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Viernes, 11 de noviembre de 2011

MARCHAXX

Cada vez más

 Por Ariel Alvarez

Cada vez más jóvenes

Cientos de chicas y chicos, en grupitos todxs de la mano caminando, ríen, van y vienen: lxs hay emos, gótico/as, cumbieros/as, alternativos/as, indies, etcétera. Casi todas y cada una de las tribus adolescentes estuvieron presentes. Casi todxs y cada unx desbordantes de felicidad y con caras de asombro. Ir a la Marcha del Orgullo por primera vez asombra. Todxs coinciden: la cantidad de gente (¿éramos tantos?) da clima de alivio y contención, y una magnitud de megarrecital de ídolo teen que hace que la fiesta sea completa.

Eso es lo que siente Lara. En una de las calles que cortan Avenida de Mayo se sentó con sus amigas en el cordón de la vereda a tomar unas cervezas y esperar que la cosa arranque. Del enjambre de sonidos que venía desde la avenida se escucha una cumbia y Lara no aguantó más: se puso a bailar en el medio de la calle, cumbiera como ella sola, mientras las otras chicas se ríen y lo festejan: “¡Guarda! Mirá que te va a salir el pasito de los Guachiturros”. Y Lara empieza a hacerlo. Está muy feliz, tanto que no le importa bailar como esos “caretas”. Y es que su novia vino a la marcha. Julia tiene 17 años (dos menos que Lara) y llegaron desde Lanús: “Vivo con mi mamá, que ni en pedo sabe que estoy acá. Medio que me escapé, ¿viste?”, dice Julia, mientras Lara no puede parar de bailar: “Yo era la única de las pibas que no había venido nunca y quería ver qué onda esto. Y es zarpado, bocha de gente. Mi mamá no sabe porque no le cabe ni medio que sea torta, pero yo me la banco. Me animé y acá estoy”, y todas la aplauden.

Parado en una esquina estaba Jaime, esperando a sus amigos que se habían retrasado dentro de un supermercado. Tiene 18 años. Con una remera sin mangas con aberturas hasta la cintura, pantalones cortos y borceguíes, algo que parece ser el nuevo look de moda entre los jovencitos, espera sin poder contener las ganas de seguir marchando: “No pensé que iba a ser tan linda la marcha, la cantidad de gente, es muy loco todo. Es hermoso, es impresionante estar acá con tanta gente que es como yo”. Sus amigos lo alcanzan, todos vestidos casi iguales: “Todos saben que soy gay. Lo fui contando y me gusta poder hacerlo”. Y al igual que Julia, aclara: “Falta mi familia. Con ellos todavía no me animé”. Este parece ser el paso determinante para terminar de crecer.

Cada vez más federal

Caminando con un nenito sobre sus hombros estaba Mauro. El pequeño es la tercera vez que viene a la marcha. Mauro, de 24 años, era debutante. Desde Azul se vino a acompañar a una amiga y a su hijo, que vienen todos los años: “Soy heterosexual y vengo a celebrar este encuentro. Me parece fantástico estar acá para ver cómo es esto. Mi amiga que viene siempre me ha contado otras veces de qué se trata y quise venir a acompañar”. Son artesanos y de paso se quedan unos días para feriar en Capital: “Yo a esto lo veo como una gran fiesta, como una celebración, y a eso es a lo que vine, a celebrar la diversidad y el respeto mutuo que tenemos que tener los unos por los otros, nada más”. Y nada menos acotamos, y Jaime agrega: “También cada uno tiene su lucha particular y yo lo acompaño, pero lo que me trajo hasta acá fue la idea de la fiesta”. Y Gaby, la amiga, aclara: “Yo vengo todos los años y lo traigo a mi hijo porque quiero que aprenda, que entienda. El se divierte, le gusta la música y la gente. Es feliz acá y de paso está viendo cómo somos todas las personas, me parece algo muy bueno para compartirlo con él”.

Alvaro, de 22, los acaba de conocer en la marcha y se suma a la charla. Su cuerpo y su postura son perfectos, pero no sólo porque es acróbata, en él hay algo más: está “lleno de orgullo” y camina exultante. Se vino desde Jujuy hace un año para trabajar de lo suyo acá en Buenos Aires: “Yo fui a las marchas del orgullo en Jujuy, a las dos anteriores en realidad. A la de este año no voy porque estoy acá trabajando. Allá las marchas son de a poco cada vez más grandes, cada vez hay más aceptación, más tolerancia. Si bien es una provincia con valores religiosos muy arraigados, pero por suerte se están dejando de lado. Hay que sacar un poco la idea de que como Jujuy es una provincia chiquita, no puede haber tolerancia. La hay, pese a los grupos religiosos, y cada vez hay más”. Y, como la mayoría de los debutantes, parece maravillarse con lo mismo: “Me asombra la cantidad de gente. Es como cuando yo la veía en la tele, pero no puedo creer cuánta gente hay hoy acá. Estoy muy contento de haber venido. Siempre que voy a las de Jujuy, como hoy aquí, lo hago para mostrar cómo soy, cómo somos, para mostrar lo que tenemos adentro y poder ser cada vez más libres”.

Cada vez menos turística, cada vez más rara

“Nunca vi una travesti en mi vida”, dice Hans con su rudimentario español. Anita, su esposa, lo mira sonriente mientras él saca fotos sin parar: a los camiones, a las banderas, todo parece llamarle la atención. Los dos vienen de Nuremberg, Alemania, y jamás en sus vidas fueron a marcha gay alguna. A sus 30 años están de visita como turistas en una especie de viaje de aventuras con bicicletas incluidas. De camino a Córdoba pararon en lo de María y Pablo, una pareja de argentinos que ofrece su casa para alojar viajeros. Anita habla mejor castellano que su marido: “María y Pablo nos trajeron. Ellos vienen todas las veces. Nosotros les preguntamos por qué, ya que ellos no son gays, y nos dijeron que es porque apoyan la causa y porque además tienen muchos amigos homosexuales. Entonces dijimos: ‘Vamos a acompañarlos’”. Anita es una hermosa mujer rubia de casi un metro ochenta de altura con cuerpo de nadadora olímpica, y responde con una sonrisa encantadora a muchas de las chicas que al pasar flirtean un poco: “Nosotros, con Hans, nunca salimos mucho de Nuremberg, un lugar pequeño, provinciano y de vida muy tranquila. Este es nuestro primer viaje. Lo más parecido que vi a esta marcha fue una vez en Berlín: el Love Parade. Pero esto es único. Veo gente de todas las edades y de todas las clases sociales, y mis amigos argentinos me explicaron algunas cosas. La cuestión de ser un acto político también es muy interesante”. Mientras habla, comienza a mirar para todos lados: Hans se ha dejado llevar por el clima festivo, está marchando sonriente abrazado a dos travestis montadísimas y pide que le saquen fotos. Ahora, él también es protagonista.

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