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Viernes, 18 de julio de 2008

La aguja de oro

Vistió a Marlene Dietrich, a Carmen Miranda, a la Coca Sarli y a Zully Moreno; pero sobre todo a Eva Perón, con quien compartió la cama sólo para verle los pijamas y acusar al general de comer choripán en el lecho. Su biografía tiene todo para ponerlo en el altar de los ídolos populares: aristocracia perdida, éxito fulminante, poco amor y abrupto ocaso. Decía odiar a la “mariconería” pero enaltecía a los “homosexuales” y hasta le pidió a Evita que lo sacara de la cárcel, adonde había llegado directo desde lugares non sanctos. He aquí a Paco Jaumandreu, el primero de los modistos ardientes.

 Por María Moreno

A principios de 1980 le hice un reportaje a Paco Jaumandreu. Escribí un texto breve cuyo fin era acompañar una lujosa producción de Renata Schussheim para la revista Siete Días. Pero él, que entonces estaba retirado –primero viene la perla, luego la ostra, suele decir Fernando Noy– me envió de regalo uno de sus modelos. Era un tapado de pelo de camello, enorme, con mangas japonesas que terminaban en flecos y bordeadas por una ronda de ninfas pintadas a manos por Pérez Celis. Las mangas japonesas, originariamente diseñadas para la liviandad de la seda, pesaban una tonelada. Las ninfas, de mitología griega, se hundían entre los pelos de camello, los flecos se enredaban en los dedos. Esos excesos, lejos de ser errores, eran testimonio de la imaginación desenfrenada de Paco Jaumandreu, un modisto que durante la Segunda Guerra Mundial –él mismo lo afirmaba–, cuando apenas llegaban noticias de la moda europea, aprovechó para casi inventar la moda argentina. Fue famosísimo sin limitarse a coser: escribía sobre moda en las revistas más vendidas no dejando títere con cabeza, hacía de sí mismo en cine, radio y televisión y dibujaba en público con un sentido casi posmoderno del show, ya que no reparaba en las gateras de los géneros. En 1975 publicó su libro de memorias La cabeza contra el suelo, más cercano a los autores de la revista Literal y de Manuel Puig que de los recuerdos de una figura de la farándula con taller de costura.

Nacido en el pueblo de Mamaguita, de origen catalán, no tardó mucho en salirse del lugar de genio payuca y pobretón que lo llevó a cantar vestido de marinero junto a una travesti en el parque Pai (“Fumo,/ trago el humo,/me perfumo con perfumes de Coty./ Si se me antoja pasear/ tomo un taxi y pago yo/ y aquí todo se acabó...) para convertirse en el mejor vestuarista de cine cuando la industria nacional producía al ritmo de Hollywood.

El recuerdo común sitúa a Paco Jaumandreu como el modisto que Evita eligió cuando él era más conocido que ella, un coautor del kitsch peronista y un resabio de la figura del coiffeur como diseñador de feminidades célebres. Pero hay más para decir aunque ese decir se apegue bastante a su propia versión. La cabeza contra el suelo es una de las mejores autobiografías populares de los últimos tiempos y con todos los elementos de rigor: aristocracia perdida (Paco decía que su abuelo era un héroe de Brucht, su abuela descendía de la Baronesa de Cuadras, su tío bisabuelo era san Antonio María Claret, confesor de Isabel ll de España), éxito fulminante (vistió a Marlene Dietrich, a Zully Moreno, a Carmen Miranda, a Coca Sarli...), ningún amor definitivo (“Soy siempre la irregular”, decía Chanel), ocaso casi por mano propia.

Evita empacada

En La cabeza contra el suelo Jaumandreu se tutea con Perón y Evita revelando una intimidad de alcoba que —contra las invenciones gorilas— no tiene que ver con el sexo sino con el sexo de Hollywood para todo público: la alcoba no es el lugar del desnudo sino en donde Evita muestra el guardarropas cargado de sacos de piel largos y cortos que el modisto juzga de mal gusto. La cama no despierta ninguna ilusión a los amantes sino que se nombra para describir a un Perón acostado comiendo un choripán. Evita aparece con el enorme pijama del entonces coronel anudado bajo el pecho. Eso es todo. Quizá se trate menos de pudor que de limitarse a los recursos que permitan a Jaumandreu construirse como un personaje de absoluta confianza y al que se le dejan pasar hasta las insolencias. Le ha dicho a Evita —escribe— que tiene panza, que la cotorra con anteojos de alambre y un pedazo de diario bajo el ala que adorna su piano de cola es cache, y cuando ella le ha preguntado cómo le quedaba un vestido hecho por un francés, él había contestado: “Es bonito, precioso. Está muy bien hecho. Parecés un alcaucil”. Y hasta cuenta cómo la hizo pasar vergüenza en uno de su primeros actos públicos: Perón recibiría una condecoración del gobierno español. Jaumandreu le había cosido a Evita un vestido de jersey verde, gris y marrón. Ella quería diferenciarse de las viejas señoronas de salón dorado que suelen ir enjoyadas como arbolitos de Navidad. Paco le compró un collar verde en la tienda La Sensación que le costó $ 5,95. Durante la ceremonia Evita se puso nerviosa y empezó a chupar las cuentas del collar. La boca y los dientes se le tiñeron de verde. El collar estaba hecho de fideos pintados.

