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Viernes, 22 de abril de 2011

ES MI MUNDO

Como la vida misma

A los 86 años falleció Sidney Lumet, uno de los más prolíficos y geniales directores norteamericanos. En 1975 realizó Tarde de perros, su película más emblemática que, además, fue una de las primeras en llevar al cine el tema de la transexualidad. Protagonizado por Al Pacino y nominado a seis Oscar, este film se basó en un hecho real: la historia de John Wojtowicz, quien en 1972 asaltó un banco para pagar la operación de cambio de sexo de su pareja.

 Por Ariel Alvarez

El estilo Lumet

El pasado 9 de abril fue un día trágico para la historia del cine: Sidney Lumet falleció a los 86 años, dejando un legado que lo consolidó como uno de los referentes más importantes del cine de realismo social. Serpico, Doce hombres en pugna, El príncipe de la ciudad, son sólo algunas de sus obras más recordadas entre las más de 50 películas que dio a luz, casi una por año, desde que comenzó su carrera en 1957. Sus films son una abierta crítica a las estructuras sociales, políticamente radical y con una gran maestría para dirigir a sus actores, a quienes dejaba improvisar, creando verdaderos viajes introspectivos con sello propio. Fue injustamente olvidado. Sólo ganó un Oscar por su trayectoria en 2005. Será quizá que había algo en los temas que elegía...

Osado como pocos, filmó Tarde de perros, un caso policial que había conmocionado a la sociedad norteamericana de mediados de los ’70: un hombre desesperado que roba un banco para pagar la operación de cambio de sexo de su pareja. “No sabíamos cómo iba a reaccionar la gente. Era un gran riesgo. La última película sobre homosexualidad que conocía era Boys in the Band (de William Friedkin, el mismo director de El exorcista) y no había tenido mucho éxito. Pacino estaba en la cima y aceptó este papel que era potencialmente perjudicial para él y para su carrera: ya se habían estrenado las dos primeras partes de El Padrino y Serpico”, declaraba Lumet en una entrevista de 2005.

Una historia de ficción

Al Pacino obtuvo una nominación al Oscar en 1976 por el papel de John “Sonny” Wortzik, un ex empleado bancario que una tarde de 1972 decide junto a su compañero “Sal” Naturile (interpretado por John Cazale) robar un banco en Brooklyn. No tienen experiencia, son torpes, simpáticos y cometen muchos errores. Llega la policía, el FBI y los medios. Así, la película transcurre durante las catorce horas en que los asaltantes mantienen como rehenes a siete personas dentro del banco. A medida que corre la noticia, Sonny se va transformando en un héroe para los centenares de personas que se acercaron al lugar: representa la rebelión a todo poder dominante. Pide a cambio de la liberación de un rehén que traigan a su mujer; no a Carmen, de la que se separó hace un tiempo, sino a Leon (interpretado por Chris Sarandon, quien también obtuvo su nominación), su “amante homosexual” con quien se había casado y que se encontraba internado tras un intento de suicidio por no “soportar más vivir como un hombre”. Y aquí la noticia estalla en los medios y Sonny se convierte en una especie de ídolo popular aclamado con gritos y aplausos por los testigos que vitorean su accionar.

El personaje de Pacino lo tiene todo, un auténtico White Trash: ex combatiente de Vietnam, desocupado y sin posibilidades de conseguir un trabajo, con un matrimonio fracasado, una familia aplastante, bígamo, gay y enamorado de una transexual. Si se le hubiera ocurrido esta historia a un guionista, la habrían rechazado por exagerada. Pero lo que hace creíble a Sonny, además de la maestría de Lumet y la actuación de Al Pacino, es que todo esto ocurrió de verdad. Cuentan las anécdotas cinéfilas que los agentes de Pacino se interesaron en un artículo escrito por P.F. Kluge y publicado por la revista Life, que narraba la historia de John Wojtowicz, el hombre que había asaltado un banco en 1972. La historia era por demás interesante y el parecido del ladrón con Al Pacino era asombroso.

Una historia real

John Wojtowicz era un ex empleado bancario que vivía de algunos trabajos ocasionales y del seguro de desempleo. En parte esta situación contribuyó a que su matrimonio con Carmen Bifulco fuera cada vez más tormentoso. Pero también ocurría algo más: él era gay. El día que el hombre llegó a la Luna, se separó de su esposa, que estaba esperando su segundo hijo. Dos años después, luego de intentos de reconciliación a la distancia, John conoce en un mercado de Little Italy en Nueva York a Ernie Aaron (Leon en la película), un joven transexual, y se enamoran.

