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Viernes, 22 de abril de 2011

ENTREVISTA

La letra sin tregua

Pablo Simonetti es uno de los escritores jóvenes más leídos en su país, con ediciones agotadas no sólo en Chile, sino también en la Argentina; avalado por escritores tan distantes como Roberto Bolaño y Jaime Bayly, construye desde adentro y fuera de la literatura un discurso liberador del cuerpo y la diversidad. De visita en Buenos Aires para la Feria del Libro, conversa con Soy sobre el cambio lento y seguro en la sociedad chilena y su propio trabajo de hormiga.

 Por Facundo R. Soto

Perdón por empezar por la pregunta que siempre rompe el hielo cuando se habla con un escritor que es gay, ha escrito novelas donde la temática aparece. ¿Te considerás un escritor gay?

–En parte sí, porque me relaciono con escrituras gays, y en parte no, porque hay cosas que no están unidas necesariamente al tema. Hay asociaciones inconscientes como leer a Proust, él era gay; o a Joyce, que él no lo era. Mi búsqueda literaria está llevada por la sensibilidad gay, por la búsqueda de estilo como Alice Munro.

¿Se podría decir que hay una movida de escritores gays que están emergiendo bajo este rótulo?

–En Chile hay escritores gays que han fructificado, como Pedro Lemebel, pero son casos sueltos. Hay una generación joven que todavía no ha publicado. A mí, lo que me gusta en mi escritura es incorporar la subjetividad gay y la experiencia como un todo. En mis novelas siempre hay personajes gays y personajes no gays que se relacionan con ellos: esposas, madres, amigos, jefes. Y no necesariamente los problemas tienen que ver con su orientación sexual. Andrés, el protagonista de Madre que estás en los cielos, centraliza el conflicto en su salida del closet, pero su hermana también sufre la discriminación por no ser la hija que tendría que ser. Ella, que no es gay, también vive esa experiencia de opresión. El punto de vista puede iluminar diferentes vías, en vez de que el apellido gay se vaya apropiando sólo de algunos sectores. Creo que uno se puede fundir en la sociedad generando una mirada para todos, que sea posible no sólo para una minoría. Yo no busco que los lectores gays se identifiquen con mis personajes.

Pero si no fueses gay no podrías escribir de lo que hablás...

–Mi experiencia es fuente de lo que escribo, sin duda, y tiene un componente gay, pero no generando un subconjunto, sino algo que quede entrelazado con las diferentes formas de vida. Por supuesto que muchos de mis personajes tienen que enfrentar situaciones de discriminación. A mí me gusta la literatura femenina. El problema es cuando lo femenino está tratado dentro de una mirada solamente femenina, ahí no me interesa; si es más amplia sí, porque genera justicia, emociones. Me gustan las escritoras mujeres que no se restringen. Yo no me limito a lo gay.

Sin embargo, el tema de la identidad aparece como un tema recurrente...

–El tema de la identidad es esencial en lo que escribo, porque los personajes se enfrentan a lo que ellos son (sean hombres o mujeres). El mundo los hace interrogarse acerca de quiénes son en su vida íntima, con la pareja que tienen a su lado, en lo sexual, la familia, siempre como interpeladores. Eso ha sido hasta ahora.

¿Por qué hasta ahora?

–Porque estoy escribiendo una novela diferente. Me tiene entusiasmado y sorprendido. No tiene el mismo diapasón de las otras novelas. Tiene más que ver con el uso y abuso de las personas y la confrontación de la edad, que con la identidad. El personaje principal es un hombre mayor que se enfrenta con otro más joven que lo obnubila por las condiciones que tiene. Lo sigue en su vida, se obsesiona, le recuerda quién era él cuando tenía 26 años, y así aparece también retratada la sociedad, cómo fue cambiando. También habla de cómo se usa a las personas para las necesidades propias, de una manera casi siempre mezquina. Salí un poco de la identidad, antes era más reflexivo. Los personajes se cuestionaban las cosas que realizaban hasta no soportar la doble faz. El mundo los obligaba a mirarse desnudos por primera vez. En esta novela todos están hablando y tienen intención de generar su identidad en relación con este personaje principal que tiene algo que ver con él. Hay una mirada desencantada del hombre mayor, pero ilusionada a la vez y expectante por este joven para ver si es capaz de enfrentar esta jauría de lobos.

¿Cómo vive la sociedad chilena la aparición y el éxito de una literatura como la tuya?

–Yo creo que la sociedad chilena está madura y ansiosa por leer estos temas. Las novelas mías se vendieron muy bien porque había una necesidad. Rompieron las ventas del mercado natural, lo que habla de una sociedad más abierta. Acá en Chile la leyeron todos, desde las sociedades más conservadoras hasta las más abiertas. En el 2007 La razón de los amantes estuvo primera en las listas de ventas, superando a Harry Potter.

¿Tuviste que pagar algún precio?

–Me siento privilegiado de poder vivir de lo que hago. Cualquier sensación de marginación queda abolida por mi sensación de plenitud. Me relaciono con personas valiosas e interesantes. Tengo una buena relación con los medios. Antes me llamaban porque decía cosas que no había dicho nadie. Ahora es distinto, ya no porque sea un outsider o un freak, sino porque puedo presentar una mirada luminosa de las cosas.

¿En qué consiste tu actividad política de liberación sexual o antidiscriminatoria?