Jaumandreu imagina y escribe un Perón de su lado, es decir, burlón, que compara a Eva vestida con una capa de plumas regalada por Dior con una gallina celeste y la hace hacer gimnasia con un alemán.

En sus memorias, antes de parecer cholulo, Jaumandreu, en lugar de encarecer su yo por la contigüidad de otros yoes notables, hace lo contrario: es él quien se dice el Pigmalion de Eva, la va corrigiendo hasta que ella lo deja de lado por Dior. Y de algún modo sugiere que el primer diseño para la Eva en el poder, un traje Príncipe de Gales con terciopelo en las solapas, le crea su gestal internacional aunque quizás se le haya escapado que las solapas abrochadas hacían propaganda subliminal dibujando la v de la victoria.

Fernando Noy, que se considera un hijo del estilo Jaumandreu, condimenta a su modo el relato de éste acerca del final de Eva:

—Perón lo mandó llamar y le pidió que para levantarle el ánimo le hiciera creer que tenía que hacerle el vestuario para un próximo viaje a Suiza. Pero Eva le dijo: “Vos ya sos como Dior pero no vale la pena. Arreglame los trajes que ya me hiciste. Eso sí, bajales cinco talles”. Al poco tiempo Eva murió y Perón le regaló a Paco un auto que era el segundo de esa marca que llegaba al país (él tenía el primero) y él, que andaba mal de fondos, lo cambió por un Simpca gris y azul y 50.000 pesos.

Un GLTTB solitario

Decía no soportar a los maricones y a los hombres vestidos de mujer aunque aceptaba a las travestis que se travestían en nombre del arte. “La gente en todo el mundo confunde la homosexualidad con la mariconería —afirma en La cabeza contra el suelo—. Son cosas muy diferentes. Pienso que de todo este libro lo único que va a quedar es que la gente sepa que hay una enorme diferencia entre ambos términos. El homosexualismo es una cosa respetable y muy normal. Si Dios la ha hecho, desde luego no es una deformación. En mi adolescencia yo le tuve mucho miedo a la mariconería. Generalmente no he tratado con maricones. Con homosexuales, mucho.” Y la homosexualidad para Jaumandreu estaba ligada a la cultura. Leía y citaba con profusión a Roger Peyrefitte, le rezaba a Marilyn Monroe, a Benvenuto Cellini y a Carlomagno, y se comunicaba con ellos a través de una lechuza que tenía escondida en el baño.

“La lechuza era como un micrófono con los muertos. Él era capaz de hablar horas sentado en un rincón tomando whisky pero de pronto se paraba e iba a consultarla”, dice Noy.

Algunos párrafos de su autobiografía son casi militantes: “Yo supe del miedo a pasar por una esquina en donde había dos o tres muchachos juntos, por conocidos que fueran. Supe del miedo al grito de burla desde los autos. Supe del miedo de la película que se cortó y de las luces que se encienden y los gritos de los muchachos desde el gallinero —ahora le dicen pullman—. Supe del asco de las propuestas apenas atendidas en las sombras de la noche, supe de la bronca de la voz atiplada al verme pasar, de los codazos, de las sonrisas sobradoras. Pero me sentía puro”. Y para responder a una frase mataputo de Zully Moreno la alecciona: “¿Sabe usted, mi amor, que todo lo que usted pregona, que todo lo que usted compra en París, está inventado por gente así? Perfumes y sedas, zapatos y abrigos, estampados y cremas. Ya ve como usted necesita de los homosexuales y no ellos de usted”.

Jaumandreu era violento pero no respetaba los códigos de las peleas viriles basados en la práctica del box. Una vez, durante un programa de radio, le aplastó un pucho en la cara a un locutor que había pronunciado mal su nombre. Otra, tiró a un saxofonista sobre un productor. La tercera, cuando vio desde la ventana de su departamento pasar a una rematadora y a un oficial de Justicia que atormentaban a su madre, bajó casi desnudo a la calle y les provocó lesiones graves. Fue a parar a Devoto a donde se hizo llevar whisky metido en un preservativo oculto en una botella de aceite Cocinero. A la salida, desafiante, hizo un desfile en donde bautizó modelos con nombre alusivos a su experiencia carcelaria: “Modelo Cabrera”. “Modelo Solar 2”. Llegó a pelearse con unos hampones por un chongo y ellos terminaron mangándole entradas para un show.

Detestaba los prostíbulos hasta que encontró uno en donde le compraron vestidos, pero prefería pagar con alojamiento, regalos y la protección de sus colaboradores personales que incluían a un cocinero que solía servir la mesa con una capelina llena de flores.