En abril de 1971 se casaron en una iglesia de Greenwich Village. Nadie sabía que la novia había nacido como hombre. En una entrevista televisiva en 1979, Liz Eden (éste fue el nombre elegido por Aaron luego de su operación) recordaba: “Hasta su madre vino al casamiento. Ni el cura que nos casó sabía que yo no era una mujer. Muchas de las mujeres presentes en la boda eran en realidad hombres”. John le compró un vestido de novia muy caro y, al igual que en su primer matrimonio, él usó su uniforme militar de gala.

Al poco tiempo, la relación se volvía cada vez más conflictiva. Ernie quería ser mujer. Pero la operación era muy costosa, situación que la llevaba a fuertes ataques de depresión que terminaban en intentos de suicidio. En agosto de 1972, a los 26 años, trató de quitarse la vida y fue declarada por los médicos “enfermo mental” y trasladado a una Unidad Psiquiátrica. El 21 de agosto, John trató de sacarla de allí, pero los médicos le dijeron que “permanecería encerrado por un largo tiempo”. Fue así que se decidió: a las 15 del martes 22 de agosto de 1972 ingresaba junto a Salvatore Naturile a la sucursal del Chase Manhattan Bank en la avenida Gravesend, en Brooklyn. Desde el comienzo todo fue un desastre: ninguno de los dos sabía qué era lo que estaban haciendo. Se habían conocido días antes en un bar y John le había prometido parte del botín, diciéndole que tenía todo planeado. Había sacado la idea de cómo efectuar un robo de una escena de El Padrino que había visto en la mañana del mismo día del asalto.

Un vecino alertó a la policía. Decenas de patrulleros, helicópteros, el FBI; la televisión y centenares de curiosos llegaban al lugar. Los siete empleados del banco (en su mayoría mujeres) declararon que los asaltantes los trataron muy bien, más de lo que se puede esperar en una situación como ésta. Hasta llegaron a regalarle una bolsa con dinero a cada uno. Frecuentemente, John salía a la calle desarmado para negociar con la policía. Y, al igual que en la película, exigió que trajeran a su mujer; y Ernie fue sacado del hospital, pero se negó a ingresar al banco y sólo mantenía con su esposo conversaciones por teléfono. El acoso de los medios fue por demás cruel.

Mientras tanto John jugaba con la multitud: era una especie de ídolo rebelde, la homosexualidad se plasmaba como una resistencia a la autoridad. Cada vez que registraba a alguno de los agentes del FBI que se acercaban al banco, demoraba más tiempo en sus entrepiernas y la gente enloquecía, estallaba en aplausos, era una estrella. Finalmente, luego de catorce horas de tensión, Wojtowicz fue apresado en el aeropuerto JFK, a donde se suponía que junto a los rehenes abordaría un avión para abandonar el país. Salvatore fue asesinado por el FBI.

Historias cruzadas

De las seis nominaciones a los Oscar que tuvo Tarde de perros, sólo ganó uno: Frank Pierson, el guionista de la película. Mientras esto ocurría, John Wojtowicz cumplía el tercero de los veinte años a los que fue condenado en la Penitenciaría Federal de Lewisburg. Por los derechos de su historia recibió de la Warner 7500 dólares, con los que ayudo a Liz a operarse en 1973. Luego de que ella lo visitara en varias ocasiones en la cárcel, se separaron. Salió en libertad en 1989, meses antes de que Liz muriera de una neumonía a causa del sida. Nunca se volvieron a ver. John murió de cáncer en 2006.

Vista a la luz de esta realidad, Tarde de perros es una obra maestra, cruda y conmovedora, pionera en una temática por demás escabrosa para Hollywood. No sólo por su legado artístico será recordado Lumet por aquellos que aman el cine sino, también, por el coraje de mostrar una historia como ésta. Simplemente una historia donde algunas personas son llevadas al límite por el control de una sociedad opresiva. Y, además, Tarde de perros es una historia de amor. El amor que, cuando se tiene que enfrentar a todo, no le teme ni a la locura. En una carta publicada por The New York Times, poco después de estrenada la película, Wojtowicz escribió: “He hecho lo que un hombre tiene que hacer para salvar la vida de alguien a quien ama. Su nombre era Ernest Aaron (ahora conocida como la Sra. Liz Debbie Eden) y era gay. Quería ser una mujer a través del proceso de una operación de cambio de sexo y por lo tanto fue marcado por los médicos como un problema de identidad de género. Sentía que era una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. Esto le causó un dolor indecible. Hice lo que sentía que era necesario para salvar la vida de alguien a quien amo profundamente”.

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Al Pacino en Tarde de perros.

La boda de John Wojtowics y Liz Eden (por aquel entonces Ernie).
 
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