–Participo mucho en foros de antidiscriminación. Me siento incorporado al debate público. Por supuesto que ya no me invitan a cenar en la casa de los ricos como antes. Los amantes de Cristo no me quieren, pero mejor así. Escribo columnas que se titulan “Un Papa intransigente”, “Los imperios”, “Discriminación sexual”. Cuando hablo con pasión de lo que me mueve termina generando un espacio de respeto y atención. En Twitter discuto muchos estos temas. Por supuesto que todavía hay un grupo de personas homofóbicas; yo los reputeo y encima les llega una réplica de todos mis seguidores. La visibilidad gay en algunos lugares, por miedo e ignorancia, todavía no ha llegado. Yo trabajo para que las personas puedan decirlo y que no corran peligro en sus trabajos.

Tenés un artículo publicado acerca de la discriminación sexual en la educación y en el trabajo. ¿Cómo está el tema hoy en Chile?

–El mundo del trabajo se está abriendo: primero en las áreas más creativas, luego hacia las otras industrias. Antes, los gays trabajaban en publicidad, en el mundo de lo artístico, pero no salían del closet, por lo menos acá. Después, cuando lo hicieron, no hubo problemas. Ahora la cosa se está expandiendo.

¿Por ejemplo?

–Ahora tenemos un presentador de televisión que es gay y dos conductores de noticieros centrales que son abiertamente gays. Hay algo comunicacional que me parece que es bien gay. Agencias de comunicación, de lobby, fotógrafos gays. Ahí hay un mundo abiertamente gay; y las empresas tradicionales se relacionan con ellos perfectamente, sin problemas. Es en el interior de las empresas tradicionales: productivas, financieras, industriales, de planta, en el mundo de la política, incluso en el de la educación, donde todavía se está vedado decir que uno es gay.

¿Y qué pasa con la persona que hace una ruptura y lo declara?

–Decirlo hace que uno se vea afectado en su desarrollo profesional o en la confianza que a uno se le tiene. Todavía hoy, personas declaradas abiertamente como gays no pueden ocupar grandes lugares de poder en la política o en grandes empresas nacionales. Yo confío en Chile como sociedad. Ha cambiado su posición con velocidad: el 70 por ciento está a favor de la unión civil, el 30 por ciento del matrimonio igualitario. Tres años antes solamente un 10 por ciento estaba de acuerdo. Es un piso para pararse más que interesante. Además, el impacto de la discusión pública en la televisión, por ejemplo, generaría un cambio en la concepción de muchas personas. Haría pensar y flexibilizar el criterio de mucha gente que aún no lo tiene.

En una columna sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo te preguntás: “¿Por qué los partidos políticos, que se dicen progresistas, no establecen un debate frontal ante los ataques de la derecha conservadora?”. ¿Hoy podés formularte alguna respuesta o al menos una hipótesis al respecto?

–No se establecen debates porque somos una sociedad machista y cuesta mucho sacar ese problema. Las mujeres son pro gay, y las que no lo son, son machistas. Las emancipadas no tienen problemas con los gays. Yo creo que los partidos de izquierda son de origen obrero y por ende de hombres. El comunista también es machista. El único que tenía un sesgo de modernidad es el Partido por la Democracia, que se construyó con el plebiscito. Y ese partido es el que saca el tema para discutir. Uno de los máximos del Partido Socialista, Julio Rosi, presentó una moción en el Senado para discutir el matrimonio igualitario, y ¿sabes lo qué pasó? El jefe del partido, la persona más de izquierda, salió para decir que no iba a soportar esa moción. Socialistas de sangre me han dicho que tienen una matriz machista. La derecha más que una influencia machista tiene la mirada retrógrada de la Iglesia, y por ahora no se plantean la pregunta por el matrimonio igualitario. La guerrilla fue porque el diputado Sebastián Piñera, en un acuerdo de bien común, dijo que iba a desarrollar la propuesta. La renovación nacional quiere que se reconozca el vínculo de ayuda, la potestad sobre el otro y la derecha tradicional se opone. Es conflictivo el tema... Michelle Bachelet tiene un enorme corazón gay. Ella nunca pudo plantear el tema de la unión civil porque estaba con la democracia cristiana, que se supone que es progresista, y los partidos políticos no tenían los cojones para ponerlo en la agenda. Secretamente, estos dirigentes, machistas, no estaban a favor de la propuesta. El conservadurismo en temas de sexualidad es transversal. Cuando se discuta este tema en serio, los partidos se van a escindir, porque hay personas que están más abiertas al mundo y otras muy cerradas. Hay hombres que quieren conservar su situación de poder. A Bachelet la atacaron violentamente, muchas veces, simplemente por ser mujer. Hay un hombre, muy tradicional con mucho dinero, que se reía de ella. Decía, criticándola, que ella confiaba en su intuición y que era débil porque no tenía un liderazgo masculino. Yo en el diario El Mercurio tuve fuertes discusiones con él, porque es un hombre discriminador y odioso. Dice que no van a permitir que los hombres se casen entre sí porque después van a terminar casándose con sus gatos.

Acá se dijo lo mismo, pero con los perros. ¿Quién es ese señor?

–Es el presidente de la Renovación Nacional, que es el partido del presidente de la República, y el menos conservador de los dos partidos, Carlos Larraín.

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