“Me acuerdo que por los años ochenta –dice Noy— lo acompañé al Hollywood In Cordillera de Santiago de Chile, adonde le habían pedido un desfile que se iba a hacer en el salón de Las Orquídeas. No bien llegamos se apareció Annie Imaz, la reina de la seda, que le prestó su Mercedes y puso a su disposición choferes que se turnarían cada ocho horas para llevarlo a donde fuera. Yo había arreglado todo pero Paco no estaba contento. ‘Che, la próxima vez poné en el contrato, al menos en la decimotercera cláusula, que me pongan un chongo para cada noche así no tengo que salir a yirar con el Mercedes’ me dijo. ‘¿No será más fácil usar los choferes?’ le contesté. ‘De ninguna manera. ’Lo tuve que llevar a un sauna.”

A Evita la hace parecer como una homofóbica inofensiva. En La cabeza contra el suelo cuenta que, detenido en una razzia en compañía de un diseñador de sombreros, la llamó por el privado para pedir ayuda. Evita habría contestado: “¿Y qué hacen ahí ustedes a estas horas? Eso debe ser un puterío. ¡Joderse por yiros!”

Autor del gaucho look

La ropa de Jaumandreu combina las blusas estampadas que Miguel de Molina sacudía en el escenario mientras declaraba “me llamo Hércules, para los amigos Her-culito”, con las chicas de la UES buscándole caramelos al general Perón en los bolsillos de la guayabera y con los forros usados esparcidos por los parques públicos luego de los bailongos en La Enramada o el palacio Las Flores, en donde la tiza que remozaba los zapatos blancos se espolvoreaba a cada pasito de baión sobre la pista repleta. Era de un cosmopolitismo traducido en clave bizarra que mezclaba los lunares del cantejondo, las plumas de Foliès Bergère y el encaje de Bruselas. El trabajo y el lujo debían ser evidentes: las joyas tenían que parecer caras aunque fueran falsas y no picoteras como las de la Evita de los primeros tiempos que él comparaba con las de una maestra ahorrativa. Las plumas tenían que estar pegadas a mano y de a una por alguna de sus costureras; según Fernando Noy “seis o siete petrogrifos, a una de las cuales se la llamaba Tijerita”. En todo debía verse el gasto, como se veía en el menor gesto de Jaumandreu que decía comprar por comprar, cualquier cosa, desde un perrito enano hasta un “garbanzo” (diamante) de Ricciardi mientras festejaba que su vieja le dijera: “Sos un buen químico: convertís la plata en mierda en cinco minutos”.

Jaumandreu era un dandy como el Lord Byron que usaba ruleros y nadaba en el Gran Canal de Venecia mientras su criado lo seguía en góndola sosteniéndole la bata de terciopelo, o la princesa Bibesco que invitó a su habitación de su casa de París al marqués de Santo Floro e hizo pasar bajo el balcón una fiesta veneciana flotante que se deslizó en un barco sobre el Sena. Hizo de los desfiles de moda performances televisivas con el artista trabajando en cuerpo presente: dibujaba en escena sobre un enorme papel tensado que luego la modelo rompía al irrumpir con el original. Así como Andy Warhol decía haberse teñido el cabello de blanco para evitar la irrupción de las canas, Jamandreu tenía pelo pero desde joven usó peluca para ocultar la irrupción de la calvicie, pero él decía que era porque no le gustaban sus rulos naturales.

Cuando salía de gira pedía pasajes para toda una corte que incluía modelos y perritos. En eso se parecía al marqués de Cuevas, que solía viajar en litera y vestido de marajá o de obispo y con mitra diseñada por Dior.

“Era un Puck que bordaba toda la noche con su aguja de oro —cuenta Noy—. La primera parte del show que hicimos en Chile se llamaba ‘Las divas que yo amé’. Ahí salía una chica con el casaquito de strass bordado con bastones que le había hecho a Marlene Dietrich cuando vino a Buenos Aires —ella había perdido el equipaje en el Aeropuerto y se había quedado sin vestuario—. La segunda era con la ropa de Evita que Paco había mantenido enterrada durante años en su quinta de Longcahmps. Las modelos habían llegado de noche, yo no entendía por qué. El me explicó que era para que cuando la prensa les tomara fotografías al bajar del avión no se les notara la edad. ¡Qué risa! Eran misses del ‘40 y del ‘50”.

Jaumandreu inventó el gaucho look con el que triunfó en Nueva York. Mezcló al Chúcaro con Chanel y salió Adriana Gardiazábal con un traje negro de crepe y puntillas asomando de la pollera estribada, poncho colorado y rastra (la petisa Liz Taylor se le acercó y le dijo un piropo).

“Era la aguja de oro de la noche pero a veces era Ingrid Betancourt en la selva de su olvido” dice Noy. Sólo que el olvido permite al fénix revivir desviado del propio destino, que la biografía desaparezca en el nombre para abrirlo a múltiples sentidos, incluso el de bautizar un comando absurdo, sin ninguna militancia, que osa mofarse de él.

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