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Viernes, 10 de junio de 2011

ENTREVISTA

Ahora somos todos negros

La acción se desarrolla en la azotea de un alto edificio: una hija lesbiana le cuenta por fin a su madre que se va del país con su novia. Y esto es apenas el comienzo de una serie de desencuentros que ocurrirán en En Africa, un continente. La autora Patricia Zángaro y Alejandro Ullúa, el director, conversan sobre las razones y las sinrazones que los llevaron a pensar en diversas metáforas de la violencia contra lo diferente.

 Por Paula Jiménez

—¿A partir de qué surgió la escritura de esta obra?

P. Z.: —Yo la escribí en el 2008, y surgió a partir de alguna imagen generadora, pero también de un desafío técnico. En esta pieza me propuse una experimentación en un lenguaje muy lacónico, de mucha austeridad, donde, de alguna manera, intentaba poner en acto la incomunicación. Pero como suele suceder en el proceso de escritura, siempre algo nos es revelado. En este caso, aparecieron cuatro personajes en una metrópolis moderna y el espacio donde se desarrolla la obra es el de una azotea, que es un sitio de frontera: exterior, pero por otro lado acotado. Una terraza es una mediación entre la tierra y el cielo.

—Un espacio común, que no es de nadie y es de muchos...

P. Z.: —Sí. Y es un lugar de tránsito. Todos estos elementos fueron tentándome desde el punto de vista técnico, pero también aparecieron cuestiones que recorren todo mi imaginario desde siempre: la intolerancia, la frontera, la dificultad de conectarse con el otro.

A. U.: —Yo, por mi parte, en relación a este texto, sentí que el desafío estaba en no decorar las palabras sino exponerlas en su desnudez, tomar el riesgo que implican esos diálogos y hacerlos estallar, que no se queden en un lugar desafectado, intelectual; que lo que no está escrito sea como el vapor de la pava, que se lo sienta en el aire. Y que todo esto llevara al espectador a involucrarse, a perturbarse, a experimentar cierta angustia.

—Hablás de involucrarse y ésta es una de las cosas claves que se repiten en los diálogos entre los personajes, ¿qué significa eso?

A. U.: —Todos estamos involucrados, inevitablemente. Yo creo que los personajes están atrapados en sus propios infiernos y tan ocupados en lidiar con la corrosión que los devora que asomarse al infierno del otro implicaría caer del todo; entonces se engañan pidiendo no ser involucrados, cuando en realidad están en la telaraña y la araña ya está por devorarlos.

P. Z.: —Por otro lado es algo recurrente en la sociedad contemporánea y a nosotros no nos es ajena esa frase: no me involucres, no te metás. Para nosotros, los argentinos, tiene un sentido extra, el otro no es vivido como alguien con el cual se puede cooperar. Tiene mucho que ver con las relaciones en la sociedad contemporánea donde se vive al otro con recelo, donde hay una imposibilidad de tolerancia frente a la diversidad...

—El personaje del pintor de Africa pinta sobre piel humana en lugar de usar papeles o lienzos, que fue una espeluznante práctica nazi, ¿ustedes creen que estamos todavía dentro del paradigma cultural que ataca con ese grado de crueldad la diferencia?

P. Z.: —Este personaje de Africa es un artista plástico y el cuestionamiento de la obra es sobre los límites del arte contemporáneo: estas prácticas modernas, con tal de producir un efecto espectacular, parecen permitirlo todo. Incluso por este tipo de experimentaciones del arte extremo se puede cosificar el cuerpo como si fuera un material. Con respecto a lo que vos decías, la sociedad contemporánea es una sociedad paradojal. Si bien por un lado es cierto que hemos avanzado con la conquista de los derechos de las minorías, por el otro la nuestra es una época de enormes intolerancias, donde un discurso hegemónico categoriza como enemigo a aquel que es diverso.

A. U.: —Yo agrego algo ligado al título de la obra: Africa. Actualmente los testeos de todo tipo de drogas por parte de los países del Primer Mundo se hacen en los países africanos y a nadie le importa nada, todos nos oponemos, pero ésta es una práctica que deja cautivo a un continente que mañana se podría hundir como la Atlántida y el mundo seguiría igual.

P. Z.: —Por eso la obra se llama así. Es un título equívoco, porque Africa es una metáfora de ese otro diverso que a nadie le importa. Y a su vez Africa somos todos. Y de Africa venimos todos.

