esa noche pasaron dos horas hablando por teléfono. Se encontraron y durmieron juntas los dos días que les quedaban del paseo. Aunque lo de dormir mucho no lo recuerdan. Desde ese día no se separaron. Hace ya diez años. Recibieron apoyo de muchos y rechazo de otros. Perdieron casi el contacto con sus familias.

Un día de 2006, de manera inesperada, la familia de Bety las empezó a invitar a las reuniones familiares. De la pareja no se hablaba, mucho menos de la homosexualidad, pero les dejaban saber, a su modo, que formaban parte. Bah, eso fue hasta el día posterior a la sanción de la ley de matrimonio igualitario. Porque ese día la mamá de Bety llamó a Pamela al celular. La felicitó por el logro de la “comunidad” y le dijo que ella y su marido querían invitarlas a cenar.

Lo tomaron como una señal. El mismo día de la cena misteriosa debían hacerse el test de embarazo, coronando el cuarto intento de inseminación. Habían sido los quince días más largos de sus vidas. Fueron las dos rayitas del test las culpables de que la sonrisa de Pamela empezara a convertirse en indeleble.

La cena familiar fue extraña. Hablaron de bueyes perdidos, hasta que Bety mencionó la nueva ley de matrimonio. Su madre, Margarita, repitió como loro la felicitación a la “comunidad”. Y esperó algún comentario por parte de las chicas anunciando su casamiento, cosa que nunca llegó. Lo que sí llegó, casi de inmediato, fue el llanto de Margarita. Dijo que por fin iba a poder verlas casadas y por qué no, dándoles un nieto. Oscar, el padre de Bety, no se quedó atrás y apostó a que los nietos fueran más de uno. Pamela y Bety se miraron pasmadas, no pudiendo emitir palabra. El momento del postre transcurrió calmo, aunque en una atmósfera extraña. Cuando estaban juntando los abrigos para irse, Oscar se acercó a Pamela y, en un tono desproporcionadamente compinche, le susurró al oído:

—Los nietos, después del casorio. Vos me entendés, ¿no?

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