—En la obra se da una serie de agresiones de un personaje hacia otro, y de discriminaciones. La madre con la hija porque es lesbiana, el muchacho con el negro. Como si el odio fuera un modo de comunicación...

A. U.: —En realidad ninguno está exento de esto, porque vivimos en una sociedad que nos lleva al individualismo, a la autopreservación. Justamente es lo contrario de hacer acciones comunitarias. Los cuatro personajes arrastran algo, pero sobre todo tienen un velo que no les deja ver las cosas buenas. El hecho de que la madre no se dé cuenta de que la hija es lesbiana en realidad es porque no la conoce.

—Pero el personaje de esa chica tampoco se define como lesbiana a sí misma. Lesbiana es su novia, dice, no ella. Ella no se puede autodefinir, el rechazo comienza por ella misma, a la propia condición...

A. U.: —Ella ama.

P. Z.: —Hay una cuestión de identidad. Los personajes no tienen nombre, son genéricos: el muchacho, la madre, la hija... La gran ciudad también produce un borramiento sobre las identidades individuales. Una globalización que excluye lo particular.

—La azotea, desde el punto de vista del tema de la discriminación, es un lugar desde donde se mira desde arriba, desde la altura...

P. Z.: —Mirar desde arriba hace que todo lo que ves sea indiferenciado. Las personas parecen hormigas, no aparece la cuestión de la subjetividad. Lo que uno de los personajes hace es subir a la azotea para tener una mejor visión para perpetrar un atentado y dice: cuánto lamento no tener insecticida. Porque desde esa altura no hay seres humanos, existe una desubjetivación de los otros.

A. U.: —Hace poco ocurrió este caso de la matanza en Río de Janeiro, en Carmen de Patagones hace unos años también, en Holanda, antes en Columbine. Hay una violencia que está signando los vínculos. Vemos todos los días noticias sobre la violencia de género.

P. Z.: —A mí me llama mucho la atención esta sociedad. Somos capaces de producir un hecho trascendente como el matrimonio igualitario, pero por otro lado criminalizamos el aborto, no tenemos una ley de aborto y muchas mujeres de bajos recursos mueren todos los días. Esta no es una preocupación instalada en la agenda política. La nuestra es una sociedad que ve crecer la violencia de género, llevamos más de 260 femicidios en lo que va del año. Si uno observa la cosificación cada vez mayor del cuerpo femenino, el tratamiento de la mujer en los medios, yo no creo que se pueda celebrar nada. Estas cuestiones lo único que instalan es potencialidad de violencia, porque si la mujer es un objeto, de ese objeto se puede abusar, se lo puede denigrar, matar, descartar. Y esto está legitimado, incluso dentro de los sectores progresistas. Yo he escuchado comentarios de hombres progresistas vivando a Barreda. Me parece gravísimo. Esta es también nuestra sociedad. Una sociedad contradictoria, paradojal.

—En esta obra me pareció ver una cercanía con Marguerite Duras o con Sarah Kane...

P. Z.: —Es curioso que hayas nombrado a dos mujeres. Creo que una de las marcas de la escritura femenina es que escribimos con nuestro cuerpo, en nuestro cuerpo.

—¿Existe una escritura femenina?

P. Z.: Existe, sin duda, una escritura hecha por mujeres donde aparece inexorablemente una mirada femenina, que tiene que ver con ser mujer y estar en el mundo como mujer. No creo, por supuesto, en ciertas subcategorizaciones de la escritura. A veces, cuando se habla de escritura femenina, es como que se la pretendiera inscribir como un subgénero literario. Como si existiera una literatura masculina. Y además como induciendo a una especie de acotación temática, entonces la mujer tiene que escribir sobre el hogar, el matrimonio, los hijos. Nuestra dramaturga por excelencia en la Argentina es una mujer: Griselda Gambaro. Ella escribe sobre sus indagaciones del poder, sobre la relación entre el victimario y la víctima, el amo y el esclavo. Nada más lejano de esa acotación que el teatro de Griselda. En ese punto no creo que haya una especie de circunscripción, pero sí creo que hay una mirada femenina que uno puede advertir y que tiene que ver con la identidad femenina, con nuestra historia de opresión desde milenios por el discurso patriarcal.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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